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Por Joaquín Guillén Márquez

 

—Tengo miedo, Rodrigo.

Me enteré de la muerte de Alejandro, mi hermano mayor, cuando Marco, el menor, fue a buscarme a la tienda que tengo desde hace casi treinta años. Se estacionó y bajó de su coche, miró su reloj y caminó despacio hacia mí. Recargó sus hombros en el refrigerador que también me sirve como barra para despachar y me pidió permiso para entrar. Le dije que sí. Marco llegó como cualquier otro cliente pero sólo quería hablar conmigo, algo que simplemente no pasa. No creo tener una vida digna de ser contada. Sólo me dedico a vender otros productos, pero nunca a mí. Dedico mis últimos años a despertarme a las 5 de la mañana y a caminar hacia ese negocio que ha mantenido, más o menos, a mi familia; un espacio que considero mi verdadero refugio desde hace treinta años, en donde hablo con mis clientes, quienes nunca se muestran interesados por preguntar sobre mi vida, por cómo llegué de Los Sauces al D.F. o cómo decidí abrir una tienda. Y pienso que tienen razón en no hacerlo. Existo allá, en el lugar en el que soy Don Rodrigo, lejos de este avión que nos lleva a Marco y a mí a Estados Unidos; lejos, también, de Los Sauces.

La gente dice que a Los Sauces nunca se llega, sólo se sale. Mis hermanos y yo nacimos ahí, hijos de Nadia y José Márquez, de quienes, admito, no sé mucho. Nadia era constante en casa, sumisa a mi padre, quien, en cambio, era una presencia casi fantasmagórica del que sólo recuerdo que, cuando me fui con Alejandro de casa, me pidió no avergonzarme por la persona que soy. Quiero pensar que lo he hecho bien desde que estoy en la tienda, una continuación de la que tuvo mi papá, la única en el pueblo. Nunca supe la decisión por la que se quedó, pero lo hizo, y tuvo su tienda y sus hijos y su esposa. No le hacía falta nada más. A mí, ya sin Alejandro, me queda Marco, mi esposa, Susana, y mis hijos, que ya tampoco me necesitan. Y mi tienda, mi casa, mi trabajo, mi soporte. Lo único que en verdad es propio y ahora, ya a mi edad, lo único que me queda por hacer. Pero ya no tengo mucho tiempo. Lo supe antes de enterarme de lo que le pasó a Alejandro, antes, incluso, de que me lo dijera el doctor. A mi regreso a México tengo que dejar la tienda porque, dicen, no puedo seguir así si no quiero que ahora sí me dé un infarto. Y quizá deba hacerlo porque es lo único que a mí me resta por dejar.

Dejé Los Sauces muy chico. No tenía ni doce años cuando Alejandro, poco más grande, encontró la manera de irse a Estados Unidos. Me dijo que podía acompañarlo, que seguro nos iría muy bien, que a qué me quedaba. Era fácil que yo me fuera, pero Marco, de siete años, no podía hacerlo. Le dije que sí, que nos fuéramos, que allá podríamos hacer una vida mejor de la que jamás podríamos hacer aquí, y así ayudar a nuestra familia. Era mucha responsabilidad para nuestra edad pero qué puedo decir, así era entonces. Alejandro y yo teníamos que aprender porque no había quien nos enseñara y salir era nuestra única certeza. “Ahí no se llega, se sale”, dicen. Lo supe porque todo mi sueño era no usar zapatos hechos del caucho de las llantas ponchadas que encontraba en la carretera, parecidos a los que usaba Susana cuando la conocí, muy jóvenes los dos, también en Los Sauces. Desde entonces ella me dijo que lo que más quería en la vida era usar huaraches de verdad. Y lo hizo, pero no puedo decir que no maltrató sus manos que usamos para empujar los coches del primer edificio en el que vivimos, en la colonia Del Valle, después de casarnos. No había de otra, no sabíamos manejar y había que sacar a empujones todos los autos de los inquilinos que nos contrataban como intendentes. Ésa es otra historia. O la misma, mejor dicho, pero adelantada, un pedazo que ahora no contaré.

Sería un mentiroso si digo que no estoy pensando demasiado en mis hermanos. Ambos hicieron cosas que yo nunca pude, que por más que intenté sólo fracasé y me fue peor. Marco, siendo el más chico de todos, se dedicó a estudiar, incluso entró en la Universidad en el D.F. Lo veo ahora sentado a mi lado y sé que el más chico es, ahora, el grande; el que me guía, el estable, el mayor. Alejandro, en cambio, decidió irse muy joven a Estados Unidos porque no conocíamos más. Nunca pensó en otro lugar, era lo que se hacía y por eso decidí seguirlo. Regresé a casarme y formar familia, pero él no. Tuvo hijos allá, a quienes nunca conocí, pero nada más. Nuestra relación se fracturó por una confusión extraña de la que él me reclamó todo el tiempo. Yo tenía quince, él dieciocho. Los suficientes para crear rencores tontos que duran toda la vida.

Pienso y lo recuerdo en el momento en que cruzamos la frontera. Ahí, callado, porque fue una de las pocas noches que volvimos a pasar juntos. No nos hablamos porque nunca lo hacemos, pero lo primero que pensé cuando Marco fue a mi tienda para avisarme sobre la muerte de Alejandro fue que debí haber hecho más esa noche en la que, ahora, creo que debí decirle que no tenía intenciones de hacerlo enojar y que no iba a pensar mal de él por si quería quedarse. Él no sabría de qué hablo, esos eventos aún estaban por venir, pero es culpa del remordimiento. Aunque quizá esto sea una mentira: en verdad pensé mal de él cuando me dijo que no quería regresar nunca, que nuestra vida de entonces no tenía ningún significado y, peor, que yo era un tonto por no hacer algo de mi vida, por no querer contar mi historia y por querer estar enterrado como nuestros padres. Y no. Le hubiera respondido: no quería quedarme en Los Sauces, sólo no pretendía hacer como si no existiera. Fue su idea, después de todo, que viajáramos a Estados Unidos; fue él quien me dijo que debíamos dejar Los Sauces, cumplir nuestro destino de salir siempre y que sólo así encontraríamos una mejor manera de hacernos un nombre. Y lo seguí. Y ahora pienso que estoy volviendo por él, que eso es lo único que me queda en realidad. Volver a ver a un fantasma que no veo desde que ambos abandonamos a todos.

