A casa de mis padres

Por Mónica Perea

 

Hoy no me pongo falda ni vestido. Entre menos llame la atención, mejor. Elijo los pantalones que me quedan nadando y los tenis cómodos pero viejos que tengo para estas ocasiones y que me aseguran un eficaz escape en caso de emergencia. Una repasada del cepillo en el cabello y nada de maquillaje, preferible pasar desapercibida. En la cabeza, una gorra verde de las que regalaron casa por casa —sin ser solicitadas— para apoyar al candidato del sexenio anterior. La mochila, también verde, que llegó con ese paquete ya me la robaron. Por eso, para guardar las cosas uso la mochila más rota, vieja y fea que tenga. Hubiera estado mejor dar mi credencial para votar para que me llegara también una televisión hasta la puerta de mi casa. Al parecer, ésas sí debían pedirse. Éste es el resultado de mi apatía política. Ahora a esperar hasta las siguientes elecciones para no desperdiciar mi voto. De cualquier manera, no me gusta apegarme a lo material. Si no hay que llevar mucho, el complemento ideal es una bolsa negra de plástico que esconda bien el contenido.

Cargada de espalda y mano, extiendo mi brazo libre para hacerle la parada al camión amarillo por tercera ocasión. Ya tengo el vestuario, ahora a interpretar el personaje. Camino unos 15 metros delante de la parada para subirme. Si aguardo al que se detenga justo frente a mí, podría pasar todo el día esperando y no está bien andar sola en la noche. Además, el chofer puede perder la carrera o el pasaje a manos del camión que acaba de rebasarlo, más me vale apresurarme para abordar. Los dos unidades anteriores no me tuvieron tanta paciencia.

Mi celular está guardado en lo más recóndito de mi mochila, en mi calcetín o, como señora del mandado, en el brasier junto con mi monedero, nada de carteras. Ni pensar en llevar mi computadora u objetos costosos. Si llevo algo de eso conmigo es porque tengo dinero suficiente para tomar un taxi. Pero de sitio, no vaya a ser.

Me subo al camión y trato de pagar con cambio, que nadie vea que traigo billetes, podría pensarse que cargo mucho dinero. Siempre procuro traer de más por si subió el pasaje y no me enteré. Por fortuna, aún parezco estudiante. Recuerdo entonces que ese disfraz tampoco es garantía de nada: en su primer semestre de universidad, a mi hermano lo asaltaron seis veces, una por mes. Le robaron hasta calzones. Además, aquí no hacen descuentos especiales. Tengo a mi favor que no es día de quincena, pero es viernes y… mejor pensar positivo. El camión aún trae mi asiento favorito.

Repaso con mi vista miope los rostros de los pasajeros a través de mis lentes, hay que verles las caras. “Los asaltantes se sienten intimidados siempre que sus víctimas los miran fijamente a los ojos”, recuerdo haber leído por ahí. Mientras los observo, intento grabarme sus facciones en la memoria. Por supuesto, jamás faltan sospechosos, me alejo de ellos de inmediato no sin antes darles la cara para que no me noten el miedo. ¿Cómo sé que esa mochila verde no es la mía? Aunque también pudo haberle llegado al señor que está dos asientos adelante. Tiene aspecto sospechoso y se le nota perturbado por mi mirada, creo haber logrado el objetivo de amenazarlo con la vista.

Los lugares que están sobre las llantas traseras del camión se ocupan poco. Es incómodo tener ahí los pies, por eso casi nunca tengo acompañantes. La posición que toma mi cuerpo se asemeja a la fetal y me hace sentir un poco más segura, también tener la puerta de atrás apenas a dos pasos reafirma esa sensación que baja la guardia cada vez que el chofer pisa el freno y deja subir a nuevos pasajeros.

Los baches suelen despertar a las personas más que los claxonazos o los vendedores de ocasión. Para lograr ignorar a estos últimos, hay quienes desarrollan la técnica del sueño fingido. Yo viajo con un libro ya leído para reforzar el conocimiento y estar atenta a cualquier señal por si se necesita huir de un momento a otro.

El camión recoge a una familia de cuatro integrantes: padre, madre y dos niños. A uno de los pequeños lo llevan cargando para no pagar su asiento, aunque se ve bastante grandecito. El conductor también lo nota pero está demasiado ocupado con la información que le da un checador desde la banqueta. Al parecer, la competencia nos lleva 3 minutos de ventaja.

Aumenta más la velocidad. El hombre de la mochila verde lo nota y se levanta de su asiento para pedir su bajada delante de un edificio en construcción evidenciando que trabaja en el tercer turno. No deja de soltarme una mirada molesta antes de descender. Definitivamente, ésa no era mi mochila, la suya se veía más nueva. ¿Cuántas habrán regalado?

