Tlalnepantla

Por Edgar Yepez

 

Es de madrugada aún cuando vibra y suena el teléfono sobre uno de los dos burós. Él se despierta creyendo que es la alarma. El cuarto, oscuro y caliente, parece seguir en un sueño vívido y confuso. Le dice, con una voz reposada durante la noche, que hay que prender el boiler. Pero ella sólo devuelve un ruido mudo y él no sabe si eso es una respuesta o más bien sigue dormida. Se estira para tomar su teléfono, entrecierra los ojos para focalizar el tenue brillo de la pantalla, pero el teléfono está en negro. Se gira para tomar el suyo que, se da cuenta, no ha vuelto a sonar. En la pantalla de notificaciones un whatsapp de su padre que pregunta si está despierto, dice que lo llame. Sabe que no ha cruzado enteramente la frontera entre sueño y vigilia pero aun así se levanta de golpe, se saca las cobijas de encima y empieza a marcar. Ella, desde el fondo del sueño, pregunta qué pasa.

*

Es la urgencia, se dice a sí mismo, la que determina el quebrantamiento de una posición política. Usar Uber. Fuera de casa, sobre la avenida, mientras espera un Sentra gris, repasa la argumentación con que hace unos minutos ella lo sacó de su pedante compromiso. “Es más rápido así: en lo que caminas a Buenavista, tomas el Suburbano y los camiones, si hay…” “¿Cuánto te va a costar un taxi hasta Tlalnepantla?” “Bueno, llévate el coche y yo me voy al trabajo en taxi o uber”. “Sí, hasta Interlomas, ¿qué tiene?” En eso está cuando ve doblar al Sentra gris. Se sube y dice, repitiendo las palabras y el tono con que las dijo su padre: “Urgencias de la Clínica 72, en Tlalnepantla, lo más rápido que puedas”. Mira al chofer meter la dirección en Waze; “esa puta prótesis”, se dice en silencio. Dan vuelta sobre Aquiles Serdán y recién ahí se percata que la incertidumbre aún no ha mutado en angustia o miedo. Cree, naturalmente, que a medida que se vaya acercando el proceso, catalizado por la inevitabilidad, se desatará. En Puente de Vigas cae otro whatsapp. “¿Dónde vas?, márcame”. Su padre le pide que pase antes a la casa por la última tomografía que le sacaron a su madre. “Sí, ésa, la que sacaron en el Hospital Regional de Tecámac”. En Gustavo Baz, ya casi para entrar en la Unidad Habitacional recuerda el día que hicieron la tomografía. Tuvieron que ir dos veces porque el día de la cita no les avisaron que el aparato no funcionaba, era necesario reemplazar una pieza y calibrarlo nuevamente. Además, todavía no estaba autorizada la orden de compra. Volvieron meses después y de regreso él equivocó el rumbo, tomó la carretera hacia Hidalgo, no hacia el Estado de México. Los cuatro, sus padres, su hermana y él, jugaron con la idea de seguirse hasta Pachuca.

