En el cerro del Dios del Viento

 

Por Irad León

 

Después de tomar algunas cervezas y tragos con los compañeros de clase, intento llegar al metro Isabel la Católica y regresar a casa. Hoy no quiero pedir taxi. Seguramente el convoy en el que viajo es el último. Un par de estaciones más y a transbordar en Balderas. Mientras me cambio de línea con dirección a Universidad, voy repartiendo el poco dinero que me queda en diversos bolsillos de mi ropa. Saco mi IFE de la cartera y para no hacerla llamativa la dejo sólo con lo indispensable. Con el celular no hay opción: siempre hay que darlo.

Durante el regreso voy imaginando el momento en que saldré del metro Eugenia y caminaré a mi nuevo hogar. Me da ansiedad pensar en los últimos casos de agresiones que sucedieron cerca de ahí: robo de coches, a casas y transeúntes. Pienso en si habrá ladrones esperando a los rezagados que salen del metro; imagino si podría pasarme algo.

En automático comienzo el antiguo ritual de cuando estaba por llegar al metro Múzquiz: volteo a un lado, al otro, tomo las llaves con mi mano derecha y las acomodo por si acaso, hasta el momento nada sospechoso. Salgo del vagón, subo las escaleras e intento percibir quién va tras de mí. Abandono la estación con pasos rápidos, una mirada discreta a mi derredor, pero nada parece extraño. Continúo y al doblar la primera esquina veo cómo una pareja va caminando sin preocupaciones en shorts, camisetas y crocs: pasean a sus perritos french poodle. Comienzo a sonreír y a sentirme ridículo. Me recuerdo que quizás podría bajar un poco la guardia, pues ya no estoy en Ecatepec.

Llegué de 10 años a la calle 69 de la colonia Villa de Guadalupe Xalostoc. No nos costó trabajo adaptarnos, los niños de esa calle nos adoptaron enseguida. Hicimos trampa, desde luego: mi mamá de inmediato encontró a los más gandayas, un par de gemelos cuatro años mayores que yo (apodados “los Korioto”) y nos encargó con ellos. A partir de ahí todo fue más fácil: el juego, la escuela, las maldades y todo eso que importa cuando se está creciendo. Aunque los nuevos niños no eran tan malandros como los de la Gabriel Hernández o la San Felipe, colonias que hasta entonces habían forjado mi niñez y que también tenían lo suyo.

A pesar de que había muchos terrenos baldíos y construcciones a medio terminar alrededor de la nueva casa en obra negra a la que llegamos, vivir ahí se sintió muy bien. Además, fuimos testigos presenciales de cómo en un lapso de cuatro años ésta aumentó su proporción de uno a tres pisos. Podría decirse que mi hermano y yo crecimos a la par de esa casa que tanto quisieron mis padres.

En Villa podías andar en bicicleta, jugar futbol hasta altas horas de la noche, e incluso caminar por toda la colonia sin temor a ser asaltado, secuestrado o asesinado, como tantas personas lo han sufrido en los últimos años. Eso sí, no podías ir a Las Vegas (la colonia de al lado) porque, dentro de esas calles con nombres gringos (Disneylandia, Harlington, Nueva York, Washington, etc.), te podían bajar todo sólo porque sí, fueras niño o adulto: walkmans, discmans, celulares, bicicletas, motos, tenis, morralla, chamarras. Ya ni decir de los robos diarios a microbuses y combis, que se daban cuando por las mañanas se iba a la escuela o al trabajo y a fuerza se tenía que atravesar dicho lugar. A mí me tocaron un par de asaltos y ver otros más a unos cuantos metros de distancia. En ese lugar, desde que tengo memoria, la delincuencia siempre ha hecho de las suyas: “Ahí sí te chingan todo el tiempo, mejor sube tus ventanas”.

En esa primera adolescencia siempre andaba en bicicleta, una horrorosa GTI que mi papá compró en un tianguis cercano por doscientos pesos. Estaba pintada a brochazos mal hechos, como escondiéndola de alguien. “A ver si así no nos roban ésta”, recuerdo que me dijo. Aunque pareciera increíble, en mi antigua residencia antes no robaban coches, pero sí bicicletas y no podías darte el lujo (como hoy con los autos) de traer una último modelo.

Al lado del Kiko, el Dedo, Mario y a veces el Rajas, recorríamos en dos ruedas gran parte de Villa y de Valle para visitar por las tardes a los amigos a los que no dejaban salir entre semana. También íbamos a espiar algunas veces a las niñas que nos gustaban para ver cómo se veían con otra ropa que no fuera el uniforme, éramos una especie joven de peeping tom’s. Pocas veces nos animamos a tocar a sus puertas, no fueran a salir sus papás.

En nuestros recorridos usuales paseábamos por calles apenas pavimentadas, otras más estaban llenas de terrenos baldíos interminables de los que sobresalía maleza, basura, cascajo o bien, casas a medio construir.

