Narrar la periferia: Diez escritorxs del Estado de México (de lxs que nadie habla)

Liberoamérica

Teotihuacán, uno de los más grandes atractivos turísticos de México no está en la Ciudad de México sino en el Estado de México. Pero, regularmente es difícil explicar la relación entre estas dos entidades. No obstante que para los habitantes la diferencia entre ellas sea muy clara por muchas razones. La palabra “chilango” designa sólo a los oriundos del ex D.F. y “mexiquense” a los de esta segunda mancha, que es una especie de guardaespaldas de la Ciudad. En las páginas de recomendaciones turísticas la diferencia se explica sutilmente: “Aunque sea más costoso, mejor paga un tour que te lleve directamente a las pirámides porque en los autobuses que van hacia allá asaltan muy seguido y la zona de la que salen no es muy segura”.

Ésta, digamos, es una de las razones que hace que esa diferencia sea grande entre ambas: la Ciudad es sinónimo (aunque cada vez menos)…

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En el cerro del Dios del Viento

 

Por Irad León

 

Después de tomar algunas cervezas y tragos con los compañeros de clase, intento llegar al metro Isabel la Católica y regresar a casa. Hoy no quiero pedir taxi. Seguramente el convoy en el que viajo es el último. Un par de estaciones más y a transbordar en Balderas. Mientras me cambio de línea con dirección a Universidad, voy repartiendo el poco dinero que me queda en diversos bolsillos de mi ropa. Saco mi IFE de la cartera y para no hacerla llamativa la dejo sólo con lo indispensable. Con el celular no hay opción: siempre hay que darlo.

Durante el regreso voy imaginando el momento en que saldré del metro Eugenia y caminaré a mi nuevo hogar. Me da ansiedad pensar en los últimos casos de agresiones que sucedieron cerca de ahí: robo de coches, a casas y transeúntes. Pienso en si habrá ladrones esperando a los rezagados que salen del metro; imagino si podría pasarme algo.

En automático comienzo el antiguo ritual de cuando estaba por llegar al metro Múzquiz: volteo a un lado, al otro, tomo las llaves con mi mano derecha y las acomodo por si acaso, hasta el momento nada sospechoso. Salgo del vagón, subo las escaleras e intento percibir quién va tras de mí. Abandono la estación con pasos rápidos, una mirada discreta a mi derredor, pero nada parece extraño. Continúo y al doblar la primera esquina veo cómo una pareja va caminando sin preocupaciones en shorts, camisetas y crocs: pasean a sus perritos french poodle. Comienzo a sonreír y a sentirme ridículo. Me recuerdo que quizás podría bajar un poco la guardia, pues ya no estoy en Ecatepec.

Llegué de 10 años a la calle 69 de la colonia Villa de Guadalupe Xalostoc. No nos costó trabajo adaptarnos, los niños de esa calle nos adoptaron enseguida. Hicimos trampa, desde luego: mi mamá de inmediato encontró a los más gandayas, un par de gemelos cuatro años mayores que yo (apodados “los Korioto”) y nos encargó con ellos. A partir de ahí todo fue más fácil: el juego, la escuela, las maldades y todo eso que importa cuando se está creciendo. Aunque los nuevos niños no eran tan malandros como los de la Gabriel Hernández o la San Felipe, colonias que hasta entonces habían forjado mi niñez y que también tenían lo suyo.

A pesar de que había muchos terrenos baldíos y construcciones a medio terminar alrededor de la nueva casa en obra negra a la que llegamos, vivir ahí se sintió muy bien. Además, fuimos testigos presenciales de cómo en un lapso de cuatro años ésta aumentó su proporción de uno a tres pisos. Podría decirse que mi hermano y yo crecimos a la par de esa casa que tanto quisieron mis padres.

En Villa podías andar en bicicleta, jugar futbol hasta altas horas de la noche, e incluso caminar por toda la colonia sin temor a ser asaltado, secuestrado o asesinado, como tantas personas lo han sufrido en los últimos años. Eso sí, no podías ir a Las Vegas (la colonia de al lado) porque, dentro de esas calles con nombres gringos (Disneylandia, Harlington, Nueva York, Washington, etc.), te podían bajar todo sólo porque sí, fueras niño o adulto: walkmans, discmans, celulares, bicicletas, motos, tenis, morralla, chamarras. Ya ni decir de los robos diarios a microbuses y combis, que se daban cuando por las mañanas se iba a la escuela o al trabajo y a fuerza se tenía que atravesar dicho lugar. A mí me tocaron un par de asaltos y ver otros más a unos cuantos metros de distancia. En ese lugar, desde que tengo memoria, la delincuencia siempre ha hecho de las suyas: “Ahí sí te chingan todo el tiempo, mejor sube tus ventanas”.

En esa primera adolescencia siempre andaba en bicicleta, una horrorosa GTI que mi papá compró en un tianguis cercano por doscientos pesos. Estaba pintada a brochazos mal hechos, como escondiéndola de alguien. “A ver si así no nos roban ésta”, recuerdo que me dijo. Aunque pareciera increíble, en mi antigua residencia antes no robaban coches, pero sí bicicletas y no podías darte el lujo (como hoy con los autos) de traer una último modelo.

Al lado del Kiko, el Dedo, Mario y a veces el Rajas, recorríamos en dos ruedas gran parte de Villa y de Valle para visitar por las tardes a los amigos a los que no dejaban salir entre semana. También íbamos a espiar algunas veces a las niñas que nos gustaban para ver cómo se veían con otra ropa que no fuera el uniforme, éramos una especie joven de peeping tom’s. Pocas veces nos animamos a tocar a sus puertas, no fueran a salir sus papás.

En nuestros recorridos usuales paseábamos por calles apenas pavimentadas, otras más estaban llenas de terrenos baldíos interminables de los que sobresalía maleza, basura, cascajo o bien, casas a medio construir.

A mí me fascinaba tomar una calle larguísima que corría al lado del canal de aguas negras que rodeaba gran parte de la colonia. Me gustaba porque parecía un escenario del fin del mundo: carros destartalados, camiones viejos, llantas, plantas y pasto mal formado, basura, tierra, vidrios rotos sobre el suelo, chatarra, perros que a la menor provocación te perseguían o mordían, árboles moribundos, casas aparentemente abandonadas. Podías imaginar que ya nada existía con tan sólo pasar un instante por ahí, que el mundo se había acabado y ahora estaba uno por su cuenta tratando de sobrevivir. De hecho, había una leyenda de que en ciertas noches una carreta pasaba a todo galope por esa calle robando almas y desapareciendo gente. Siempre quise verla, o al menos oírla. Años después, medio arreglaron esa calle, que se convirtió en avenida y perdió su encanto, al menos para mí.

Más allá de las tiendas o centros comerciales (que en realidad sólo eran dos), transitar sus calles y colonias me abrió un panorama enorme de la magnitud del lugar en el que estaba viviendo. Quizás todo era igual, pero en algunos lados las penurias se notaban más, el desarrollo social del que tanto hablan los políticos era realmente escaso: casas de cartón o con techos de lámina, poco transporte público y mucha pobreza, calles sin luminarias o, peor aún, sin agua. Aun como niño o preadolescente podía ver esas carencias en la gente que me rodeaba.

Conocí las colonias cercanas a casa: Valle de Guadalupe, San Agustín, Santa Clara, Las Vegas, Chamizal, gran parte de Xalostoc, la del Mazo, Granjas, los Arcos, la Rústica. Luego las más alejadas como la Emiliano Zapata, Sagitario, Fuentes, Ciudad Azteca, Polígonos 2, 3 y 5, Las Américas, Jardines de Morelos, entre otras, siempre intentando buscar algo mejor de lo que me encontraba; y si bien era cierto que debíamos tener cuidado en algunas, en otras no. Además, siempre se sabía de habladas qué vecinos vendían droga, robaban autopartes o en menor medida secuestraban o hacían cosas peores. Sin embargo, nadie nunca los delató como realmente se debía y tal vez por eso “hoy todo está de la chingada”.