Me siento un poco aliviada, pero no puedo concentrarme en la lectura, tampoco puedo relajarme lo suficiente para descansar los ojos; todo el camino voy alerta al movimiento dentro de la unidad. Y es que no hay ninguna garantía de seguridad, recuerdo la nota escandalosa de una familia entera de asaltantes donde los niños eran quienes pasaban a recoger el botín. Ahora no puedo dejar de mirar a la familia.

El trayecto que en auto tomaría 45 minutos, lo recorro en hora y media a bordo del amarillo. Sufro ese tiempo como si protagonizara una película de suspenso. Sólo me falta la música de fondo adecuada porque el ambiente festivo de cumbias, banda y salsa que escucha el chofer contrasta con el terror que intento ocultar. Hay varios osados que traen conciertos privados en sus dispositivos personales. Yo fui de esas valientes hasta que se atravesó en mi viaje alguien armado con más valor.

Me imagino así de envalentonada, trayendo una pistola de entre los calzones y sacándola para enfrentar a cualquier ladrón. Me gusta pensar que los otros estarían de mi lado, dejarían de ser el enemigo, me ayudarían y entre todos participaríamos para linchar a los delincuentes, incluso el conductor manejaría directo a la policía para dejar a esos maleantes tras las rejas. Pasajeros contra delincuentes, esa película sólo pasa en mi cabeza.

Un hombre con concierto privado se me queda mirando durante un atorón de tránsito. Creo que estoy sudando frío, no me gusta su mirada y no recuerdo haberlo visto antes. Me acuerdo de que llevo varios kilómetros dentro del estado con el índice más alto de feminicidios en el país. El hombre no deja de mirarme y mi corazón se acelera, trato de mantenerle la vista, de intimidarle, sin embargo, no puedo más que esconder mi mirada tras la gorra verde. Al hacerlo, noto que en la última frenada la gorra me quedó chueca. Quizá era eso lo que el muchacho veía con detenimiento. Apenas levanto los ojos y me doy cuenta de que otros más me están viendo. Cuando miro a mi izquierda veo que acabamos de pasar una patrulla de policía. No alcancé a notar nada más que eso. Me siento aliviada y a la vez inquieta por ver el reflejo de la torreta. Ésa era la causa del atorón. No me atrevo a preguntarle a nadie lo que dejamos atrás, mejor así, ya no estoy lejos de mi bajada.

Entonces se suben un par de chicos que no le pagan al conductor. “Ahora sí”, pienso y ruego para mis adentros que la cosa esté quieta. Ambos dicen que no van a robarnos y tampoco van a contarnos ningún cuento de sus familiares enfermos o del reclusorio, que estemos tranquilos, sólo subieron a que les demos una ayuda, a que los alivianemos. No quieren usar golpes ni amenazas, prefieren ese apoyo naciendo de nuestros corazones. Les tiendo mi mano que se mueve más bien a partir del miedo. Diez pesos por pasajero fue la cuota que impusieron. El camión se detiene y los dos muchachos bajan felices luego de darnos las gracias y bendecir nuestros caminos.

Estoy cerca de mi calle. Un semáforo antes voy preparándome para bajar al mismo tiempo que me recupero de la impresión. Mi madre me dijo que habían mandado enrejar la calle por los robos, la de ella era la última que faltaba por encarcelar, así que debo bajarme hasta la siguiente entrada a la colonia. En mi afán por traer lo indispensable, olvidé las llaves de mi antiguo hogar donde venía la de la puerta directa. Tengo que regresarme bastantes metros y rodear mucho para llegar, el camión apenas se detuvo.

La caminata me sirve para disminuir la tensión, y desaparece por completo cuando veo la cara sonriente de mi madre en la puerta de la casa que cierra con llave detrás de mí. Por fortuna fue una película de suspenso hecha por un estudiante de cine promedio donde no pasó nada. Dentro de mi antigua residencia puedo volver al melodrama donde tendré mis faldas y vestidos limpios en unas horas, y la peor tragedia será que olvide un par de zapatos para lucirlos cuando llegue papá del trabajo.

 

***

 

Monica Perea (Cuautitlán Izcalli, 1986). Dramaturga, productriz amante del drama y del pedal.

Un comentario en “A casa de mis padres

  1. Amiga!!! Me has dejado con la boca abierta, tu talento es maravilloso y quiero que sepas que siempre pense que tu no estabas echa para trabajar detras de un escritorio redactando oficios, elaborando viaticos o validando tramites, tu mi amiga Moni eres una gran dramaturga, que siempre esta en constante movimiento…y el estar detras de un escritorio en su momento sera para escribir lo que desde tu corazon salga y lo quieras expresar y compartirnoslo a los demas…por lo pronto me declaro tu fan y agradezco a la vida haberte conocido. TE QUIERO MUCHO.
    Iz@

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