*

Quiso devolver a sus padres las llaves de su casa el día que se mudó al D.F. Se negaron, insistiendo que ésa seguiría siendo su casa siempre y podía disponer de ella cuando y cuanto quisiera. Cuando los visitaba no tocaba el timbre, abría con sus propias llaves; pero nunca, hasta ese día, las había usado sin que ellos estuvieran. Entró en la casa a oscuras y con el aire encerrado, el cielo ya era ese prólogo azul antes del amanecer. Era, pensó, como entrar en un mausoleo. Antes de buscar la tomografía subió al baño y antes de eso, entró al cuarto que había sido su habitación. En seis meses sus padres la habían usado, alternativamente, como bodega, cuarto de costura, cuarto de televisión y un semi gimnasio. Pasó entre cajas, telas y un aparato de ejercicio cubierto en polvo. Abrió su closet e inventarió, rápidamente las cajas con todos los libros que nunca se llevó al departamentito que ella y él se habían conseguido un semestre atrás. Hacía más de año y medio que no escribía o leía nada; ésa, entre otras, fue la razón para no llevarse ninguno de esos libritos que con tanta ilusión y entusiasmo fue juntando durante años. Corrió la cortina y vio, como cada mañana durante veintitantos años, el muro de Mathias Goertiz. Recordó el dato incomprobable de que la escultura frente al muro, “las estatuas” como desde siempre le han dicho en la Unidad, era también obra suya. Se lo había contado la novia de un amigo, una noche imprecisa en que, ebrios, regresaban de una fiesta, pasaron frente al muro y la novia, una arquitecta con una tesis tan demencial como estéril sobre la obra del alemán, dejó una ofrenda —unos cacahuates sobre una cajetilla vacía de cigarros— junto al muro. Y el recuerdo lo llevó más atrás. Cuando jugaban futbol sobre la explanada, entre “las estatuas”; cuando jugaban frontón en el muro; cuando se rompió el cúbito en la patineta. Y luego otros: caguamas y fumar bajo el muro, llevar a la noviecita detrás del muro.

*

Camina a Gustavo Baz y le hace la parada a un Cuautitlán-Metro Rosario. Pero cuando el camión baja la velocidad cae en cuenta de que va en la otra dirección. Dice que no con el dedo y el camión se sigue. Se cruza, no por el puente peatonal que debe quedar, calcula, a doscientos metros. Se sube a uno que va hacia Tequesquinahuac y lo deja frente a la Clínica 72. Abordo, saca las placas, ve cortes transversales, longitudinales, simetrías, asimetrías, manchas, puntos, coordenadas, sospechas, intuiciones, profecías y fatalidad. No saca nada de lo que ve, no sabe qué mira, qué busca; sí sabe, en cambio, que no tiene entrenamiento o códigos para esa leer el fondo del cerebro de su madre. Pero se consuela diciendo, en voz baja, que el mapa nunca es el territorio. Consecuentemente, piensa que acaso esa también sea la razón por la que ya no escribe y, peor, tampoco lee, y por lo cual sus libritos están cuidadosamente embalados en cajas al fondo de un closet de un cuarto inutilizado en Tlalnepantla. Mientras él va a la Biblioteca Vasconcelos dos, tres veces por semana y saca los tres libros permitidos, que tampoco lee y sólo hojea y devuelve para sacar otros tres que tampoco lee y así durante los últimos seis meses. Semáforos más adelante se suben dos tipos, amedrentan con el lenguaje corporal, el tono y velocidad de sus palabras. Lleva cada uno una caja de cartón con producto —Bubulubus—, las asas son varias vueltas de cinta canela. Dejan dos por cinco sobre las piernas de todos los pasajeros que, cuando los vieron subir, unos se hicieron los dormidos, otros fingían leer; los que usaban el teléfono lo guardaron en sus calcetines, el pantalón, la bolsa o el brasier. Es, lo saben todos los involucrados, una suerte de asalto psicológico-conceptual. Vienen pidiendo por la derecha, ganándose una moneda honradamente, contraponen que podrían arrebatarles sus pertenencias y faltarles al respeto pero que, desde que salieron del reclusorio ya no quieren andar de cábulas. Unos se llevan los Bubulubus, los que no, dan monedas. Él simula seguir concentrado en la tomografía y una consternación que no ha sentido desde el whatsapp en la madrugada. No es la primera vez que le pasa ni será la última, más o menos se la sabe y por eso se levanta de pronto, un par de cuadras antes de su parada, se acerca al que va atrás y le dice: “Ahí en la otra te aliviano, carnal”. “Sale, carnalito”, le responde exhalando thinner.