Aunque podría decir que en esas salidas con mis amigos de secundaria nunca me pasó nada, tengo que confesar que había que tomar ciertas medidas y como en todos lados no ser tan llamativo o arrogante. Alguna vez me intentaron quitar mi bicicleta fea, sí, la GTI camuflajeada, pero me salvé al acelerar como nunca. Eso sí, una chamarra Starter, que en ese entonces estaban muy de moda, me la quitó un cabrón como de 20 años a punta de cuchillo. En ese momento me di cuenta de que al sentir temor o ansiedad, las náuseas aparecían sin remedio.

Leo y estoy atento a lo que pasa en ese municipio y sus alrededores por mi familia, que aún vive ahí, porque sigo visitándolo, de una u otra forma. Me da pena escuchar que ahora le digan “la nueva Ciudad Juárez” al lugar en donde pase grandes momentos. Siento una impotencia tremenda cuando me dicen que sucedió esto o aquello: que le quitaron la camioneta a mi tía, que mataron al hijo de la vecina Cony, que Toñito ya se dedica a robar combis o que el Trini ahora vende droga.

Justo por estos días del mes de julio se cumplen dos años de que dejé de vivir ahí, después de veinte. Al principio creí que dejaría la violencia y la inseguridad atrás, pero al llegar al DF, la ciudad comenzó también a derrumbarse y a ponerse peor en cuanto a lo mismo que el estado vecino: drogas, extorsiones, robos, violaciones, asesinatos, feminicidios, infinidad de barbaries que ocurren como si no hubiera un mañana. “Esto es el puto fin del mundo”, escuché decir a alguien en el metro. En el México de hoy todo se desmorona.

A veces me pongo nervioso cuando regreso a Ecatepec. Ya no lo hago por metro o camión y mucho menos lo hago de noche o pasadas las seis de la tarde. La ruleta rusa de los robos siempre es una constante, tengas o no algo para dar. Miro las casas que se han vuelto viejas, las calles y avenidas que se deshacen por terribles gobiernos priistas y perredistas. Veo cómo detrás de mí van camionetas de federales con ametralladoras apuntando a todos lados y aun así me siento más inseguro. Paso por baches que tienen la misma edad que mi primo de 15 años y veo que todo es un retroceso en lugar de un progreso. Recuerdo que Ecatepec alguna vez se vio bien, al menos entre todo eso que estaba a medias: se veía como si estuviera nuevo o acabado de hacer.

Llego y entro a esa casa que me arropó de más joven. Todo lo de fuera se extingue en un instante y comienzo a hacer todo lo que hacía hasta antes de partir. Ojalá que en el cerro del Dios de Viento todo se componga en algún momento.

 

***

 

Irad León (Ciudad de México, 1985). Escribe de música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Ha sido becado por el FONCA y el FOCAEM como joven creador de cuentos. Ecatepec de Morelos aún lo sigue adoptando de vez en cuando.

 

Prepotente existencia moral

 

Por Adrián Chávez

 

Cuenta la versión oficial que la hermana de mi abuela paterna era tan bonita que mi bisabuela decidió exiliarla de Sinaloa antes de que alguien se la robara. Ése fue el inicio de la migración, de la que después formó parte la madre de mi padre. Fue en el Distrito Federal que conoció a mi abuelo, protoagricultor emigrado de Hidalgo, cuando ambos trabajaban en una farmacia homeopática del Centro Histórico. Por aquellos años, también, los que serían mis abuelos maternos dejaron Angangueo, un pueblito entre montañas michoacanas y cardenistas, después de que la mina en la que mi abuelo trabajaba explotara y dejara a su hermano junto con decenas de trabajadores enterrados bajo la principal fuente de desarrollo del lugar.

Eran los tardíos años cincuenta cuando en la televisión, todavía blanquinegra, un comercial mostraba a dos alienígenas de caricatura que sobrevuelan un prado “diez veces más grande que la Alameda Central”; en el centro, cinco torres de diversas alturas se yerguen con pretensiones de símbolo, y apenas unas cuantas avenidas, un novedoso paso a desnivel, y el cielo que suponemos azulérrimo. La voz en off de un hombre, con esa emoción que las décadas han vuelto inverosímil, invita a comprar un predio en esta zona bautizada Ciudad Satélite. Sólo $1,250 de enganche, y $750 mensuales. Todo lo que uno pueda desear, dice el hombre, incluida la misa todos los domingos. Eran los tardíos años cincuenta cuando mis abuelos paternos y maternos, piezas del ajedrez concéntrico de la migración nacional, probablemente vieron ese anuncio. Así llegué al Estado de México antes siquiera de llegar al mundo.

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“Satélite”, contesto siempre que me preguntan de dónde soy, lo cual es en estricto sentido una mentira; la casa de mis padres queda kilómetros más al norte, entre el centro comercial Mundo E y Valle Dorado, famosa por su afición a las inundaciones. Estas sutilezas, no obstante, importan muy poco cuando quien pregunta es nativo de la capital. Satélite es el número entero al que se redondean números lejanos, astronómicos. Tratar de explicarle a un chilango que no se vive exactamente en Satélite es como tratar de explicarle a un gringo que no se vive exactamente en Mexico City, sino en una cosa gris que la mantiene cercada, usurpándole la mitad del nombre en un ilusionismo doloso. “Mexicanos por patria y provincia”, dice el himno local, como queriendo ganar la exclusiva. Bien pensado, no es extraño que el interlocutor capitalino haga esa mueca automática de desprecio que lo traslada a uno al cajón de la extranjería sin brillo apenas ha confesado su procedencia; después de todo, debe ser abrumador estar condenado por la geografía a ese estado de sitio permanente. Y, sin embargo, ser mexiquense, o cuando menos ser mexiquense de Satélite, es vivir una alteridad devaluada. Ser del Edomex no es lo mismo que ser de Monterrey, Yucatán o Guerrero; incluso para los habitantes de estos estados no alcanzamos el estatus de vecinos de la Ciudad de México, sino apenas de una rémora demasiado grande. Sospecho que ser de Toluca, de Ecatepec, de San Felipe del Progreso o de Texcoco tampoco alcanza para pagar la otredad completa. Hasta hace poco, antes del proyecto de transfiguración de la capital en el trigésimo segundo estado, la federación estaba compuesta de treinta estados, un distrito federal y un tumor. Parece que la frontera ojival de la Ciudad de México no inaugura una extensión de tierra hacia afuera sino hacia abajo, y un Virgilio con pretensiones más modestas habría hecho entrar a Dante por Tlatlaya en vez del vestíbulo del Averno.

Afortunada, esta imagen del vestíbulo, aunque nos obligue a comparar la capital con un infierno que, Dante es testigo, era más amable con los peatones. El Estado de México tiene también la forma de una puerta, y quien vea el mapa como quien ve el mundo desde arriba se encontrará de pronto frente a un umbral. A falta de inscripción que advierta “abandonad toda esperanza vosotros que entráis”, Huixquilucan, Atizapán, Naucalpan, Tlalnepantla, Neza. Si este infierno fuera a su vez el Hades de los griegos, Caronte cobraría $10.50 el pasaje en de Valle Dorado a Chapultepec.

Además, el lobby que cruzan el poeta toscano y su guía antes de entrar al primer círculo no está vacío. Por el contrario, está poblado por los faltos de compromiso, condenados a rondar las márgenes del Aqueronte con un estandarte vacío. Son los que nunca hicieron un mal pero tampoco un bien, los que tomaron partido ni se adhirieron a causa alguna, los que optaron por la neutralidad durante la rebelión de los ángeles. Qué metáfora más tentadora para el estado que ostenta el primer lugar nacional en feminicidios, secuestros y corrupción pero cuyos buenos ciudadanos reeligen sistemáticamente, desde el siglo pasado, a la peor aristrocracia priista para gobernarlo. Buena gente, estos votantes, quién lo duda. Yo los conozco, yo nací ahí. Buena gente que es lo mismo que decir los tibios, los indiferentes, los que el infierno ningunea.

