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Por Joaquín Guillén Márquez

 

—Tengo miedo, Rodrigo.

Me enteré de la muerte de Alejandro, mi hermano mayor, cuando Marco, el menor, fue a buscarme a la tienda que tengo desde hace casi treinta años. Se estacionó y bajó de su coche, miró su reloj y caminó despacio hacia mí. Recargó sus hombros en el refrigerador que también me sirve como barra para despachar y me pidió permiso para entrar. Le dije que sí. Marco llegó como cualquier otro cliente pero sólo quería hablar conmigo, algo que simplemente no pasa. No creo tener una vida digna de ser contada. Sólo me dedico a vender otros productos, pero nunca a mí. Dedico mis últimos años a despertarme a las 5 de la mañana y a caminar hacia ese negocio que ha mantenido, más o menos, a mi familia; un espacio que considero mi verdadero refugio desde hace treinta años, en donde hablo con mis clientes, quienes nunca se muestran interesados por preguntar sobre mi vida, por cómo llegué de Los Sauces al D.F. o cómo decidí abrir una tienda. Y pienso que tienen razón en no hacerlo. Existo allá, en el lugar en el que soy Don Rodrigo, lejos de este avión que nos lleva a Marco y a mí a Estados Unidos; lejos, también, de Los Sauces.

La gente dice que a Los Sauces nunca se llega, sólo se sale. Mis hermanos y yo nacimos ahí, hijos de Nadia y José Márquez, de quienes, admito, no sé mucho. Nadia era constante en casa, sumisa a mi padre, quien, en cambio, era una presencia casi fantasmagórica del que sólo recuerdo que, cuando me fui con Alejandro de casa, me pidió no avergonzarme por la persona que soy. Quiero pensar que lo he hecho bien desde que estoy en la tienda, una continuación de la que tuvo mi papá, la única en el pueblo. Nunca supe la decisión por la que se quedó, pero lo hizo, y tuvo su tienda y sus hijos y su esposa. No le hacía falta nada más. A mí, ya sin Alejandro, me queda Marco, mi esposa, Susana, y mis hijos, que ya tampoco me necesitan. Y mi tienda, mi casa, mi trabajo, mi soporte. Lo único que en verdad es propio y ahora, ya a mi edad, lo único que me queda por hacer. Pero ya no tengo mucho tiempo. Lo supe antes de enterarme de lo que le pasó a Alejandro, antes, incluso, de que me lo dijera el doctor. A mi regreso a México tengo que dejar la tienda porque, dicen, no puedo seguir así si no quiero que ahora sí me dé un infarto. Y quizá deba hacerlo porque es lo único que a mí me resta por dejar.

Dejé Los Sauces muy chico. No tenía ni doce años cuando Alejandro, poco más grande, encontró la manera de irse a Estados Unidos. Me dijo que podía acompañarlo, que seguro nos iría muy bien, que a qué me quedaba. Era fácil que yo me fuera, pero Marco, de siete años, no podía hacerlo. Le dije que sí, que nos fuéramos, que allá podríamos hacer una vida mejor de la que jamás podríamos hacer aquí, y así ayudar a nuestra familia. Era mucha responsabilidad para nuestra edad pero qué puedo decir, así era entonces. Alejandro y yo teníamos que aprender porque no había quien nos enseñara y salir era nuestra única certeza. “Ahí no se llega, se sale”, dicen. Lo supe porque todo mi sueño era no usar zapatos hechos del caucho de las llantas ponchadas que encontraba en la carretera, parecidos a los que usaba Susana cuando la conocí, muy jóvenes los dos, también en Los Sauces. Desde entonces ella me dijo que lo que más quería en la vida era usar huaraches de verdad. Y lo hizo, pero no puedo decir que no maltrató sus manos que usamos para empujar los coches del primer edificio en el que vivimos, en la colonia Del Valle, después de casarnos. No había de otra, no sabíamos manejar y había que sacar a empujones todos los autos de los inquilinos que nos contrataban como intendentes. Ésa es otra historia. O la misma, mejor dicho, pero adelantada, un pedazo que ahora no contaré.

Sería un mentiroso si digo que no estoy pensando demasiado en mis hermanos. Ambos hicieron cosas que yo nunca pude, que por más que intenté sólo fracasé y me fue peor. Marco, siendo el más chico de todos, se dedicó a estudiar, incluso entró en la Universidad en el D.F. Lo veo ahora sentado a mi lado y sé que el más chico es, ahora, el grande; el que me guía, el estable, el mayor. Alejandro, en cambio, decidió irse muy joven a Estados Unidos porque no conocíamos más. Nunca pensó en otro lugar, era lo que se hacía y por eso decidí seguirlo. Regresé a casarme y formar familia, pero él no. Tuvo hijos allá, a quienes nunca conocí, pero nada más. Nuestra relación se fracturó por una confusión extraña de la que él me reclamó todo el tiempo. Yo tenía quince, él dieciocho. Los suficientes para crear rencores tontos que duran toda la vida.