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¿Dónde vas?”, pregunta su padre. “Acá, ya en la Clínica”, tipea al doblar en Gustavo Baz. Ve que su padre se levanta apenas entra a Urgencias. Se saludan, le pide la tomografía y se dirige a un mostrador lleno de gente que alega, pregunta y espera notificaciones. Otro recuerdo, más o menos, involuntario: la fila larga e ineficiente para pasar migración en el aeropuerto de Washington, donde hizo escala cuando fue a Europa, gracias al dinero federal que recibió por un volumen de ensayitos tan misceláneos como ingenuos y afectados. Neoformalismo, puro. Su padre ni lo voltea ver cuando le indican que puede pasar y llevar las placas al doctor que atiende a su esposa. Él busca un asiento: no hay. Va y se recarga en una pared, entre el puesto de fotocopias/cafetería y la entrada por donde las ambulancias bajan gente en camilla.

*

Pasan varios minutos, su padre ni sale ni avisa nada y él, desde siempre tan proclive, se abandona entonces a la pasividad de la contemplación. Entra en esa suspensión de todo que es la previa a la actualización terrible, tranquilizante o incierta que comunicará su padre cuando, por fin, salga. Se abisma en las familias de cinco, seis, siete miembros que se turnan asientos, consultan con médicos y necean con burócratas, con sus cocteles de fruta junto a la máquina de escribir, que responden hartas y déspotas. Doblan cobijas, sacan rollos de papel de baño y garrafones de agua. Se ven cansados, en una incertidumbre que debe llevar ya varias horas o días. Despiertan todos, salen de su abstracción y sus temores cuando entra corriendo un tipo con un niño inconsciente en brazos. Parece que lleva un trapo sumergido en sangre. Todos abren paso y alguien, que no es personal de Urgencias, abre la puerta y dice “por acá, por acá, pásate”. La señora que iba detrás se queda afuera. Llora y grita, algunos se acercan, le dan un asiento y la consuelan. Todos en la sala de urgencias se voltean a ver, se descubren en plena metabolización de la irreversible tragedia que los acaba de cruzar. Él, que no se inmuta, los mira mirarse un poco avergonzados.

*

Detalles y el conjunto de la circunstancia le imponen imágenes, no recuerdos, de Europa. El primero, reiterativo, su cuenta de banco vacía, luego de gastarlo todo en pasar tres meses en el mito de la experiencia Europa. Como si en los primeros quince años del siglo XXI, con sus implicaciones tecnológicas, todavía fuera posible sostener diferencia alguna entre turista y viajero. Cruzar una frontera, está desgranando la epifanía que acaba de tener, desde la ilegalidad sin saber el idioma del lugar al que se va, dejando una vida atrás, quizá sea la única forma de viajar fuera de una lógica pequeñoburguesa. Mira hacia la puerta esperando ver a su padre, pero no. Deja flotar la idea que acaba de tener entre el mar de postales europeas en que está desde que volvió. Le parece que debería anotar eso, desarrollarlo. Confía en que sea eso la sutura de esa suerte de lesión psicológica que fue regresar. No porque acá sea peor, sino porque estar allá fue habitar en esa invulnerable suspensión que tanto pretende porque sólo ahí es medianamente funcional. Ahí en el constante aplazamiento de responsabilidades y deseos. En el vacío del anonimato y la contemplación. Teoriza que la ansiedad, el bruxismo, andar con los puños apretados, es la imposibilidad de capitalizar la experiencia en algún tipo de producto cultural que traiga ganancias, aunque fuera simbólicas. Naturalmente piensa que debiera ser un libro pero sabe que no le da, que él no da, para eso. Posiblemente salga un relato corto, un poema largo. Saca su teléfono para anotar la idea; últimamente teme eso, olvidar ideas que juzga válidas. Cae un whatssapp de su padre. Va para largo. Está complicado. Los doctores no dicen o no saben mucho. “Ok”, escribe pero no lo manda. “Está bien, pa”, pero tampoco lo manda. Busca un emoji que exprese, no lo que siente, sino lo que su padre espera que sienta. No cree que su padre juzgue lícito responder con una carita. Al final no contesta nada. Abre Twitter y lima la idea una y otra vez hasta que la ajusta a los ciento cuarenta caracteres: “El único viaje no #PequeñoBurgués posible: cruzar fronteras desde la ilegalidad, sin el idioma del lugar al que se va, dejando todo atrás”. Sabe que no habrá libro, relato o poema, su epifanía nunca pasará de ahí.