Por congruencia etimológica, Satélite debería ser el nombre del estado y no el betún de uno de sus municipios, el monstruo naucalpense que la devoró. Debería ser, cuando menos, la capital del estado, y así devolver a Toluca a la irrelevancia que ocupa de facto.

Estado satelital.

Mil novelas negras que nadie escribe porque está ocupado en descubrir qué día no circula su auto.

Sateliteratura.

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La primera vez que mis papás me llevaron al teatro tuvimos que ir al Distrito Federal. Vimos Peter Pan. No tengo ninguna evocación de la obra, pero sí del gorro verde con una pluma roja que me compraron al final y que recuerdo haber examinado durante todo el trayecto por el estacionamiento. Tuvimos que ir al Distrito Federal porque en Satélite, como en buena parte del estado, el teatro no existe.

Quizá la salud económica, social y hasta mental de una ciudad pueda medirse en la cantidad de teatros que alberga. La ausencia de recintos teatrales o, peor, la presencia de recintos teatrales que no se usan nunca, trasluce una falta de demanda, la cual no es síntoma de devoción por la incultura sino de que quienes viven en esa ciudad tienen problemas más urgentes que seguro nadie está atendiendo; también de que cuando se planeó la ciudad, setenta años atrás, se pensó primero en que pudiera garantizarse la misa dominical de precepto antes que un centro cultural. En 1968, mientras el mundo ardía en llamas, aquí se estaban descorchando champanes por la construcción de Plaza Satélite.

El Estado de México, rico en tragedias, tiene paradójicamente apenas 25 teatros en todo su territorio, es decir un teatro por cada 607,034 habitantes. Patrullando mis alrededores me entero de que el Teatro Bicentenario en el corazón de Tlalnepantla se usa para funciones privadas y ceremonias de graduación, mientras que el Teatro Las Torres en Naucalpan alberga cada eclipse solar alguna gira de las obras de la capital y el Teatro Cuauhtémoc, operado por el IMSS —ese torcido reducto de las artes mexicanas— lleva años hospedando seminarios y eventos propios del Instituto. Por el estilo los demás, si uno empieza a abrir el zoom. De hecho, si uno teclea la búsqueda “cartelera teatros Edomex” en Google, éste le preguntará si más bien no quiso decir “cartelera teatros CDMX”. Nada de eso impide, eso sí, que el gobierno mexiquense nos provoque reminiscencias del Ricardo III shakespeareano y que las estadísticas de desigualdad den para una nueva reinterpretación musical de Los Miserables.

Un estado con teatros, pero sin teatro. Parece que si de identidad cultural se trata, la voraz administración mexiquense hace eco de las palabras de Sor Juana Inés de la Cruz, paisana nuestra: “si daros gusto me ordena la obligación, es injusto que por daros a vos gusto haya yo de tener pena”. Cuántas Sor Juanas haría falta engendrar para que este trozo de tierra saldase su deuda con el país.

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Recorro este estado tumor puerta del infierno teatro abandonado por el Periférico, a la altura de las Torres de Satélite. Sobre la lateral, como a todas horas del día y la noche, se extiende inerte como piel de serpiente la fila de coches que esperan su turno en la hasta ahora única estación de gasolina extranjera del país. Llenar el tanque les cuesta lo que mis abuelos pagaban al mes por una casa de dos pisos. Voy en microbús al teatro del otro lado de la frontera, y mi Caronte particular cierra la puerta, quizá temeroso de ser víctima de la delincuencia, como ha sido mi caso en ya cinco ocasiones; posiblemente la única razón por la que sigo vivo es que no soy mujer. A diferencia de mi tía abuela, ya nadie se muda al Estado de México para que no se la roben. Cruzo la arteria de salida de esta “prepotente existencia moral”, según se define a sí misma la entidad en el himno que nos hacían cantar todos los lunes en la primaria. Pienso en qué he de escribir sobre este lugar sin caer demasiados lugares comunes, en cuáles son los símbolos de ese alfabeto compartido que el Borges de “El Aleph” tampoco encuentra para explicar el infinito. Pero fracaso igual. Mis cuatro abuelos están muertos y con ellos la ciudad que llegaron a poblar. Según Italo Calvino, el viajero se conoce a sí mismo por oposición a lo que ve, pero la verdad es que no hace falta moverse demasiado; basta nacer setenta años tarde para ser turista low-cost en su lugar de nacimiento.

Pretendo al menos capturar la imagen de mí mismo alejándome de las Torres circundadas por el asfalto caliente, sin Virgilio que me guíe ni más rastro de Sor Juana que el billete que todavía no me roban; fantaseando con dejar para siempre este antiprado diez veces más grande que la Alameda Central. Pero ni eso se puede, porque el tráfico no avanza y las Torres en vez de hacerse chiquitas a la distancia permanecen ahí a mi lado, sonrientes, idiotas.

 

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Adrián Chávez (Estado de México, 1989) es narrador y traductor, autor de la novela Señales de vida (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela, y es editor en jefe de la revista digital La Hoja de Arena. Fue doblemente ganador del primer lugar en el concurso Punto de Partida de la UNAM en las categorías de cuento y traducción literaria, y de una mención honorífica en el Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce 2016. Publica regularmente obra narrativa, traducción literaria, crónica cultural, reseña teatral y opinión en diversos medios.

Vivir en medio de la tierra

 

Por Laura Sofía Rivero

 

Zona industrial

Hay ojos vagabundos y aburridos que revisan etiquetas de productos como suplemento para el tedio o como elogio al ocio. En repetidas ocasiones, esas pupilas encontrarán en las minúsculas letritas los datos de fabricación que coinciden en hacer de Tlalnepantla una zona industrial. Un continente de las fábricas que riegan las semillas de sus desperdicios tóxicos para cosechar altas ganancias lucrando con materiales tan contaminantes como innecesarios. Todo el tiempo el firmamento está cubierto de una nata gris que huele a aerosoles pesticidas. Hay sólo dos casos en los que el cielo de Tlalnepantla se ve limpio: justo después de llover o en días festivos. Coincide con los pocos ceses de labores en las empresas o con la indulgente consideración que la naturaleza tiene con nuestros pulmones corroídos. Como un lavavidrios monumental, la lluvia destiñe el polvo y el cochambre de las nubes, devolviéndoles su intrínseco tono blancuzco.

Tlalnepantla me es íntima en sus lindes de fábricas y avenidas. No era raro que a las tres de la mañana alguien tocara el zaguán de los vecinos para avisarles a ellos y a mi familia que debíamos desalojar la zona. Alguna fábrica se habría incendiado otra vez. Pinturas, seguramente. Quizá la Sayer Lack, suponíamos. De niña me envolvía en una manta para hacerme ovillo en la parte trasera del coche de mis padres, arrullándome con el murmullar del motor. Nos dirigíamos a casa de mis tíos solamente por evitar estar cerca de la posible propagación de las llamas. Acompañaba a nuestro trayecto el imperioso sonido de la alarma de bomberos.

Actualmente las tiendas de plásticos o aluminios se multiplican con la rapidez de los búlgaros. Son concurridas por los que desean encontrar a precios más bajos los productos básicos para la construcción. En este municipio es habitual pasar por calles que expiden la excrecencia de nuestra tecnología con chimeneas que no descansan nunca: largas pipas como cigarrillos colosales que se mantienen encendidos y jamás dejan de tirar ceniza.

Habitar la tierra de la industria significa estar detrás del telón, donde los productos no resplandecen por la luz del supermercado que les ha colocado un precio y un código de barras. El artificio de su creación desaparece tras los charcos de veneno fosforescente que salpican las aceras y donde vale la pena evitar que pasen las mascotas. O uno mismo. Vivir en el epítome de la contaminación no me haría sorprenderme de encontrar duplicado alguno de mis dedos algún día o hallar entre el fleco de mi frente un naciente ojo diminuto. Quizá alguna noche, después de haber lavado mis dientes y enjuagado mi rostro, lista ya para meterme en la cama y apagar la luz, descubra no sin cierta sorpresa que yo también ahora soy capaz de brillar en la oscuridad.