No quiero soltar mi casa, la tienda que me mantuvo tantos años y en donde llegué a ser Don Rodrigo. Sin más aspiraciones que estar ahí para servir y escuchar a los demás, sin la necesidad de servir a mis hijos y de recordar a mis padres, sin los problemas que representa el matrimonio y la fidelidad y la familia. Quizá ahora también me toque seguir a Alejandro. Pero no es lo que quiero. Es normal que piense tanto en él. Duele que ya no esté conmigo, que no haya regresado, que no pueda regresar después de toda la confianza que le deposité cuando éramos niños, después de todo lo que pasamos dos jóvenes que buscaban hacerse un nombre y fracasaron. No pudimos hacer nada en Estados Unidos. Le di toda mi esperanza y mis ilusiones y mis miedos. Le di también los únicos años que tenía para disfrutar la vida en Los Sauces y ver a mis padres envejecer y no regresar, solo y triste, a descubrir que allá ya ni Marco, que había partido al D.F., me esperaba. No sé por qué sabiendo todo eso volví a pensar hace un rato que seguiría a Alejandro, no es lo que siento ni lo que quiero; sin embargo, ahora que ya nunca va a volver, me parece normal recordar ese momento de quiebre, cuando decidí dejar mi vida, seguirlo, fracasar, regresar a México y fracasar peor. Y por más que le dije que viniera, que no importaba nada, que nuestro hermano Marco era importante, no me hizo caso, se quedó y, aunque le habló a Marco, nunca regresó para nada más. Me dijo cobarde por no olvidar los fantasmas. Hoy él ya es uno, pero tiene razón, no puedo dejarlo. Pienso y quizá perdono a mi memoria por todo lo que recuerdo de Los Sauces: su riachuelo, sus pocas casas, Nadia y José, la tienda de la que me fui para no ser como mi padre pero en la que terminé de todas formas. Por eso acompaño a Marco, quizá, aunque me prometí ya no seguir a nadie más, si de todas formas no iba a tener una historia que me pertenezca. Esas tres paredes de mi tienda me protegían y filtraban la realidad a través de una reja en la que yo podía hacer negocios sin salir lastimado, sólo escuchando a los demás, siendo un fantasma al que nadie pueda enterrar como yo nunca lo he hecho. Así no me pasaría lo que a mi papá, que tan pronto murió Alejandro negó de él. No quería eso para mí: yo quería quedar callado pero ausente, necesario para las personas sin el riesgo a salir lastimado. Porque no quería ser un fantasma que…

—Rodrigo. ¿Me escuchaste? ¿Tú no tienes miedo?

fuera olvidado. Y sí. Yo también tenía miedo. Ya estamos más cerca de salir. Y yo más que ninguno, creo. Eso de dejar la tienda me hace pensar en lo poco que he hecho. Qué poco he visto. También, y quizá más, en todo lo que he perdido: Nadia, José, Susana, mis hermanos y mis hijos. Todos. Tengo miedo, como Marco, pero quizá no por lo mismo. Aquí, es decir, ahora, en el avión, ya en el aire, sé que mi regreso a México es todo lo que me falta. Este viaje, de alguna forma, es mi última excursión. Quizá por eso acepté tan pronto el ofrecimiento de Marco para conocer a la familia de Alejandro. Sé que de regreso vuelvo a dejar mi tienda, mi hogar, de estos últimos treinta años, en donde soy Don Rodrigo.

Volar. Nunca lo había hecho. Creo que ahora, desde arriba, se ve todo diferente. Pienso en mí, el niño que salió de Los Sauces para cruzar a Estados Unidos y no logro comprender por qué un viaje que parecía tan largo, tan cansado, tan peligroso, parece ahora tan nimio, tan cercano, tan suave. Bajo mi vista. No sé dónde estoy. Quizá seguimos en territorio de la Ciudad de México, probablemente mis nietos me están viendo desde Neza, quizá estoy sobre mi tienda, o sobre el edificio en Patricio Sanz en donde trabajé con Susana tan pronto llegamos aquí a la Ciudad. Pero allá abajo no son ellos a los que quiero imaginarme. Deseo ver Los Sauces, donde sólo hay un camino, dicen, que se usa para salir.

 

***

 

 Joaquín Guillén Márquez (Nezahualcóyotl, 1990). Fue editor de la revista Tierra Adentro.

 

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A casa de mis padres

Por Mónica Perea

 

Hoy no me pongo falda ni vestido. Entre menos llame la atención, mejor. Elijo los pantalones que me quedan nadando y los tenis cómodos pero viejos que tengo para estas ocasiones y que me aseguran un eficaz escape en caso de emergencia. Una repasada del cepillo en el cabello y nada de maquillaje, preferible pasar desapercibida. En la cabeza, una gorra verde de las que regalaron casa por casa —sin ser solicitadas— para apoyar al candidato del sexenio anterior. La mochila, también verde, que llegó con ese paquete ya me la robaron. Por eso, para guardar las cosas uso la mochila más rota, vieja y fea que tenga. Hubiera estado mejor dar mi credencial para votar para que me llegara también una televisión hasta la puerta de mi casa. Al parecer, ésas sí debían pedirse. Éste es el resultado de mi apatía política. Ahora a esperar hasta las siguientes elecciones para no desperdiciar mi voto. De cualquier manera, no me gusta apegarme a lo material. Si no hay que llevar mucho, el complemento ideal es una bolsa negra de plástico que esconda bien el contenido.

Cargada de espalda y mano, extiendo mi brazo libre para hacerle la parada al camión amarillo por tercera ocasión. Ya tengo el vestuario, ahora a interpretar el personaje. Camino unos 15 metros delante de la parada para subirme. Si aguardo al que se detenga justo frente a mí, podría pasar todo el día esperando y no está bien andar sola en la noche. Además, el chofer puede perder la carrera o el pasaje a manos del camión que acaba de rebasarlo, más me vale apresurarme para abordar. Los dos unidades anteriores no me tuvieron tanta paciencia.

Mi celular está guardado en lo más recóndito de mi mochila, en mi calcetín o, como señora del mandado, en el brasier junto con mi monedero, nada de carteras. Ni pensar en llevar mi computadora u objetos costosos. Si llevo algo de eso conmigo es porque tengo dinero suficiente para tomar un taxi. Pero de sitio, no vaya a ser.

Me subo al camión y trato de pagar con cambio, que nadie vea que traigo billetes, podría pensarse que cargo mucho dinero. Siempre procuro traer de más por si subió el pasaje y no me enteré. Por fortuna, aún parezco estudiante. Recuerdo entonces que ese disfraz tampoco es garantía de nada: en su primer semestre de universidad, a mi hermano lo asaltaron seis veces, una por mes. Le robaron hasta calzones. Además, aquí no hacen descuentos especiales. Tengo a mi favor que no es día de quincena, pero es viernes y… mejor pensar positivo. El camión aún trae mi asiento favorito.

Repaso con mi vista miope los rostros de los pasajeros a través de mis lentes, hay que verles las caras. “Los asaltantes se sienten intimidados siempre que sus víctimas los miran fijamente a los ojos”, recuerdo haber leído por ahí. Mientras los observo, intento grabarme sus facciones en la memoria. Por supuesto, jamás faltan sospechosos, me alejo de ellos de inmediato no sin antes darles la cara para que no me noten el miedo. ¿Cómo sé que esa mochila verde no es la mía? Aunque también pudo haberle llegado al señor que está dos asientos adelante. Tiene aspecto sospechoso y se le nota perturbado por mi mirada, creo haber logrado el objetivo de amenazarlo con la vista.

Los lugares que están sobre las llantas traseras del camión se ocupan poco. Es incómodo tener ahí los pies, por eso casi nunca tengo acompañantes. La posición que toma mi cuerpo se asemeja a la fetal y me hace sentir un poco más segura, también tener la puerta de atrás apenas a dos pasos reafirma esa sensación que baja la guardia cada vez que el chofer pisa el freno y deja subir a nuevos pasajeros.

Los baches suelen despertar a las personas más que los claxonazos o los vendedores de ocasión. Para lograr ignorar a estos últimos, hay quienes desarrollan la técnica del sueño fingido. Yo viajo con un libro ya leído para reforzar el conocimiento y estar atenta a cualquier señal por si se necesita huir de un momento a otro.