A mí me fascinaba tomar una calle larguísima que corría al lado del canal de aguas negras que rodeaba gran parte de la colonia. Me gustaba porque parecía un escenario del fin del mundo: carros destartalados, camiones viejos, llantas, plantas y pasto mal formado, basura, tierra, vidrios rotos sobre el suelo, chatarra, perros que a la menor provocación te perseguían o mordían, árboles moribundos, casas aparentemente abandonadas. Podías imaginar que ya nada existía con tan sólo pasar un instante por ahí, que el mundo se había acabado y ahora estaba uno por su cuenta tratando de sobrevivir. De hecho, había una leyenda de que en ciertas noches una carreta pasaba a todo galope por esa calle robando almas y desapareciendo gente. Siempre quise verla, o al menos oírla. Años después, medio arreglaron esa calle, que se convirtió en avenida y perdió su encanto, al menos para mí.

Más allá de las tiendas o centros comerciales (que en realidad sólo eran dos), transitar sus calles y colonias me abrió un panorama enorme de la magnitud del lugar en el que estaba viviendo. Quizás todo era igual, pero en algunos lados las penurias se notaban más, el desarrollo social del que tanto hablan los políticos era realmente escaso: casas de cartón o con techos de lámina, poco transporte público y mucha pobreza, calles sin luminarias o, peor aún, sin agua. Aun como niño o preadolescente podía ver esas carencias en la gente que me rodeaba.

Conocí las colonias cercanas a casa: Valle de Guadalupe, San Agustín, Santa Clara, Las Vegas, Chamizal, gran parte de Xalostoc, la del Mazo, Granjas, los Arcos, la Rústica. Luego las más alejadas como la Emiliano Zapata, Sagitario, Fuentes, Ciudad Azteca, Polígonos 2, 3 y 5, Las Américas, Jardines de Morelos, entre otras, siempre intentando buscar algo mejor de lo que me encontraba; y si bien era cierto que debíamos tener cuidado en algunas, en otras no. Además, siempre se sabía de habladas qué vecinos vendían droga, robaban autopartes o en menor medida secuestraban o hacían cosas peores. Sin embargo, nadie nunca los delató como realmente se debía y tal vez por eso “hoy todo está de la chingada”.

Aunque podría decir que en esas salidas con mis amigos de secundaria nunca me pasó nada, tengo que confesar que había que tomar ciertas medidas y como en todos lados no ser tan llamativo o arrogante. Alguna vez me intentaron quitar mi bicicleta fea, sí, la GTI camuflajeada, pero me salvé al acelerar como nunca. Eso sí, una chamarra Starter, que en ese entonces estaban muy de moda, me la quitó un cabrón como de 20 años a punta de cuchillo. En ese momento me di cuenta de que al sentir temor o ansiedad, las náuseas aparecían sin remedio.

Leo y estoy atento a lo que pasa en ese municipio y sus alrededores por mi familia, que aún vive ahí, porque sigo visitándolo, de una u otra forma. Me da pena escuchar que ahora le digan “la nueva Ciudad Juárez” al lugar en donde pase grandes momentos. Siento una impotencia tremenda cuando me dicen que sucedió esto o aquello: que le quitaron la camioneta a mi tía, que mataron al hijo de la vecina Cony, que Toñito ya se dedica a robar combis o que el Trini ahora vende droga.

Justo por estos días del mes de julio se cumplen dos años de que dejé de vivir ahí, después de veinte. Al principio creí que dejaría la violencia y la inseguridad atrás, pero al llegar al DF, la ciudad comenzó también a derrumbarse y a ponerse peor en cuanto a lo mismo que el estado vecino: drogas, extorsiones, robos, violaciones, asesinatos, feminicidios, infinidad de barbaries que ocurren como si no hubiera un mañana. “Esto es el puto fin del mundo”, escuché decir a alguien en el metro. En el México de hoy todo se desmorona.

A veces me pongo nervioso cuando regreso a Ecatepec. Ya no lo hago por metro o camión y mucho menos lo hago de noche o pasadas las seis de la tarde. La ruleta rusa de los robos siempre es una constante, tengas o no algo para dar. Miro las casas que se han vuelto viejas, las calles y avenidas que se deshacen por terribles gobiernos priistas y perredistas. Veo cómo detrás de mí van camionetas de federales con ametralladoras apuntando a todos lados y aun así me siento más inseguro. Paso por baches que tienen la misma edad que mi primo de 15 años y veo que todo es un retroceso en lugar de un progreso. Recuerdo que Ecatepec alguna vez se vio bien, al menos entre todo eso que estaba a medias: se veía como si estuviera nuevo o acabado de hacer.

Llego y entro a esa casa que me arropó de más joven. Todo lo de fuera se extingue en un instante y comienzo a hacer todo lo que hacía hasta antes de partir. Ojalá que en el cerro del Dios de Viento todo se componga en algún momento.

 

***

 

Irad León (Ciudad de México, 1985). Escribe de música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Ha sido becado por el FONCA y el FOCAEM como joven creador de cuentos. Ecatepec de Morelos aún lo sigue adoptando de vez en cuando.

 

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Un comentario en “En el cerro del Dios del Viento

  1. Si el relato es cercano. Ecatepec forma parte de mi vida. El escrito es entrañable y poderoso para mí. Gracias Felipe Irad. Tus escritos son recuerdos vivos. Tu padre que te ama. Felipe Alonso.

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