Memoria

Mi abuela era de Veracruz y simultáneamente de Puebla. De una, por nacimiento; de la otra, por residencia. De allí se explican las deliciosas y disímiles recetas que ninguno de sus cercanos sucesores aprendió a guisar después de leer Como agua para chocolate ni tampoco al regreso de un viaje exótico a la costa del Golfo. Las memorizamos a partir de la dulce mezcla entre el regaño y la costumbre: el chilpachole, delicioso caldo de jaiba y guajillo, y los chiles en nogada, comida conventual que exige un afán y dedicación al que pocos sobreviven.

De esta doble residencia se explica su lenguaje florido contrastante con la memoria que tenía para recordar con precisión cualquier fragmento de la Biblia. Tlalnepantla se convirtió en su tercer lugar habitable por la ventura de encontrar en esta incipiente ciudad a su esposo. “Ya huele feo, ya huele a pulque, ya casi llegamos a Tlalnepantla”, decía su madre, mi bisabuela, cuando visitaba la casa nueva de la pareja cruzando la ciudad. En ese tiempo, la mancha urbana del Valle de México no estaba ni en la imaginación de Dios y las tierras se llenaban tanto de magueyales como de pulquerías. Lo digo a través, no de mis ojos, sino de las palabras que escuché antes de que el alzhéimer soplara de su cerebro, como polvo, las historias de la cantina que atendió y los recuerdos de la papelería que administró posteriormente.

Mi idea del pasado en Tlalnepantla es muy distinta. Bastante más cercana a la urbanización, sin remembranza alguna de terrenos inmensos de agaves o de haciendas proveedoras de trigo para la Ciudad de México. Mi memoria es lejana de la infancia de mi padre sentado con sus canicas al borde de lo que sería poco después la Avenida Gustavo Baz. Ese mini Periférico ruidoso que no descansa a ninguna hora del día. Él recuerda la tierra arrebatada donde ya no pudo apostar en la rayuela a finales de la primaria por la inminente llegada de la vía rápida. A diferencia, la Gustavo Baz es el territorio de donde soy especie endémica. Natural por su ruido de tráfico nocturno y embotellamientos, por la dificultad de cruzarla sin puentes peatonales, por las veces que chocaron coches contra las paredes de mi casa, por el ruido de los antros que me obligaron a aprenderme todas las canciones de moda. Mi pasado es reciente: recuerda el espectáculo navideño de los automóviles de Coca Cola, la fábrica a unas cuadras del hogar, punto de referencia para camiones y visitas desorientadas.

El único vestigio del pulque que dio identidad a un municipio apenas en desarrollo es quizá el Tinacal que, a últimas fechas, amplió su mercado a ser una cantina familiar. Para mi abuela, negocio competencia del suyo; para mi padre, desdén de borrachos; para mí, el lugar perfecto para pedir calaverita en el Día de muertos de los noventas. Sin el permiso de mis padres ─preocupados por la inseguridad que se vive en toda el área metropolitana─ asistía fervorosa al encuentro del conjunto de dipsómanos que no recordaban ya ni su nombre. La alegría de saberse receptáculo de las gracias de Baco, no los volvía pájaros, ni asnos ni leones sino maternales y generosos donadores de dinero. Clin, clin, clin. La anaranjada calabaza plástica se llenaba de monedas provenientes de los únicos bolsillos dispuestos a desperdigarlas si el cantinero sigue sirviendo.

De alguna forma, la memoria de mi padre, de mi abuela y la mía es la misma: el recorrido por unas calles tan familiares como ajenas porque se transforman en un tristrás. Tlalnepantla se contagia del devenir de su ciudad capital vecina y siempre está marcada por el paso de familias, amigos y automóviles. Nadie deja rastro suyo en el polvo viejo o nuevo ni en los negocios que abren y cierran como párpados de la ciudad. Pareciera que los antiguos tenían razón: el cambio es la única constante.

¡Bajan!

Los precios del transporte del Estado de México son un monstruo que devora la morralla. Con sus fauces de gasolina y sus afilados dientes de chimeco, cada camión traga monedas sin reparo alguno. Desangran los monederos y las carteras con la habilidad de un asaltante. En contraste con las tarifas del trolebús capitalino de dos pesos o el metro que ha subido hasta cinco, el camión mexiquense cobra, como mínimo, ocho pesos por una distancia de risa. Un viaje redondo de Ecatepec a Naucalpan ─como los que suelen hacer los estudiantes de licenciatura─ fácilmente puede generar un gasto diario de treinta pesos.

“Ya se va, ya se va, Coca Cola, Rayovac, Clínica 72, Autopista, Cerrito”. La zona metropolitana es un cinturón fronterizo. Son suyas las calamidades del Estado de México y también las del Distrito. De ninguna saca beneficios, sólo arrastra verificaciones automovilísticas y el Hoy no circula. La identidad de quienes hemos vivido en su territorio se desdibuja por la demarcación y por las avenidas compartidas, por las rutas gemelas y por no ser ni de aquí ni de allá. Son costumbres el usar metro como lo fue también el entonar cada mañana de lunes en la primaria el terrible himno mexiquense. Lo mismo es la facilidad de ir cuando se quiera a Bellas Artes, como el hábito de dejar vacío el espacio destinado para escribir la delegación en los formularios.

La indeterminación tiene sus ventajas. Cuando se habla con defeños, uno tiene que indicar que es de Tlalnepantla para que su mapa imaginario los sitúe muy al norte, donde la marginalidad va avanzando poco a poco hasta consumirlo todo. Cuando se habla con los cuates de la República, la procedencia del Estado resulta ventajosa: se puede decir, por economía conversacional, que se es de la capital para evitar que el otro entienda por Tlalnepantla un pueblo mágico chiapaneco; en contraste, ante personas que son chilangofóbicas uno puede pasar desapercibido al negar cualquier nexo con el D.F.

Lo cierto es que el límite metropolitano se desdibuja rápidamente. Quizá sólo el transporte me recuerda el linde ahora que cruzo fronteras tras las múltiples mudanzas, la búsqueda del espacio personal y la irrefutable responsabilidad adulta. En cada viaje reconozco ese mismo límite que marcan mis costumbres íntimas con la casa familiar de Tlalnepantla. Ese lugar donde se come en la mesa y no en otra parte. Donde el hogar tiene sazón de infancia y la comida se prepara a las horas. La casa en donde la vida no se desborda entre cajas, muebles de triplay, latas caducadas ni en la deliciosa sensación de saber que el caos irreparable es completamente propio.

 

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Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993). Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM, FES Acatlán. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en la generación 2016-2017 en el área de ensayo. Primer lugar en ensayo del Premio Dolores Castro 2016 por el libro Retóricas del presente.

Acá en lo oscurito

El jueves 29 de diciembre de 2016 en Bandini se llevó a cabo la presentación de este blog, donde pudimos escuchar a Edgar Yepez leer un fragmento de “Tlalnepantla” y “La nueva hora del Coco” en voz de Haydeé Salmones; además de tener el honor de que Manuel Illanes, poeta, editor e investigador chileno, hiciera algunos comentarios bastante interesantes de la antología y de los textos que la integran. El texto que se presenta a continuación es lo que a grandes rasgos Manuel comentó aquel día. Hemos decidido publicarlo aquí a manera de agradecimiento y para que quienes no pudieron asistir se enteren de qué es lo que platicamos aquella noche a la que le siguieron las cervezas y los ritmos tropicales.

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Zona de catástrofe 

 

Por Manuel Illanes

 

Oscuro entre nosotros es un blog que reúne el trabajo de autores del Estado de México: Haydeé Salmones, Demian Marin, Lizbeth Zavala, Edgar Yepez, Mónica Perea, Joaquín Guillén Márquez, Francisco de la Rosa y Patricia Arredondo, cuya edad fluctúa entre los 26 y los 37 años; varios de los cuales ya cuentan con publicaciones, e incluso con premios a nivel nacional. Uno de los principales objetivos planteados por su editora es lograr que éste se convierta en un foro que permita la discusión en torno a muchos de los problemas que aquejan a los residentes del Edomex, que van desde los asaltos en los camiones que se dirigen hacia la Ciudad de México hasta situaciones más dramáticas como lo son la violación, el secuestro y la desaparición de cientos de mujeres en el territorio del Estado.