El camión recoge a una familia de cuatro integrantes: padre, madre y dos niños. A uno de los pequeños lo llevan cargando para no pagar su asiento, aunque se ve bastante grandecito. El conductor también lo nota pero está demasiado ocupado con la información que le da un checador desde la banqueta. Al parecer, la competencia nos lleva 3 minutos de ventaja.

Aumenta más la velocidad. El hombre de la mochila verde lo nota y se levanta de su asiento para pedir su bajada delante de un edificio en construcción evidenciando que trabaja en el tercer turno. No deja de soltarme una mirada molesta antes de descender. Definitivamente, ésa no era mi mochila, la suya se veía más nueva. ¿Cuántas habrán regalado?

Me siento un poco aliviada, pero no puedo concentrarme en la lectura, tampoco puedo relajarme lo suficiente para descansar los ojos; todo el camino voy alerta al movimiento dentro de la unidad. Y es que no hay ninguna garantía de seguridad, recuerdo la nota escandalosa de una familia entera de asaltantes donde los niños eran quienes pasaban a recoger el botín. Ahora no puedo dejar de mirar a la familia.

El trayecto que en auto tomaría 45 minutos, lo recorro en hora y media a bordo del amarillo. Sufro ese tiempo como si protagonizara una película de suspenso. Sólo me falta la música de fondo adecuada porque el ambiente festivo de cumbias, banda y salsa que escucha el chofer contrasta con el terror que intento ocultar. Hay varios osados que traen conciertos privados en sus dispositivos personales. Yo fui de esas valientes hasta que se atravesó en mi viaje alguien armado con más valor.

Me imagino así de envalentonada, trayendo una pistola de entre los calzones y sacándola para enfrentar a cualquier ladrón. Me gusta pensar que los otros estarían de mi lado, dejarían de ser el enemigo, me ayudarían y entre todos participaríamos para linchar a los delincuentes, incluso el conductor manejaría directo a la policía para dejar a esos maleantes tras las rejas. Pasajeros contra delincuentes, esa película sólo pasa en mi cabeza.

Un hombre con concierto privado se me queda mirando durante un atorón de tránsito. Creo que estoy sudando frío, no me gusta su mirada y no recuerdo haberlo visto antes. Me acuerdo de que llevo varios kilómetros dentro del estado con el índice más alto de feminicidios en el país. El hombre no deja de mirarme y mi corazón se acelera, trato de mantenerle la vista, de intimidarle, sin embargo, no puedo más que esconder mi mirada tras la gorra verde. Al hacerlo, noto que en la última frenada la gorra me quedó chueca. Quizá era eso lo que el muchacho veía con detenimiento. Apenas levanto los ojos y me doy cuenta de que otros más me están viendo. Cuando miro a mi izquierda veo que acabamos de pasar una patrulla de policía. No alcancé a notar nada más que eso. Me siento aliviada y a la vez inquieta por ver el reflejo de la torreta. Ésa era la causa del atorón. No me atrevo a preguntarle a nadie lo que dejamos atrás, mejor así, ya no estoy lejos de mi bajada.

Entonces se suben un par de chicos que no le pagan al conductor. “Ahora sí”, pienso y ruego para mis adentros que la cosa esté quieta. Ambos dicen que no van a robarnos y tampoco van a contarnos ningún cuento de sus familiares enfermos o del reclusorio, que estemos tranquilos, sólo subieron a que les demos una ayuda, a que los alivianemos. No quieren usar golpes ni amenazas, prefieren ese apoyo naciendo de nuestros corazones. Les tiendo mi mano que se mueve más bien a partir del miedo. Diez pesos por pasajero fue la cuota que impusieron. El camión se detiene y los dos muchachos bajan felices luego de darnos las gracias y bendecir nuestros caminos.

Estoy cerca de mi calle. Un semáforo antes voy preparándome para bajar al mismo tiempo que me recupero de la impresión. Mi madre me dijo que habían mandado enrejar la calle por los robos, la de ella era la última que faltaba por encarcelar, así que debo bajarme hasta la siguiente entrada a la colonia. En mi afán por traer lo indispensable, olvidé las llaves de mi antiguo hogar donde venía la de la puerta directa. Tengo que regresarme bastantes metros y rodear mucho para llegar, el camión apenas se detuvo.

La caminata me sirve para disminuir la tensión, y desaparece por completo cuando veo la cara sonriente de mi madre en la puerta de la casa que cierra con llave detrás de mí. Por fortuna fue una película de suspenso hecha por un estudiante de cine promedio donde no pasó nada. Dentro de mi antigua residencia puedo volver al melodrama donde tendré mis faldas y vestidos limpios en unas horas, y la peor tragedia será que olvide un par de zapatos para lucirlos cuando llegue papá del trabajo.

 

***

 

Monica Perea (Cuautitlán Izcalli, 1986). Dramaturga, productriz amante del drama y del pedal.

Tlalnepantla

Por Edgar Yepez

 

Es de madrugada aún cuando vibra y suena el teléfono sobre uno de los dos burós. Él se despierta creyendo que es la alarma. El cuarto, oscuro y caliente, parece seguir en un sueño vívido y confuso. Le dice, con una voz reposada durante la noche, que hay que prender el boiler. Pero ella sólo devuelve un ruido mudo y él no sabe si eso es una respuesta o más bien sigue dormida. Se estira para tomar su teléfono, entrecierra los ojos para focalizar el tenue brillo de la pantalla, pero el teléfono está en negro. Se gira para tomar el suyo que, se da cuenta, no ha vuelto a sonar. En la pantalla de notificaciones un whatsapp de su padre que pregunta si está despierto, dice que lo llame. Sabe que no ha cruzado enteramente la frontera entre sueño y vigilia pero aun así se levanta de golpe, se saca las cobijas de encima y empieza a marcar. Ella, desde el fondo del sueño, pregunta qué pasa.

*

Es la urgencia, se dice a sí mismo, la que determina el quebrantamiento de una posición política. Usar Uber. Fuera de casa, sobre la avenida, mientras espera un Sentra gris, repasa la argumentación con que hace unos minutos ella lo sacó de su pedante compromiso. “Es más rápido así: en lo que caminas a Buenavista, tomas el Suburbano y los camiones, si hay…” “¿Cuánto te va a costar un taxi hasta Tlalnepantla?” “Bueno, llévate el coche y yo me voy al trabajo en taxi o uber”. “Sí, hasta Interlomas, ¿qué tiene?” En eso está cuando ve doblar al Sentra gris. Se sube y dice, repitiendo las palabras y el tono con que las dijo su padre: “Urgencias de la Clínica 72, en Tlalnepantla, lo más rápido que puedas”. Mira al chofer meter la dirección en Waze; “esa puta prótesis”, se dice en silencio. Dan vuelta sobre Aquiles Serdán y recién ahí se percata que la incertidumbre aún no ha mutado en angustia o miedo. Cree, naturalmente, que a medida que se vaya acercando el proceso, catalizado por la inevitabilidad, se desatará. En Puente de Vigas cae otro whatsapp. “¿Dónde vas?, márcame”. Su padre le pide que pase antes a la casa por la última tomografía que le sacaron a su madre. “Sí, ésa, la que sacaron en el Hospital Regional de Tecámac”. En Gustavo Baz, ya casi para entrar en la Unidad Habitacional recuerda el día que hicieron la tomografía. Tuvieron que ir dos veces porque el día de la cita no les avisaron que el aparato no funcionaba, era necesario reemplazar una pieza y calibrarlo nuevamente. Además, todavía no estaba autorizada la orden de compra. Volvieron meses después y de regreso él equivocó el rumbo, tomó la carretera hacia Hidalgo, no hacia el Estado de México. Los cuatro, sus padres, su hermana y él, jugaron con la idea de seguirse hasta Pachuca.