*

Sale su padre varias horas después; visiblemente exhausto, abatido, pálido. Él se acerca y pregunta “¿cómo está, cómo va todo, qué dijeron?” La cara de su padre es el inexistente emoji en el catálogo de su teléfono. Lo deja en un asiento y va a conseguirle un café y un sándwich. Su padre apoya los codos en los muslos, baja la cabeza y entrelaza los dedos sobre la nuca. “Anda, no has comido nada”. Pero no le contesta. Se escucha una sirena y la sala de urgencias se ilumina con la luz roja de una torreta. Mira la cabeza calva de su padre y piensa, ojalá sea cierto y la calvicie se salte una generación. Otra vez le ofrece el café y el sándwich. El tipo junto al padre se levanta y le cede el asiento. Pasa su brazo por la espalda y el otro sobre la rodilla. No puede recordar la última vez que fue tan cariñoso con su padre. O su padre con él. No llora, ni habla, ni se mueve. “Papá, ¿qué te dijeron?” Le da el parte médico; algunas cosas las entiende clarísimo, otras no tanto, o no quiere entenderlas. Escucha sin decir nada, contempla a la gente en la sala de urgencias y se pregunta quién estará peor. Ahora todos abrigados, con cobijas, chamarras, bebés envueltos, gente dormida de brazos cruzados con la cabeza clava en el pecho. Periódicos gastados de tanta lectura ausente. Y otra vez el asalto de imágenes europeas. El africano de ojos hundidos al que le compró un tripié inservible en el puente Sant’Angelo en Roma. La vieja centroeuropea tirada sobre el puente del Rialto, pidiendo limosna, flagrantemente ignorada por tantos turistas aquel día de carnaval en Venecia. El hindú en Viena, frágil como las cosas rotas, que se preparaba para meditar afuera de un Esprit sobre la Mariahilfer Strasse desierta. Miserabilismo europeo, piensa. Y se le aparece, inmediatamente, una pinta saliendo del metro Marcadet de Poissonniers, en el 18, la Petite Afrique de París: “África es el futuro”. Tlalnepantla es el futuro.

*

La culpa le conduce a proponer que él se queda esa noche. No tiene cama, no la subirán pronto a piso y un familiar se tiene que quedar en Urgencias por si hay novedades, buenas o malas. Se despiden y le pregunta si vino en coche. “No, llegamos en ambulancia”. “Vete en taxi, ya es muy tarde”, le dice. “No, acá en Gustavo Baz tomo el que me deja en la casa”. Se abrazan y, otra vez, no puede recordar cuándo fue la última vez que lo hicieron. Igual al volver de Europa, pero no está seguro. Va y se sienta, ahora no son tan codiciados los asientos, imagina a su padre caminar hasta la esquina, cruzar el oscuro, sucio y solo puente peatonal, parar un Metro Tacuba, bajarse frente a la Coca-Cola y entrar en ese laberíntico desierto de andadores que es la Unidad Habitacional donde viven. Lo mira entrar, solo, en la fría penumbra de su casa. Se siente aliviado, capaz, desvalido, libre, egoísta, melancólico y aún más culpable. Piensa, por primera vez, en su madre. Después, intuye que el libro estaría ahí, en la tercermundización de Europa. Se quiere imaginar escribiéndolo pero sólo alcanza a verse inmerso en un mar de niebla o nadando en un mar de sargazos. Se distrae un segundo y comienza a alejarse de ese horizonte de una plenitud falsa. No está cansado, no tiene sed ni hambre, no tiene sueño. Saca el teléfono, abre Twitter y empieza con el interminable, inútil y sordo scroll de todos los días.

 

***

 

Edgar Yepez (Satélite, 1982). Es licenciado en Diseño industrial, escribió Paraísos vulnerables (FETA, 2013).

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