Los textos publicados: “La nueva hora del Coco”, “Oscuro entre nosotros”, El Lugar de los cuatro barrios”, “Tlalnepantla”, “A casa de mis padres”, “Vista previa”, “La Casa” y “La nueva Ciudad Juárez”, transitan entre el cuento y la crónica, e incorporan en su construcción elementos de tipo ensayístico; y tienen un común denominador: por distintas vías, todos ponen en evidencia el tema de la violencia que se vive en la entidad y hablan acerca de las diferentes manifestaciones de ésta.

Así, a nivel general, la representación del Edomex que establecen los textos coincide en mostrar a éste como un espacio violento y amenazante, un sitio que torna peligrosas incluso las actividades cotidianas que deberían ser más inofensivas, tales como viajar en camión, visitar la casa de la familia, recorrer las calles cercanas al hogar, salir a los parques, etcétera. A la precariedad de las instalaciones y la infraestructura que se describe en los relatos, se aúna también la debilidad institucional y de la oferta sociocultural del lugar, lo que obliga a muchos de los residentes a emigrar hacia la metrópoli.

El territorio del Estado se exhibe como un lugar altamente industrializado y, por ende, muy contaminado, con una geografía que incluye canales de aguas negras, centros hospitalarios abarrotados, zonas arqueológicas desamparadas, colonias de paracaidistas…, espacios que se evidencian principalmente en la crónica de Lizbeth Zavala, “El lugar de los cuatro barrios”.

Los textos buscan establecer símiles que igualen la situación que se vive actualmente en el territorio del Estado con la de una zona de catástrofe.

De igual modo, los autores reunidos en Oscuro entre nosotros insisten en señalar el progresivo arruinamiento del Estado, en relación con una infancia que se sitúa en un plano idílico, tal como ocurre en el cuento de Demián Marín, que da título al blog, donde se nos dice: “Mis recuerdos de niño no coinciden con lo que veo ahora. Tal vez por eso trato de evitar volver allí. Lo mismo ocurre con toda la ciudad: Toluca no es lo que era, conforme avanzo por las calles, mi memoria se ve traicionada por la presencia de edificios desconocidos. Podría decir que me deprime volver a ese lugar, ver cómo se ha estropeado la zona, pero sería demasiado injusto con mis padres”. En tal sentido, los textos buscan establecer símiles que igualen la situación que se vive actualmente en el territorio del Estado con la de una zona de catástrofe.

Lo anterior determina una serie de fenómenos, entre los que tiene un papel fundamental la llamada fronterización del Edomex. Con esto se entiende un proceso de incremento de la violencia y la delincuencia organizada que repite los trágicos acontecimientos vividos en otros espacios del país, en especial, Ciudad Juárez, a la que este término de la fronterización refiere de una u otra manera. Así, Patricia Arredondo, en “La nueva Ciudad Juárez”, introduce la comparación entre lo ocurrido en aquella ciudad durante los noventa y comienzos de los dosmiles y la inseguridad actual que aqueja al Estado de México: en ambos casos, el estatus liminar, la condición de frontera de los territorios —respecto a los Estados Unidos, Ciudad Juárez; frente a la Ciudad de México, el Edomex— facilitan el surgimiento de grupos criminales y la expansión de la violencia y la inseguridad al imponer condiciones de debilitamiento de la autoridad, una ausencia de marcos legales firmes, en suma al tránsito permanente de población.

Sergio González Rodríguez caracteriza este fenómeno en su libro Huesos en el desierto, donde aborda el tema de los feminicidios en Ciudad Juárez. Ahí habla de que:

en una zona fronteriza como Ciudad Juárez, las probabilidades de eso [la violencia] se incrementan ante el flujo migratorio y el nomadismo cultural. El problema principal es la sobrepoblación móvil. Exceso de personas y exceso de desierto: de inermidad […]. Ante la carencia del polo estatal de la ley, no hay ninguna entereza simbólica que ejerza un contrapeso análogo en el cuerpo social, ni como conjunto ni como freno del crimen; en especial cuando se trata de situaciones análogas a las muertas de Juárez: el crimen extremo como forma del horror, del impulso maligno, extraño e inquietante que se ceba en las mujeres. [1]

González Rodríguez también describe otros rasgos de esta condición de frontera, que pueden aplicarse de una u otra manera al Estado de México:

La sociedad juarense de finales del siglo XX hacia el siglo XXI ha vivido el impacto disolutorio de las instituciones tradicionales como un estigma que se ahonda mediante la muerte anónima y de género en el espacio abierto o público. El entorno de ruptura y dispersión tiene su causa, entre otros factores, en el aislamiento secular de estos territorios, en la lejanía del México Central, sobre todo de la capital. Aquella cima de lo ajeno que desde el punto de vista de los norteños merece un sobrenombre irónico: se le llama Chilangolópolis. O admite un apelativo infamante para su gente: los chilangos. Un sinónimo de personas tramposas, ladronas, abusivas. [2]

Respecto al fenómeno de fronterización, Edgar Yepez manifiesta en su relato “Tlalnepantla” la posibilidad de que éste trascienda los límites de México y se expanda por todo el mundo, cuando indica, a propósito de una visita a Europa y de la miseria encontrada en distintas ciudades del continente, lo siguiente:

El africano de ojos hundidos al que le compró un tripié inservible en el puente Sant’Angelo en Roma. La vieja centroeuropea tirada sobre el puente del Rialto, pidiendo limosna, flagrantemente ignorada por tantos turistas aquel día de carnaval en Venecia. El hindú en Viena, frágil como las cosas rotas, que se preparaba para meditar afuera de un Esprit sobre la Mariahilfer Strasse desierta. Miserabilismo europeo, piensa. Y se le aparece, inmediatamente, una pinta saliendo del metro Marcadet de Poissonniers, en el 18, la Petite Afrique de París: “África es el futuro”. Tlalnepantla es el futuro.

Otra constante de los textos remite a la necesidad que enfrentan muchos de los habitantes del Edomex de migrar en busca de mejores oportunidades. Esto se relaciona, en primer lugar, con la precariedad de las instituciones socioculturales —a la que hice mención antes— y se hace patente en la experiencia común aludida por varios autores del traslado a la Ciudad de México por motivos de estudio o trabajo. Para muchos de estos habitantes, la vivencia del viaje en camión establece de inmediato una frontera imaginaria entre la Ciudad de México y el Edomex: el regreso al Estado o el movimiento dentro de él es sentido como una exposición a la violencia que representan los asaltos, la posibilidad latente de secuestros o violaciones, en contraste con la Ciudad, que figura como un ámbito de mayor seguridad y que se verifica de manera destacada en “A casa de mis padres” de Mónica Perea o “La nueva hora del Coco” de Haydeé Salmones.

Esta vivencia del viaje en camión funciona como una metáfora de la experiencia del migrante.