*

Quiso devolver a sus padres las llaves de su casa el día que se mudó al D.F. Se negaron, insistiendo que ésa seguiría siendo su casa siempre y podía disponer de ella cuando y cuanto quisiera. Cuando los visitaba no tocaba el timbre, abría con sus propias llaves; pero nunca, hasta ese día, las había usado sin que ellos estuvieran. Entró en la casa a oscuras y con el aire encerrado, el cielo ya era ese prólogo azul antes del amanecer. Era, pensó, como entrar en un mausoleo. Antes de buscar la tomografía subió al baño y antes de eso, entró al cuarto que había sido su habitación. En seis meses sus padres la habían usado, alternativamente, como bodega, cuarto de costura, cuarto de televisión y un semi gimnasio. Pasó entre cajas, telas y un aparato de ejercicio cubierto en polvo. Abrió su closet e inventarió, rápidamente las cajas con todos los libros que nunca se llevó al departamentito que ella y él se habían conseguido un semestre atrás. Hacía más de año y medio que no escribía o leía nada; ésa, entre otras, fue la razón para no llevarse ninguno de esos libritos que con tanta ilusión y entusiasmo fue juntando durante años. Corrió la cortina y vio, como cada mañana durante veintitantos años, el muro de Mathias Goertiz. Recordó el dato incomprobable de que la escultura frente al muro, “las estatuas” como desde siempre le han dicho en la Unidad, era también obra suya. Se lo había contado la novia de un amigo, una noche imprecisa en que, ebrios, regresaban de una fiesta, pasaron frente al muro y la novia, una arquitecta con una tesis tan demencial como estéril sobre la obra del alemán, dejó una ofrenda —unos cacahuates sobre una cajetilla vacía de cigarros— junto al muro. Y el recuerdo lo llevó más atrás. Cuando jugaban futbol sobre la explanada, entre “las estatuas”; cuando jugaban frontón en el muro; cuando se rompió el cúbito en la patineta. Y luego otros: caguamas y fumar bajo el muro, llevar a la noviecita detrás del muro.

*

Camina a Gustavo Baz y le hace la parada a un Cuautitlán-Metro Rosario. Pero cuando el camión baja la velocidad cae en cuenta de que va en la otra dirección. Dice que no con el dedo y el camión se sigue. Se cruza, no por el puente peatonal que debe quedar, calcula, a doscientos metros. Se sube a uno que va hacia Tequesquinahuac y lo deja frente a la Clínica 72. Abordo, saca las placas, ve cortes transversales, longitudinales, simetrías, asimetrías, manchas, puntos, coordenadas, sospechas, intuiciones, profecías y fatalidad. No saca nada de lo que ve, no sabe qué mira, qué busca; sí sabe, en cambio, que no tiene entrenamiento o códigos para esa leer el fondo del cerebro de su madre. Pero se consuela diciendo, en voz baja, que el mapa nunca es el territorio. Consecuentemente, piensa que acaso esa también sea la razón por la que ya no escribe y, peor, tampoco lee, y por lo cual sus libritos están cuidadosamente embalados en cajas al fondo de un closet de un cuarto inutilizado en Tlalnepantla. Mientras él va a la Biblioteca Vasconcelos dos, tres veces por semana y saca los tres libros permitidos, que tampoco lee y sólo hojea y devuelve para sacar otros tres que tampoco lee y así durante los últimos seis meses. Semáforos más adelante se suben dos tipos, amedrentan con el lenguaje corporal, el tono y velocidad de sus palabras. Lleva cada uno una caja de cartón con producto —Bubulubus—, las asas son varias vueltas de cinta canela. Dejan dos por cinco sobre las piernas de todos los pasajeros que, cuando los vieron subir, unos se hicieron los dormidos, otros fingían leer; los que usaban el teléfono lo guardaron en sus calcetines, el pantalón, la bolsa o el brasier. Es, lo saben todos los involucrados, una suerte de asalto psicológico-conceptual. Vienen pidiendo por la derecha, ganándose una moneda honradamente, contraponen que podrían arrebatarles sus pertenencias y faltarles al respeto pero que, desde que salieron del reclusorio ya no quieren andar de cábulas. Unos se llevan los Bubulubus, los que no, dan monedas. Él simula seguir concentrado en la tomografía y una consternación que no ha sentido desde el whatsapp en la madrugada. No es la primera vez que le pasa ni será la última, más o menos se la sabe y por eso se levanta de pronto, un par de cuadras antes de su parada, se acerca al que va atrás y le dice: “Ahí en la otra te aliviano, carnal”. “Sale, carnalito”, le responde exhalando thinner.

*

¿Dónde vas?”, pregunta su padre. “Acá, ya en la Clínica”, tipea al doblar en Gustavo Baz. Ve que su padre se levanta apenas entra a Urgencias. Se saludan, le pide la tomografía y se dirige a un mostrador lleno de gente que alega, pregunta y espera notificaciones. Otro recuerdo, más o menos, involuntario: la fila larga e ineficiente para pasar migración en el aeropuerto de Washington, donde hizo escala cuando fue a Europa, gracias al dinero federal que recibió por un volumen de ensayitos tan misceláneos como ingenuos y afectados. Neoformalismo, puro. Su padre ni lo voltea ver cuando le indican que puede pasar y llevar las placas al doctor que atiende a su esposa. Él busca un asiento: no hay. Va y se recarga en una pared, entre el puesto de fotocopias/cafetería y la entrada por donde las ambulancias bajan gente en camilla.

*

Pasan varios minutos, su padre ni sale ni avisa nada y él, desde siempre tan proclive, se abandona entonces a la pasividad de la contemplación. Entra en esa suspensión de todo que es la previa a la actualización terrible, tranquilizante o incierta que comunicará su padre cuando, por fin, salga. Se abisma en las familias de cinco, seis, siete miembros que se turnan asientos, consultan con médicos y necean con burócratas, con sus cocteles de fruta junto a la máquina de escribir, que responden hartas y déspotas. Doblan cobijas, sacan rollos de papel de baño y garrafones de agua. Se ven cansados, en una incertidumbre que debe llevar ya varias horas o días. Despiertan todos, salen de su abstracción y sus temores cuando entra corriendo un tipo con un niño inconsciente en brazos. Parece que lleva un trapo sumergido en sangre. Todos abren paso y alguien, que no es personal de Urgencias, abre la puerta y dice “por acá, por acá, pásate”. La señora que iba detrás se queda afuera. Llora y grita, algunos se acercan, le dan un asiento y la consuelan. Todos en la sala de urgencias se voltean a ver, se descubren en plena metabolización de la irreversible tragedia que los acaba de cruzar. Él, que no se inmuta, los mira mirarse un poco avergonzados.