Pienso y lo recuerdo en el momento en que cruzamos la frontera. Ahí, callado, porque fue una de las pocas noches que volvimos a pasar juntos. No nos hablamos porque nunca lo hacemos, pero lo primero que pensé cuando Marco fue a mi tienda para avisarme sobre la muerte de Alejandro fue que debí haber hecho más esa noche en la que, ahora, creo que debí decirle que no tenía intenciones de hacerlo enojar y que no iba a pensar mal de él por si quería quedarse. Él no sabría de qué hablo, esos eventos aún estaban por venir, pero es culpa del remordimiento. Aunque quizá esto sea una mentira: en verdad pensé mal de él cuando me dijo que no quería regresar nunca, que nuestra vida de entonces no tenía ningún significado y, peor, que yo era un tonto por no hacer algo de mi vida, por no querer contar mi historia y por querer estar enterrado como nuestros padres. Y no. Le hubiera respondido: no quería quedarme en Los Sauces, sólo no pretendía hacer como si no existiera. Fue su idea, después de todo, que viajáramos a Estados Unidos; fue él quien me dijo que debíamos dejar Los Sauces, cumplir nuestro destino de salir siempre y que sólo así encontraríamos una mejor manera de hacernos un nombre. Y lo seguí. Y ahora pienso que estoy volviendo por él, que eso es lo único que me queda en realidad. Volver a ver a un fantasma que no veo desde que ambos abandonamos a todos.

No quiero soltar mi casa, la tienda que me mantuvo tantos años y en donde llegué a ser Don Rodrigo. Sin más aspiraciones que estar ahí para servir y escuchar a los demás, sin la necesidad de servir a mis hijos y de recordar a mis padres, sin los problemas que representa el matrimonio y la fidelidad y la familia. Quizá ahora también me toque seguir a Alejandro. Pero no es lo que quiero. Es normal que piense tanto en él. Duele que ya no esté conmigo, que no haya regresado, que no pueda regresar después de toda la confianza que le deposité cuando éramos niños, después de todo lo que pasamos dos jóvenes que buscaban hacerse un nombre y fracasaron. No pudimos hacer nada en Estados Unidos. Le di toda mi esperanza y mis ilusiones y mis miedos. Le di también los únicos años que tenía para disfrutar la vida en Los Sauces y ver a mis padres envejecer y no regresar, solo y triste, a descubrir que allá ya ni Marco, que había partido al D.F., me esperaba. No sé por qué sabiendo todo eso volví a pensar hace un rato que seguiría a Alejandro, no es lo que siento ni lo que quiero; sin embargo, ahora que ya nunca va a volver, me parece normal recordar ese momento de quiebre, cuando decidí dejar mi vida, seguirlo, fracasar, regresar a México y fracasar peor. Y por más que le dije que viniera, que no importaba nada, que nuestro hermano Marco era importante, no me hizo caso, se quedó y, aunque le habló a Marco, nunca regresó para nada más. Me dijo cobarde por no olvidar los fantasmas. Hoy él ya es uno, pero tiene razón, no puedo dejarlo. Pienso y quizá perdono a mi memoria por todo lo que recuerdo de Los Sauces: su riachuelo, sus pocas casas, Nadia y José, la tienda de la que me fui para no ser como mi padre pero en la que terminé de todas formas. Por eso acompaño a Marco, quizá, aunque me prometí ya no seguir a nadie más, si de todas formas no iba a tener una historia que me pertenezca. Esas tres paredes de mi tienda me protegían y filtraban la realidad a través de una reja en la que yo podía hacer negocios sin salir lastimado, sólo escuchando a los demás, siendo un fantasma al que nadie pueda enterrar como yo nunca lo he hecho. Así no me pasaría lo que a mi papá, que tan pronto murió Alejandro negó de él. No quería eso para mí: yo quería quedar callado pero ausente, necesario para las personas sin el riesgo a salir lastimado. Porque no quería ser un fantasma que…

—Rodrigo. ¿Me escuchaste? ¿Tú no tienes miedo?

fuera olvidado. Y sí. Yo también tenía miedo. Ya estamos más cerca de salir. Y yo más que ninguno, creo. Eso de dejar la tienda me hace pensar en lo poco que he hecho. Qué poco he visto. También, y quizá más, en todo lo que he perdido: Nadia, José, Susana, mis hermanos y mis hijos. Todos. Tengo miedo, como Marco, pero quizá no por lo mismo. Aquí, es decir, ahora, en el avión, ya en el aire, sé que mi regreso a México es todo lo que me falta. Este viaje, de alguna forma, es mi última excursión. Quizá por eso acepté tan pronto el ofrecimiento de Marco para conocer a la familia de Alejandro. Sé que de regreso vuelvo a dejar mi tienda, mi hogar, de estos últimos treinta años, en donde soy Don Rodrigo.

Volar. Nunca lo había hecho. Creo que ahora, desde arriba, se ve todo diferente. Pienso en mí, el niño que salió de Los Sauces para cruzar a Estados Unidos y no logro comprender por qué un viaje que parecía tan largo, tan cansado, tan peligroso, parece ahora tan nimio, tan cercano, tan suave. Bajo mi vista. No sé dónde estoy. Quizá seguimos en territorio de la Ciudad de México, probablemente mis nietos me están viendo desde Neza, quizá estoy sobre mi tienda, o sobre el edificio en Patricio Sanz en donde trabajé con Susana tan pronto llegamos aquí a la Ciudad. Pero allá abajo no son ellos a los que quiero imaginarme. Deseo ver Los Sauces, donde sólo hay un camino, dicen, que se usa para salir.

 

***

 

 Joaquín Guillén Márquez (Nezahualcóyotl, 1990). Fue editor de la revista Tierra Adentro.

 

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