A mi entender, esta vivencia del viaje en camión funciona como una metáfora de la experiencia del migrante, que se observa a escala nacional, puesto que, tanto en uno como en otro caso, aquel que emprende el viaje se encuentra indefenso respecto de los imprevistos que puedan ocurrir en él: el cuento “Vista Previa” de Joaquín Guillén Márquez es el mejor ejemplo de esto. Ahí se relata la historia de tres hermanos: Alejandro, Marco y Rodrigo, dos de los cuales, a corta edad, realizan la travesía desde Los Sauces hasta Estados Unidos. Uno de ellos regresa y el tercero emigra a la Ciudad de México para estudiar. En el relato aparece un fragmento que refleja, desde mi punto de vista, las causas profundas que obligan a muchos mexicanos a migrar:

Dejé Los Sauces muy chico. No tenía ni doce años cuando Alejandro, poco más grande, encontró la manera de irse a Estados Unidos. Me dijo que podía acompañarlo, que seguro nos iría muy bien, que a qué me quedaba. Era fácil que yo me fuera, pero Marco, de siete años, no podía hacerlo. Le dije que sí, que nos fuéramos, que allá podríamos hacer una vida mejor de la que jamás podríamos hacer aquí, y así ayudar a nuestra familia. Era mucha responsabilidad para nuestra edad pero qué puedo decir, así era entonces. Alejandro y yo teníamos que aprender porque no había quien nos enseñara y salir era nuestra única certeza. “Ahí no se llega, se sale”, dicen. Lo supe porque todo mi sueño era no usar zapatos hechos del caucho de las llantas ponchadas que encontraba en la carretera, parecidos a los que usaba Susana cuando la conocí, muy jóvenes los dos, también en Los Sauces.

La condición precaria del migrante se hace dramática en el caso de las mujeres, quienes se enfrentan en el Edomex a un escenario completamente adverso, que se menciona varias veces en los textos. Así, por ejemplo, Mónica Perea señala en “A casa de mis padres”: “Un hombre con concierto privado se me queda mirando durante un atorón de tránsito. Creo que estoy sudando frío, no me gusta su mirada y no recuerdo haberlo visto antes. Me acuerdo de que llevo varios kilómetros dentro del estado con el índice más alto de feminicidios en el país”. Haydeé Salmones hace alusión a lo mismo en “La nueva hora del Coco”: “Las cifras se alimentan de la incertidumbre y la indiferencia: los comunicados oficiales hablan de cientos de desaparecidas en los últimos cinco años; los artículos de nota roja, las asociaciones civiles y las familias, de miles. Niñas y adolescentes de 12 a 19 años; mujeres de 20 a 28 años: siempre hay vacantes”.

La sensación de indefensión, común en todos los relatos, alcanza aquí niveles de horror ante la realidad de las desaparecidas y secuestradas, y de los cadáveres de algunas de éstas que han sido recuperados de los canales de aguas negras. El Estado se torna para las mujeres un espacio de paranoia, suspicacia y pánico.

El sentimiento de terror lleva a la protagonista […] al extremo de querer borrar todos los signos que revelen su condición femenina […], ya que presentarse como mujer significa exponerse automáticamente a una situación de riesgo.

La posibilidad del secuestro se hace evidente en el texto de Salmones y también en “La nueva Ciudad Juárez” donde Patricia se retrotrae a su niñez y habla de la experiencia que tuvo con un hombre que la siguió hasta la puerta de su casa en una camioneta, con la obvia intención de levantarla. El sentimiento de terror lleva a la protagonista de “A casa de mis padres” al extremo de querer borrar todos los signos que revelen su condición femenina, a tratar de parecer un hombre por la vestimenta y la actitud, ya que presentarse como mujer en el Edomex significa exponerse automáticamente a una situación de riesgo:

Hoy no me pongo falda ni vestido. Entre menos llame la atención, mejor. Elijo los pantalones que me quedan nadando y los tenis cómodos pero viejos que tengo para estas ocasiones y que me aseguran un eficaz escape en caso de emergencia. Una repasada del cepillo en el cabello y nada de maquillaje, preferible pasar desapercibida. En la cabeza, una gorra verde de las que regalaron casa por casa —sin ser solicitadas— para apoyar al candidato del sexenio anterior.

A la mujer, por lo que se desprende de los textos, se le considera como un objeto que puede ser tomado y desechado a voluntad: la imagen de los restos de mujeres que son rescatados del Río de los Remedios, exhibida en “La Nueva Hora del Coco”, es una muestra absoluta de ello. No obstante el miedo, el terror que la situación anterior transmite, existe de parte de las mismas mujeres el deseo de rebelarse ante esta realidad ominosa constituida por la violación, la trata de blancas, el mercado de órganos. Haydeé Salmones nos dice: “Pero este lugar también me obligó a sentir ira. A salir a correr. A pelear. A gritar. A enfrentar. A discutir. A nombrar. A escribir. La niña que fui no creía en los terrores infantiles; en la nueva hora del Coco, la mujer que soy se obliga a enfrentarlos”.

Esa voluntad señalada de discutir, de nombrar es también lo que motiva la recopilación de los relatos y crónicas reunidas en Oscuro entre nosotros. Patricia Arredondo indica como uno de los objetivos de éste la posibilidad de causar “una serie de discusiones, más de las que ya han generado desde su concepción [los relatos]”, que permitan pensar no sólo la situación del Edomex sino la del país. Porque toda discusión, toda reflexión permite superar el aislamiento que impone el miedo, buscar una respuesta para enfrentarlo.

Es obvio que la solución a todos los problemas descritos en los relatos y crónicas no podrá hallarse a la brevedad, ni tampoco puede pretenderse que los autores proporcionen las claves precisas para superar la actual situación del Edomex; lo que sí es rescatable y digno de valorar es que existan instancias como la que proporciona Oscuro entre nosotros para reunir experiencias que son comunes a una gran mayoría de personas y discutir acerca de las consecuencias que éstas tienen para la vida colectiva, única forma de alcanzar en el futuro determinaciones que abarquen a la comunidad entera.

Me permito concluir esta breve presentación apelando a las palabras usadas por Sergio González Rodríguez en su ensayo El hombre sin cabeza con relación al miedo y este nombrar que mencionan Haydeé y Patricia:

Observo que la lógica del miedo se ha impuesto en el mundo. ¿Qué hay en el miedo que se vuelve la sustancia de la sociabilidad y el Estado desde que Thomas Hobbes lo estudió cuatro siglos atrás? Conviene interrogarlo de cara a sus transformaciones recientes. Y recordar que nombrar es distinguir. En otras palabras, desprender de lo informe, de lo inasible y, en consecuencia, de lo abrumador y acaso repugnante o siniestro. Señalar algo remite a un ejercicio análogo al acto de nombrar: una marca o índice que parte de un gesto y termina por visualizarse en el aire. Ponerle un nombre a las cosas, o señalarlas en el mundo, reviste un lance estratégico respecto de la fenomenología del miedo y el potencial destructivo/ constructivo de éste. [3]


[1] González Rodríguez, Sergio, Huesos en el desierto, Editorial Anagrama, Barcelona, 2005, pp. 64-65.

[2] Idem, pp.39-40.

[3] Gonzalez Rodríguez, Sergio, El hombre sin cabeza, Editorial Anagrama, México, 2011, p.75.

 

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Manuel Illanes (Santiago de Chile, 1979). Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM. Ha publicado algunos libros de poesía, como Tarot de la carretera (Fuga, Santiago de Chile, 2009), Crónica de Tollan (Piedra de Sol, Santiago de Chile, 2012; La Ratona Cartonera, Cuernavaca, 2013) y Memorias del inframundo (Mantra, Ciudad de México, 2016). Poemas suyos figuran en la antología Residencia temporal: seis poetas chilenos en México (Aldus, Ciudad de México, 2016).

La nueva Ciudad Juárez

 

Por Patricia Arredondo

 

para Erik Alonso, para los mexiquenses y los juaritos

 

Toda una generación conoce la voz y el tono que acompañan a la frase “Canal 5 solicita su ayuda para localizar”. En los noventa, por las mañanas se interrumpía la programación y después de alguna caricatura aparecía en la pantalla la fotografía de un desaparecido o de alguien que, decían, se había extraviado. Después de mencionar algunos rasgos y las señas particulares de esa persona, en ocasiones se hacía mención de que ésta “padecía de sus facultades mentales”. Para mí no era todavía muy claro lo que se quería decir con “padecer de las facultades mentales”, así que imaginaba que, sobre todo, eso significaba que esa persona tenía un problema de memoria que le impedía recordar el camino de vuelta a casa.