*

Detalles y el conjunto de la circunstancia le imponen imágenes, no recuerdos, de Europa. El primero, reiterativo, su cuenta de banco vacía, luego de gastarlo todo en pasar tres meses en el mito de la experiencia Europa. Como si en los primeros quince años del siglo XXI, con sus implicaciones tecnológicas, todavía fuera posible sostener diferencia alguna entre turista y viajero. Cruzar una frontera, está desgranando la epifanía que acaba de tener, desde la ilegalidad sin saber el idioma del lugar al que se va, dejando una vida atrás, quizá sea la única forma de viajar fuera de una lógica pequeñoburguesa. Mira hacia la puerta esperando ver a su padre, pero no. Deja flotar la idea que acaba de tener entre el mar de postales europeas en que está desde que volvió. Le parece que debería anotar eso, desarrollarlo. Confía en que sea eso la sutura de esa suerte de lesión psicológica que fue regresar. No porque acá sea peor, sino porque estar allá fue habitar en esa invulnerable suspensión que tanto pretende porque sólo ahí es medianamente funcional. Ahí en el constante aplazamiento de responsabilidades y deseos. En el vacío del anonimato y la contemplación. Teoriza que la ansiedad, el bruxismo, andar con los puños apretados, es la imposibilidad de capitalizar la experiencia en algún tipo de producto cultural que traiga ganancias, aunque fuera simbólicas. Naturalmente piensa que debiera ser un libro pero sabe que no le da, que él no da, para eso. Posiblemente salga un relato corto, un poema largo. Saca su teléfono para anotar la idea; últimamente teme eso, olvidar ideas que juzga válidas. Cae un whatssapp de su padre. Va para largo. Está complicado. Los doctores no dicen o no saben mucho. “Ok”, escribe pero no lo manda. “Está bien, pa”, pero tampoco lo manda. Busca un emoji que exprese, no lo que siente, sino lo que su padre espera que sienta. No cree que su padre juzgue lícito responder con una carita. Al final no contesta nada. Abre Twitter y lima la idea una y otra vez hasta que la ajusta a los ciento cuarenta caracteres: “El único viaje no #PequeñoBurgués posible: cruzar fronteras desde la ilegalidad, sin el idioma del lugar al que se va, dejando todo atrás”. Sabe que no habrá libro, relato o poema, su epifanía nunca pasará de ahí.

*

Sale su padre varias horas después; visiblemente exhausto, abatido, pálido. Él se acerca y pregunta “¿cómo está, cómo va todo, qué dijeron?” La cara de su padre es el inexistente emoji en el catálogo de su teléfono. Lo deja en un asiento y va a conseguirle un café y un sándwich. Su padre apoya los codos en los muslos, baja la cabeza y entrelaza los dedos sobre la nuca. “Anda, no has comido nada”. Pero no le contesta. Se escucha una sirena y la sala de urgencias se ilumina con la luz roja de una torreta. Mira la cabeza calva de su padre y piensa, ojalá sea cierto y la calvicie se salte una generación. Otra vez le ofrece el café y el sándwich. El tipo junto al padre se levanta y le cede el asiento. Pasa su brazo por la espalda y el otro sobre la rodilla. No puede recordar la última vez que fue tan cariñoso con su padre. O su padre con él. No llora, ni habla, ni se mueve. “Papá, ¿qué te dijeron?” Le da el parte médico; algunas cosas las entiende clarísimo, otras no tanto, o no quiere entenderlas. Escucha sin decir nada, contempla a la gente en la sala de urgencias y se pregunta quién estará peor. Ahora todos abrigados, con cobijas, chamarras, bebés envueltos, gente dormida de brazos cruzados con la cabeza clava en el pecho. Periódicos gastados de tanta lectura ausente. Y otra vez el asalto de imágenes europeas. El africano de ojos hundidos al que le compró un tripié inservible en el puente Sant’Angelo en Roma. La vieja centroeuropea tirada sobre el puente del Rialto, pidiendo limosna, flagrantemente ignorada por tantos turistas aquel día de carnaval en Venecia. El hindú en Viena, frágil como las cosas rotas, que se preparaba para meditar afuera de un Esprit sobre la Mariahilfer Strasse desierta. Miserabilismo europeo, piensa. Y se le aparece, inmediatamente, una pinta saliendo del metro Marcadet de Poissonniers, en el 18, la Petite Afrique de París: “África es el futuro”. Tlalnepantla es el futuro.

*

La culpa le conduce a proponer que él se queda esa noche. No tiene cama, no la subirán pronto a piso y un familiar se tiene que quedar en Urgencias por si hay novedades, buenas o malas. Se despiden y le pregunta si vino en coche. “No, llegamos en ambulancia”. “Vete en taxi, ya es muy tarde”, le dice. “No, acá en Gustavo Baz tomo el que me deja en la casa”. Se abrazan y, otra vez, no puede recordar cuándo fue la última vez que lo hicieron. Igual al volver de Europa, pero no está seguro. Va y se sienta, ahora no son tan codiciados los asientos, imagina a su padre caminar hasta la esquina, cruzar el oscuro, sucio y solo puente peatonal, parar un Metro Tacuba, bajarse frente a la Coca-Cola y entrar en ese laberíntico desierto de andadores que es la Unidad Habitacional donde viven. Lo mira entrar, solo, en la fría penumbra de su casa. Se siente aliviado, capaz, desvalido, libre, egoísta, melancólico y aún más culpable. Piensa, por primera vez, en su madre. Después, intuye que el libro estaría ahí, en la tercermundización de Europa. Se quiere imaginar escribiéndolo pero sólo alcanza a verse inmerso en un mar de niebla o nadando en un mar de sargazos. Se distrae un segundo y comienza a alejarse de ese horizonte de una plenitud falsa. No está cansado, no tiene sed ni hambre, no tiene sueño. Saca el teléfono, abre Twitter y empieza con el interminable, inútil y sordo scroll de todos los días.

 

***

 

Edgar Yepez (Satélite, 1982). Es licenciado en Diseño industrial, escribió Paraísos vulnerables (FETA, 2013).

El Lugar de los cuatro barrios

 

o el Lugar en los cuatro barrios

o el Lugar en las cuatro casas

 

Por Lizbeth Zavala

 

Yo siempre digo que soy naucalpense de corazón, pero los chilangos se ríen de mí. Lo asocian a bajar del cerro a tamborazos y andar en burro, me imagino. O no sé qué pensarán, que soy de rancho, de provincia, como se dice. Comentan que es feo y aburrido —lo cual es cierto, en la actualidad— o simplemente que alguna vez oyeron de él, o fueron a Satélite. Pobrecito Naucalpan, que al igual que a toda el área metropolitana, los defeños se lo agarraron de cachazapes. Ay, Estado de México, te agradezco haberme dado dónde vivir, pero sí estás de la chingada.

Lo cierto es que nunca pensé en Naucalpan y nunca pensé en Edomex, ni en el ridículo himno que le corresponde, hasta que después de 25 años me vine a vivir al defe, ahora “el estado que es ciudad”, como también le oí decir a alguien, que por cierto me cae mal. Bueno, sentía que yo en mi vida anterior sentía que vivía en el defe. Incluso cuando yo era la extranjera, a cierta gente le dije que yo venía de ahí, del defe. La conversación se acotó con un bueno, no exactamente, de la orilla, pero es la misma mancha urbana. Y sí es también una mancha, pero no con la misma mugre.

Y me pasa que amar a Naucalpan es como amar a mi padre. Yo no lo elegí, no le pedí nacer ahí, no estoy de acuerdo con él, nunca lo voy a estar, no me enorgullece, me encabronan sus historias y le atribuyo ciertas conductas mías que me generan conflictos personales y frustraciones, pero al final es mi lugar de origen, me hace sonreír, tantas carcajadas me ha oído, y cada domingo, aunque efímera, siento una paz. Y entonces es que me prometo otra vez que nomás iré cada quince días.

No es que piense que el defe es mejor y soy un ser superior ahora que vivo en la gran ciudad, oh, no. El defe es simplemente mi resguardo de la familia. Tiene una serie de conflictos de los que no hablaré ahora. Sólo que al vivir aquí me di cuenta de que no son la misma mancha urbana como dije cuando era extranjera, no en definitiva, y me di cuenta de lo que realmente es Naucalpan de Juárez, Estado de México, es decir, por primera vez pensé en él.

 

Resulta que, para empezar, es tierra de nadie en el cerebro de muchos. Comencé a sentirme una víctima del tiempo que me tomaba transportarme ahí, una sufrida sobreviviente a los asaltos y violaciones, una aventurera en contra de la corrupta policía, una penitente de los altos costos del transporte público y una aburrida, porque Edomex suena a aburrido.

Y es que mi tierra sí es todo eso y otras cosas más, que ahora explicaré.

Todos los mexicanos nos sentimos aztecas, pero no, en Naucalpan en realidad somos tlatilcas, una civilización incluso más antigua que las civilizaciones teotihuacana, tolteca, chichimeca y azteca. Pero quién piensa en eso. Nadie, evidentemente. En las escuelas no se menciona y los pobladores sobreviven sí a Naucalpan, pero como los seres humanos sobreviven a los seres humanos. Bueno, hay vestigios de aquella historia. Hay, por ejemplo, un Museo de la Cultura Tlatilca, que yace debajo de un puente y del desinterés. Y entre las antiguas vías del tren y las zonas más delictivas del municipio se erige por ahí una pirámide tlatilca. Y quién se pregunta qué es, de dónde salió, por qué vale madres. Esa indiferencia de la historia, esa ignorancia, es la justicia del presente.

Pobrecito Naucalpan. Hay también un cerro que otrora fuera una pirámide, el tan mentado “Cerro de Moctezuma”, pero Moctezuma no era tlatilca, curiosamente. Aunque Hernán Cortés tras la conquista le regaló Naucalpan a la Isabel de Moctezuma. Le dijo ten, te lo regalo, no importa. Supongo que el nombre va por ahí. Y está resguardado por el INAH, aunque ahí no hay ningún arduo equipo de arqueólogos rescatando el legado; ahí más bien hay ardorosos jóvenes consumiendo drogas y consumando sexo, al acecho de la policía extorsionadora.

Tampoco nadie sabe que Naucalpan fue un barrio de Tlacopan. ¿Y qué chingados es Tlacopan? Tacuba. Y en algún momento lo fue del imperio Tepaneca de Azcapotzalco. De seguro enorgullecería a algunos saber que en principio fue defe cuando no era defe. Y los chilangos no han de saber que la cantera, la arena y la grava del Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana los sacaron de alguno o más de alguno de los cuatro barrios de Naucalpan. Tampoco es que lo sepan los naucalpenses.

Oh, y qué decir de las leyendas urbanas. Se dice que la erección de la iglesia de los Remedios, hoy tan importante que es Basílica Menor, tiene algo que ver con la historia de la Conquista. De hecho, la Virgencita de los Remedios, santa patrona de la Conquista, es la santa patrona de esa iglesia. A esta Virgencita se le conoce como “la Generala”. Y cuenta la leyenda que en la Noche Triste Hernán Cortés y compañía escondieron su efigie debajo de un maguey, la cual un indígena encontrara y considerara un milagro gracias al que se erigiera la capilla. Y no sé si soñé o me habría gustado que la historia fuera más emocionante, pero yo me sabía la versión de que Hernán Cortés se había encabronado con “la Generala” por no haberlo socorrido en la batalla y la había arrojado en el camino. Y me encanta la imagen de Cortés aventándola con los ojos bañados en fúricas lágrimas. Así que pa’ mí ésa es la verdadera.

Y dicen, dicen, que entonces Hernán Cortés no chilló en Tacuba, sino en San Juan Totoltepec —que en esa época correspondía al Tlacopan, que hoy es Tacuba—, donde me enamoré por primera vez, y que un bellísimo ahuehuete en los lindes del río de aguas negras de la colonia es el verdadero Árbol de la Noche Triste. Aunque luego leí que en realidad Hernán Cortés no lloró ni en ése ni en ningún otro árbol. Y aunque todos los mexicanos, mexiquenses y naucalpenses se sienten aztecas, veneran a la Virgencita de los Remedios, “la Generala”. Y llegan a ella muchos peregrinos cada 1° de septiembre. Hasta les construyeron “La casa del peregrino” en los lindes de la dramática escultura de San Miguelito Arcángel asesinando a Satanás personificado de dragón.

Nadie sabe que a las 4 am salió de Naucalpan el presidente Benito Juárez con dirección a Querétaro. Y entonces que el nombre completo es Naucalpan de Juárez, y su centro otrora Villa de Juárez. Y la verdad es que yo me enteré de todo esto para escribir todo esto. Y nada de esto importa para los naucalpenses, corazón que no ve, corazón que no siente. Y en Naucalpan sólo se ven micros y tienditas y las Torres de Satélite. Y eso es lo que se siente.

También hubo otros eventos históricos menores, que son tan menores que no retomaré.

Me saltaré hasta la industrialización de Naucalpan. En 1975 se reconoce que Naucalpan es uno de los municipios más industrializados del país. Fin de la historia.

 

¿Cómo es Naucalpan?

Gris.

Café.

Verde militar.

Verde seco.

Blanco.

Gris. La zona industrial es enorme, triste, injusta, como todas las zonas industriales. Me da desconfianza.

La calidad del aire de Naucalpan es una de las peores del área conurbada.

Café. Están todas esas colonias a lo largo del río de aguas negras y las vías del tren, al que escucho nostálgica en mis recuerdos. Sus vagones ahora son viviendas e incluso hasta hay una escuela, una escuela que está entre las mejores de todo el país. También hay una colonia llamada Tercer Mundo, colonizada por paracaidistas que no son paracaidistas comunes y corrientes, de diccionario. Esa colonia alberga varios “bares” ilegales en los que emborraché durante mi periodo en la universidad. Uno muy famoso es El Tercio. Aún puedo visualizar a la frondosa señora sirviendo las caguamas en el patio de su casa.

Varios ríos cruzan Naucalpan, todos de aguas negras. Incluso hasta hay una presa de aguas negras.

Verde militar. Ahí está el enorme Campo Militar 1.

Verde seco. Hay una zona boscosa relativamente grande y carcomida por plagas ocasionadas por eucaliptos, y la plaga más asquerosa conocida como hombre.

Blanco. La vida le ha otorgado dos de las zonas panteoneras más grandes de la metrópoli. Qué belleza, qué mordaz gesto, qué regalo tan lleno de sarcasmo, kilómetros y kilómetros de tumbas. Qué chiste tan más pesado. Algo habrán hecho los tlatilcas. Algo habremos hecho todos los mexicanos.

¿Qué hacer en Naucalpan? ¿A dónde acuden los oriundos de Naucalpan el domingo? A Plaza, a SanBar, al Naucalli. ¿Qué hace la gente de Naucalpan que gusta de actividades culturales? Pues va al defe.