La angustia que me provocaba ver esos rostros en la televisión por las mañanas permanecía durante todo el día y se convertía en pesadilla por la noche, se reproducía cuando mi mamá se iba muy temprano al trabajo y se duplicaba si se demoraba al volver. En aquel entonces mirar televisión era nuestro modo de espera, uno conocía la hora por el programa en turno y relacionaba los horarios de los adultos, y de la vida en general, con los de la programación del canal que elegíamos ver a diario, de modo que si la puerta de la casa no se abría mientras comenzaba el programa de las siete era probable que algo hubiera pasado. Por lo que una demora causaba que un carrusel de rostros que había visto en el Canal 5 se reprodujeran de inmediato en mi cabeza y esto no paraba hasta que escuchaba llegar a mi mamá.

Pero, así como la alerta amber era entonces parte de la programación, lo eran los comerciales dirigidos al público infantil, en los que se sugerían situaciones de riesgo: al salir de la escuela una persona se acercaba a un niño y le ofrecía un dulce o algo, le tocaba el hombro y entonces se congelaba la escena y se activaba una alarma de robo al mismo tiempo que se intervenía la imagen con una intermitencia en rojo, luego aparecía un actor para dar el consejo con el que se remataba “di no, cuenta hasta diez y cuéntaselo a quien más confianza le tengas”.

Ese anuncio me salvó un día de Reyes en el que iba caminando de casa de mi abuela en Tlalnepantla a casa de mi mamá. Tenía cerca de 11 años e iba llorando por un berrinche; estaba por abrir la puerta cuando una camioneta se orilló y se detuvo, la manejaba un hombre que me preguntó por qué lloraba y me ofreció una muñeca, me pidió que me acercara al coche, la mano comenzó a temblarme y no lograba atinar a la cerradura; el señor insistía en su oferta. El terror me tenía entre nerviosa y paralizada, por lo que pienso que milagrosamente logré abrir la puerta y entrar a mi casa. De un modo muy triste éste es uno de los recuerdos más nítidos que tengo: nunca pude olvidar la cara del tipo, el color de la camioneta, las palabras que dijo y lo que sentí al pensar que podría haberse bajado del coche y haberme obligado a subir.

Lo que imaginaba que podía haberme pasado ese día estaba en cierto modo condicionado por la televisión. En casa de mi abuela veían programas como Mujer, casos de la vida real, cada capítulo estaba basado en una carta que supuestamente había sido enviada por alguien de la audiencia y en la que ese alguien contaba su historia. Una gran parte de los casos se trataban de robo de menores, desapariciones y secuestros. Fue en ese programa donde por primera vez supe de las muertas de Juárez, donde escuché el nombre de Ciudad Juárez como el de un sitio al que debía temérsele por lo que sucedía ahí. De niña la televisión me hizo ver a Juárez como un lugar oscuro lleno de fábricas, asesinos y cadáveres de mujeres.

Algo de alivio había en mí al saberme muy lejos de esa ciudad, al pensar que al estar lejos de ella sus problemas no podían tocarme; me alegraba no ser una mujer que al crecer tuviera que trabajar en una fábrica y pudiera ser asesinada al salir de ella. Jamás, ni remotamente, en mi niñez pude imaginar que en un futuro esa ciudad que me parecía tan lejana se convertiría en algo muy cercano. Nunca creí que yo sería una de esas mujeres que a diario temen por su vida, a las que les da terror salir a la calle o que no vislumbran caminar de noche. Nunca creí que ese miedo que sentía ya de niña por una violación o un secuestro crecería conmigo.

Alguna vez en que viajaba en el coche con mi papá conversábamos acerca de la violencia y él dijo una frase que sintetizó nuestra plática: “La violencia está en los límites”. Hablábamos entonces de los asaltos que ocurrían cerca de la casa, los cuales justamente eran más constantes en cruces o en las avenidas donde el territorio dejaba de ser del Estado de México y se convertía en DF, o viceversa.

Mi papá y mi abuela solían satanizar la ciudad porque en sus tiempos ahí era donde estaban los rateros, de algún modo cuando mi abuela decidió establecerse en Tlalnepantla, nuestro pueblito, creían, estaba a salvo de episodios violentos. De hecho, para mí una de las únicas ventajas de vivir en Tlalne fue que la casa de mis padres estaba justamente en un límite y cruzar a la ciudad no era complicado cuando quería conseguir libros o consumir cultura; o al menos no como les resultaba a algunos amigos que vivían en Ecatepec o Cuautitlán.

Mi papá dijo que él pensaba que eso sucedía, que los ladrones se decidían por esas zonas porque las leyes cambiaban con cruzar una calle y así era más fácil escabullirse o que hasta eso determinaba el hecho de dónde debía realizarse una denuncia. Desde que le escuché esa frase mucho de lo que he reflexionado desde entonces ha partido de ella. Pienso en, algo obvio, que Ciudad Juárez es una frontera y que su estatuto de frontera la coloca como violenta. También pienso que muchos de los estados donde la violencia ha crecido en México son fronteras con la ciudad, son la periferia. Pienso también en que el Estado de México es la mano de obra de la Ciudad de México, es la carne de cañón y también su basurero; y también que quienes nos hemos mudado al DF desde el Estado de México no hemos hecho otra cosa que cruzar una frontera para tener seguridad en diversos sentidos.

Miro un mapa y pongo la vista en el Estado de México, en la manera en que abraza al DF y luego miro Ciudad Juárez y la línea que la separa de Estados Unidos. Nunca he estado en Ciudad Juárez y nunca me ha llamado la atención visitarla, lo que sé de ella es poco. Hace algunos años recién conocí a gente que venía de ahí y comencé a ver a través de su escritura lo que había significado para ellos crecer en esa ciudad y sé que para ellos salir de Juárez ha sido tan reconfortante como lo fue para mí hace un par de años salir de Tlalnepantla después de haber sufrido un asalto y otra serie de malas experiencias. He reconocido en la gente de Juárez un coraje y una sensibilidad particulares, que brotan en las borracheras cuando cantan alguna canción norteña y piensan en su casa con un gesto de dolor marcado en el rostro.

Quizá hasta ahora que he vuelto por una temporada a vivir al Estado de México puedo entender ciertos gestos de mis amigos de Juárez, puedo entender lo que se siente cuando el lugar de donde provienes le causa terror a gente que nunca lo ha visitado, y quienes nunca lo señalarían en el mapa como un sitio que les gustaría conocer; que se refieren a él como Mordor, el Inframundo o “la tierra de los mirreyes y los feminicidios”.

Cuando me preguntan qué hay en Tlalnepantla, me río y digo que nada (“mi” casa), pero que hay algunos restaurantes y cantinas que bien valen la pena. Lo cierto es que ningún amigo me ha dicho con convicción “quiero conocer de dónde eres o dónde creciste”. Pocos son los amigos de ahora que conocen Tlalnepantla, la casa de mis padres; pocos tienen la geografía del sitio del que les hablo cuando llego a contar alguna anécdota acerca de mi familia o del sitio que sugiero en algunos de mis textos. Sé entonces que la gente que me conoce, me conoce en realidad muy poco y yo a ellos. En Formas de volver a casa, Zambra plantea una idea que me llama la atención, la de un personaje que se esfuerza por ser huérfano, por disociarse de su historia familiar. Tal parece que somos una generación que ha intentado divorciarse de su origen y que se ha esforzado por silenciarlo.

Una de las razones por las que Los Procesos de Erik Alonso me parece un libro entrañable es porque es de los pocos libros que conozco que usan al Estado de México como una referencia geográfica y porque Erik habla de Ecatepec con una sinceridad absoluta, habla de lo que él ha descubierto en los cerros grises, en las obras negras y en las varillas salidas de las azoteas. Pero, sobre todo, al hablar con Erik sabes que ese discurso es sensato cuando te invita a su casa en Ecatepec y en cierto sentido te invita a romper el prejuicio con respecto al Estado de México y, sobre todo, te invita a conocer de dónde viene y quién es. Puedo decir también que en cierta medida la lectura Los Procesos ha sido lo que me ha hecho replantearme la visión del lugar del que provengo y lo ha resignificado.

Hay una cosa bellísima que dice Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas acerca del cáncer y del lenguaje, dice que cuando se ve al enfermo de cáncer como una especie de peste y se le aparta porque se convierte en un símbolo de muerte, se le está condenando. Lo grave aquí es que el cáncer no siempre es muerte y al hacerle creer al enfermo lo contrario se le priva de ver la enfermedad como algo curable; por ello Sontag enfatiza en la necesidad de dejar de realizar asociaciones que estigmaticen, en destruir algunas metáforas que alimentan de manera negativa el inconsciente colectivo.

La gente le coloca los mismos adjetivos al Estado de México que a Peña Nieto: ignorante, corrupto, ladrón y asesino. El Edomex es en la mente de los mexicanos la casa del PRI y por tanto un lugar hacia el que está permitido el odio. El Estado de México está ahora en boca de México por ser el primer lugar en violencia y feminicidios, el Estado de México está en boca de gente que nunca ha visitado el Estado de México y no piensa hacerlo; el Estado de México está, por fortuna, en el pasado para quienes han logrado cruzar la frontera y “escapar” de él.

El Estado de México es, dicen, la nueva Ciudad Juárez y al escuchar esa frase pienso en todo lo que aquí he enumerado y que la gente que se alegra de estar lejos de Mordor es igual de ingenua que mi yo de niña, quien veía en la televisión las noticias e imaginaba que el monstruo que habitaba en Juárez estaba muy lejos de su casa y que lo que ahí pasaba jamás (no así, no de esa manera) la tocaría.

 

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Patricia Arredondo (Tlalnepantla, 1988). Escribe poesía y cuando cae el hueso es editora freelance.

 

La Casa

Por Francisco de la Rosa

 

Y un día de súbito se reconocen en el cuerpo las huellas diáfanas de pasos que cayeron con el tonelaje de lo cotidiano, y se es consciente de que la posibilidad de negociación es cada vez más diminuta, porque hubo un periodo sin remedio en el que uno padeció o se acostumbró a la decoración de La Casa: almidonadas carpetas tejidas por la abuela, servilleteros hurtados de fiestas de quince años y bodas, algunas manzanas y peras de cerámica, o pintadas en un cuadro hecho con tres rectángulos separados dos centímetros uno de otro, y varias fotos familiares que retrataban lo que bien merecía ser juzgado como el pésimo gusto de toda la familia.

La aspiración más ambiciosa era escoger el color de los muros, realizar algún dibujo en alguna de las paredes de la recámara propia o colgar un póster, con el riesgo, claro, de que fuera reprobado por el gusto de los padres. En ocasiones, un poco más afortunadas, también se podía elegir el diseño de los muebles de la recámara, incluida la puerta y el color y material de las cortinas, sábanas y cobijas. La recámara fue durante años el único sitio que habló de uno con cierta porción de autenticidad; enunciaba a medias lo que se presumía o deseaba ser, pues al otro lado de ese límite geométrico llamado “puerta” todo decía otra cosa, o tantas, que considerar todo aquello como una extensión propia resultaba, además de inverosímil, ofensivo.

La posibilidad de negociación es cada vez más diminuta, porque años después uno salió amablemente del hogar. O fue arrojado de éste con la misma fuerza que un escupitajo infecto. Una vez fuera comenzó a trazar una vereda propia, aunque la decoración del nuevo camino era igualmente ajena: el sofá, la mesa de centro o el refrigerador que los familiares amablemente donaron para amueblar el cuarto-departamento. Y, pese a que uno se empeñó en rediseñar los muebles y accesorios que recibió, modificando su color, y hasta su tamaño, para usarlos como el amasijo con el cual ornamentar los muros y el suelo de la nueva e independiente casa, no faltó algún comentario que se clavó frío como una navaja artera porque “la cama es la misma que la que tenías en tu cuarto, ¿verdad? La que te compraron tus padres”. Y entonces uno alegó con rapidez, como si esgrimiera la aguja con la que pretendía suturar la herida, que no. “Bueno, sí, pero corté un poco las patas y la pinté de gris, ¡mira!”, pero de la herida escurrió algo como dignidad, cuando el comentario-navaja arremetió de nuevo con un “ajá, sí, pero es la misma base y es el mismo colchón, ¿no?”.

La casa —y los objetos que la decoran— nos retrata; no importa si es prestada, rentada o propia. Habla de nosotros, no de manera inmediata y obvia, como lo hace la apariencia de un traje bien aliñado, una camisa planchada a detalle o un par de tacones sin un sólo raspón, sino de forma lenta y discreta. La decoración de la casa tiene alcances a mediano y largo plazo. Son objetos, muebles y chunches que permanecerán en su sitio por un tiempo más o menos prolongado. Son muebles y objetos que, tarde o temprano, convivirán con el polvo y las pelusas. Serán apenas movidos de su lugar los días de limpieza y su presencia se volverá tan cotidiana que difícilmente volveremos a mirarlos con entusiasmo como en los primeros días.

La pertinencia o atino de su acomodo podrá evaluarse con el nivel de confort que experimenten las visitas, con la libertad con que tomen vasos y platos, o con el grado de desaliño a la hora de sentarse sin solicitar nuestra venia. No se trata de un orden pulcro ni de muebles nuevos, fotografías y grabados adquiridos en una galería; se puede optar por el caos y asumirse coleccionador de donaciones. Pero es una situación distinta cuando aquello arriba por elección. Después de varios años, al fin hay remedio y ya no es necesario ceder ante obsequios que desean arrebatarnos autonomía a la hora de la aparente pueril tarea de decorar.

La posibilidad de negociación es cada vez más diminuta, porque no importa si se tiene buen o mal gusto. O si la decoración es, o no, prioritaria; incluso un cuarto de azotea que parece a todas luces desangelado ostentará la rúbrica de quien lo habita. Una maceta que se aferra a un clavo podría considerarse como el primer paso hacia la escisión de La Casa. Meses después, quizá, se sume un mueble que parece adherirse a una pared para hacerla cambiar de forma o tamaño, y luego, tal vez, una repisa que ayudada por taquetes y tornillos desafiará con irreverencia la gravedad al sostener sobre sí el peso de una artesanía barata, o el de tres o cuatro libros.

La posibilidad de negociación es cada vez más diminuta ante lo que parece un tema superfluo como la decoración de la casa, porque el tiempo que uno puede disfrutar de ello es, digamos, estrecho. Cuando niño a uno le importa poco si La Casa es naranja o si el Sagrado Corazón de Jesús pende encima de la cabecera. En la adolescencia todo parece desafinar con uno y un poco más tarde, cuando los sinsentidos comienzan a poblarse de entendimiento, uno comienza a darle importancia lo mismo a los detalles que a la idea de salir de ella.

Una vez que se es “independiente” —fuera de La Casa—, ocurre que la familia sigue estando, en alguna proporción, detrás de la alimentación y la decoración. Pasarán algunos meses o años para que uno invierta en su primer mueble, maceta, cuadro o vajilla. Así inicia la vida sin negociación, la vida donde las pertenencias propias le irán ganando terreno a los objetos o muebles que uno aceptó porque no había más remedio.

Años más tarde, donde inició una persona habitarán dos, y la posibilidad de negociación será obligatoria para ambas. Quizá un lustro después al departamento, que ya comienza a parecer La Casa, se sume un tercer integrante y luego un cuarto. Entonces la nueva familia no tendrá posibilidad de negarse a tapizar el refrigerador o alguno de los muros con los dibujos de los críos. Y con el paso del tiempo la familia habrá de aceptar carpetas almidonadas tejidas por la abuela, servilleteros hurtados de fiestas de quince años y bodas, algunas manzanas y peras de cerámica, o pintadas en un cuadro hecho con tres rectángulos separados dos centímetros uno de otro, y varias fotos familiares que retratarán lo que bien merecerá ser juzgado por alguno de los críos como el pésimo gusto de toda su familia.

 

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Francisco de la Rosa (Ciudad Neza, 1980). Hace muebles y redacta una que otra cosa.