Cuando llegué al defe e hice mi primer súper en la Comer de Chabacano y el segundo en el Wal-Mart de Nativitas, me di cuenta de cómo extraño los supermercados de Naucalpan. Y cuando fui a Centro Coyoacán o a Parque Delta, me di cuenta de cuánto añoro Plaza Satélite. Y es que esa añoranza se explica en que todo lo que tiene que ver con consumo es copioso en Naucalpan, los centros comerciales son exageradamente arregladitos y variados. No hay mucho más que hacer, los únicos teatros que hay son los del Palacio Municipal y la Unidad Cuauhtémoc; ah, está la escuela de Bellas Artes, en eterna decadencia; ah, hay un lugar llamado Film Club Café, donde proyectan cine de arte y organizan talleres y conciertos. Punto. Ah, también hay un colectivo de foto que se llama Caca. Ok. No es que haya mucho más a dónde ir más que a las tiendas. Entonces concluyo que por eso están tan bien surtidas. También hay un enorme mercado de cháchara en la colonia El Molinito.

La UNAM nos regaló la Facultad de Estudios Superiores Acatlán y el Colegio de Ciencias y Humanidades de Naucalpan, aunque todos los gachos de CU nos ven con desprecio. Sucede lo mismo que ser de la Zona Metropolitana pero de Naucalpan no de defe.

Tipo de suelo: concreto de la peor calidad, miles de baches.

Política. La presidencia municipal es priista desde hace varios trienios, aunque muchos años fue panista. De momento todo lo que fue blanco y azul, ahora tiene el color de la bandera mexicana. Todo lo que han tocado lo han arruinado. Todo lo que ya estaba malhecho y feo ahora es peor.

Naucalpan es sinónimo de marginación en varios aspectos. Es marginada del defe, por el gobierno del Edomex y por los mismos naucalpenses. Hay mucha pobreza, un apogeo de chakas y microbuses, chafiretes disfrazados de  San Juditas. El ‘lugar de los cuatro barrios’ o ‘en los cuatro barrios’ o ‘de las cuatro casas’ es cuna de violaciones, raptos de menores, ríos de drogas, asesinatos, feminicidios, robos a casa habitación, crímenes pasionales y venganzas, pandillismo, ignorancia, una completa falta de cumplimiento al orden vial, atropellamientos, accidentes automovilísticos fatales, una de las policías más corruptas, contaminación visual, auditiva y olfativa. No quiero hablar del metro Toreo, nuestra conexión con la gran ciudá. Muchas cosas horribles. Todo eso hay en Naucalpan.

Ni siquiera los movimientos sociales en Naucalpan son normales. Existe, por ejemplo, el Movimiento Antibache Naucalpense Organizado. Que ni bien redactado tiene el nombre y como protesta festeja los cumpleaños de los baches. Y es que algo tan bobo como ello termina siendo inteligente aunque infructuoso, como muchas de las acciones inteligentes en la vida. Ampliación los Remedios, un movimiento virtual, tiene un Facebook que pretende ser un portal de apertura para la denuncia de las injusticias cotidianas de la colonia que me vio crecer. Pero lo administra una abogada, que se anuncia como abogada; y como pasa con todas las acciones políticas en México, el acto se desvirtúa. Y el espíritu panista de Naucalpan nunca se ha perdido: vi que el otro día hubo una protesta por la paz y la seguridad en las emblemáticas Torres de Satélite, con todos vestidos de blanco. Y eso es todo. A nadie le interesa protestar usando de taparrabos la jeta del diputado, disfrazarse, pintarse las patas con pintura roja, la faramalla, digo, la protesta espectacular sólo es propia del defe.

No me gustaría llegar al tema de los satelucos, pero algo diré. Diré que para el chilango el Estado de México es Satélite. Y para los naucalpenses Satélite es Plaza Satélite. Y para los satelucos, Satélite es su corazón. Son satelucos, ¿ves? Fueron al Cristóbal, al Carol y al no sé qué en Lomas Verdes, ¿ves? Y los satelucos que viven en el defe hablan de sí mismos como una tribu, ¿ves? Y Satélite es todo un tema, ¿ves? Fue un símbolo, fue; las Torres son un símbolo, lo son; ahí está el Naucalli, ahí sigue; y también la única “zona de librerías” del estado: un Gandhi y un Sótano. Osh.

No. Naucalpan no es un lugar bonito. Ni es un lugar seguro. Es un lugar inseguro. Sin embargo, así como a mis padres, le agradezco a Naucalpan haberme dejado vivir, porque también me la he pasado bien y, como dicen las señoras, he tenido vida. No sé qué diría Freud de mi amor por mi padre y por Naucalpan. Le agradezco mucho los resquicios de un bosque. Le agradezco la presa de aguas negras, el “bosque” de los Remedios, el Parque de La Hoja, pasé ahí muchas vacaciones con mi hermano mientras mis papás practicaban del sano deporte del jogging. Gracias, de verdad, gracias infinitas por todos esos árboles, todos esos pirules, fresnos, álamos, cedros y la sarta de eucaliptos, les agradezco infinitamente haberme dado un lugar fuera de casa para explorar mi sexualidad. Tantas caricias en el bosque, tantos besos, esas risas, tantas aventuras. Hasta un pinche perro me mordió. Claro que también le agradezco la universidad y eso.

Para terminar, diré lo que sigue.

Cada vez que me subo a mi bici en el defe, en vez de al metro Toreo, todavía en el estado, pienso en mi Naucalpan, mi tierra, pienso en la gente que vive ahí sobreviviendo a la ignorancia y a las injusticias; pienso en el miedo que me dan los microbuses y los chakas en la motoneta —se dice que son los rateros y/o narcomenudeístas—, porque pienso en la gente que amo y vive ahí, y también en la que no amo, o sea, la sociedad en general; pienso en esas terribles historias de niñas violadas y asesinadas; pienso en las mujeres violadas en el bosque; y pienso que Naucalpan realmente es cuna de la desgracia. Pero luego pienso que el defe también está así, sólo que hay más gente; pienso que todo México está así y que mi imaginación no es capaz de vislumbrar la realidad; y luego pienso que en todo el mundo, en toda la historia, la humanidad se ha encargado de cultivar la miseria. No es consuelo de tontos. Es más bien que, como diría un alguien a quien admiro profundamente, el hombre es un error de la evolución.

 

***

 

Lizbeth Zavala (Naucalpan, 1987). Editora. 

 

Oscuro entre nosotros

Por Demian Marín

 

El domingo fui a visitar a mis padres. Ellos siguen viviendo en la unidad donde pasé toda mi infancia: una vieja unidad, actualmente abandonada por las autoridades y decorada por los vándalos locales. Mis recuerdos de niño no coinciden con lo que veo ahora. Tal vez por eso trato de evitar volver allí. Lo mismo ocurre con toda la ciudad: Toluca no es lo que era, conforme avanzo por las calles, mi memoria se ve traicionada por la presencia de edificios desconocidos.

Podría decir que me deprime volver a ese lugar, ver cómo se ha estropeado la zona, pero sería demasiado injusto con mis padres. En verdad disfruto estar con ellos. Tal vez porque no dejan de ser mis padres, o porque mi madre se obstina en frenar el paso del tiempo en las distintas habitaciones que conforman la casa. Sobre todo en la que fuera mi recámara, donde con su magia de madre siempre consigue mantener una sensación como si nunca la hubiera abandonado cuando me casé.

El domingo fue cumpleaños de mi padre. Cuando llegamos, él ya tenía su selección musical sonando en las bocinas. Desde que tengo memoria, mi padre ha sido un melómano. El simple hecho de verlo poner disco tras disco me transporta irremediablemente a aquellos días lluviosos en los que nos tirábamos en los sillones a escuchar sus adquisiciones.

Mi madre, con su caminar rápido y silencioso, colocó los cubiertos en la mesa y dispuso platos y manteles en un santiamén. Luego se percató de que hacía falta algo para la comida.

—No hay tortillas —dijo, y de inmediato sacó una servilleta. La detuve en la puerta.

—Ni hablar, madre —le dije—. Yo voy.

Gran parte de mi vida me encargué de comprar las tortillas para la familia los domingos. Se trataba de un placer inexplicable, ése de atravesar la unidad y caminar bajo el inclemente sol toluqueño hasta el tianguis, soportar el hedor de los depósitos de basura cercanos, mientras doña Flor me despachaba una o dos docenas de tortillas calientes y suaves.

Cuando bajé del edificio, me encontré con un grupo de vagos en las jardineras, que se dedicaban con fruición a ver pasar la mañana y vaciar cervezas. Me sorprendí al reconocer en el corrillo a Maik, mi mejor amigo de infancia, que se reía a carcajadas en ese momento. Se veía abotagado, con una barba de tres días.

—Ese Demian —me dijo al verme—. ¿Qué cuentas? Supe que te volviste escritor.

—¡Qué onda, Maik! Pues ya ves, las cosas de la vida.

Maik miró a sus compinches por un momento, luego se volvió hacia mí y me extendió una lata.

—Échate una cervecita con nosotros.

—No puedo —le contesté—. Tengo que ir por las tortillas.

Me miró con una sonrisa burlona, la misma de cuando éramos niños.

—¡No seas mamón! Pus si nomás es una cervecita. Ya casi ni te vemos por acá.

Maik me ofreció nuevamente la lata.

—Bueno, pero sólo una.

El primer sorbo fue largo. Quería acabar con esto de una vez.

—¿Y cómo están tus papás? —me preguntó, mientras los otros continuaban su conversación sin mirarnos.

—Ahí están. ¿Y tu mamá? ¿Cómo sigue?

—Ya se murió.

—Ah, perdón, no lo sabía. Lo siento mucho.

Maik dio un trago a su cerveza.

—No te preocupes, fue hace como tres años. Ya estaba muy malita.

Me avergoncé de no haberme enterado antes. La madre de Maik nos horneaba panes de plátano cuando me quedaba en su casa. Recuerdo que al niño que yo era le parecía toda una aventura quedarse a dormir en casa de su mejor amigo. La señora siempre tuvo atenciones conmigo, incluso después, cuando comenzó sus tratamientos de quimioterapia y pasaba la mayor parte del día recostada en su cama.

—¿Y a ti cómo te va? —le pregunté.

—¿Pues cómo me ves? —me respondió, con esa sorna que le caracterizaba.

—Yo te sigo viendo bien —mentí. En ese momento me di cuenta de las muchas lagunas de información que tenía con respecto a la vida de Maik y de todos los que formaron parte de mi temprana juventud. También me di cuenta de que aquella relación tan fuerte que tuve con este hombre que tenía frente a mí se había roto hace ya bastante tiempo. Me sentí como un forastero que pretende hacerse pasar por un nativo, y más cuando me percaté de que quien discutía al lado de Maik, se parecía mucho a Carlos. Comprendí que se trataba de su hermano menor, que en ese tiempo era tan sólo un bebé. El muchacho en ese momento era el centro de atención: estaba contando sobre la manera en que fue apresado alguien por asalto a mano armada.

—Lo metieron al tambo allá en Monterrey —decía el hermano de Carlos. No logré recordar su nombre—. Allá lo agarraron. ¡Qué pendejo ese Boti, me cae!

Maik adivinó que yo no estaba entendiendo nada de aquella conversación.

—El Boti es el hermano del Negro —me dijo.

Me acordé del Negro y su rudeza al meter la pierna en las cascaritas de futbol que organizábamos en esas mismas jardineras. Siempre fue un tipo alto y fornido, desde niño. A su hermano Boti lo recordaba vagamente. Sólo me venía a la mente que se trataba de un pequeño con obesidad mórbida. Un problema metabólico, según recuerdo.

—¿Y por qué no le ayuda el Negro, que es policía? —le dije al hermano de Carlos. Recordé que en alguna otra ocasión había visto pasar al Negro con uniforme de la PGR.

—¡No mames! —dijo Maik—. Tú sí andas con noticias atrasadas. Al Negro lo tienen aquí en Almoloya. Le dieron 50 años, por matar a un vato. Mejor échate otra, para que te pongamos al tanto de todo lo que ha pasado por acá.

Me negué a tomar la nueva cerveza que me ofrecía mi amigo.

—No, Maik. No soy bueno para tomar. Se me sube rápido el alcohol. Además, me están esperando mis padres.

—Ándale, no seas puñal. Además, ¿quién te va a creer que, siendo escritor, no seas bien pedote? Si yo te he visto que hasta sales en los periódicos y toda la cosa.

—Pero no soy esa clase de escritor.

—A ver, carnal —me dijo, al tiempo que me pasaba la mano por encima de los hombros—. ¿Cuánto tiempo tiene que no nos vemos? ¿Quince años? ¿Veinte? Sólo te estoy pidiendo que te eches otra con la banda. ¿Es mucho pedir? —su brazo alrededor de mi cuello y la cercanía de su aliento pesado y pastoso me amedrentaban.

—Nomás una, pinche Maik.

—Sí, güey, será una y ya. Ten, toma.

Seguimos conversando, poniéndonos al día. Maik me contó de Toño y la manera como le habían diagnosticado esquizofrenia; del divorcio del Yorch y su adicción a la heroína; de la calvicie y la hidropesía de Erik; del embargo en la casa del Güicho y la demanda de su exmujer. Maik parecía un augur de las desgracias. Y parecía disfrutar con cada una de las anécdotas, como si se regocijara de la desdicha de quienes, en mi mente, surgían como parte de una vieja fotografía del equipo de futbol que armamos para representar a la unidad en la categoría infantil del torneo municipal.

—¿Verdad, güeyes? —decía Maik de vez en cuando para buscar la aprobación de los demás en la veracidad de sus relatos. Y mientras el alcohol hacía de las suyas en mi organismo, mi agudeza mental parecía desperezarse: en aquel muchacho reconocí al hermano de David; en este otro, al niño de la unidad de enfrente que le tenía miedo a los perros; en el que estaba junto a mí, al chico solitario y asmático que nos veía practicar tiros en el estacionamiento. Todos ellos, mucho menores que los de mi generación. Todos ellos, unos muchachos perdidos, de menos de veinte años, que veían en Maik a un maestro iluminado en las artes de la ociosidad etílica.

—¿Y tú? —pregunté de repente, con mi tercera cerveza en mano—. ¿Cuál es tu historia?

Maik me miró con cierta sorpresa. Luego recompuso su semblante.

—Pues ya lo ves —respondió—. Yo sigo siendo un borrachín.

Maik me contó de aquella vez en la que lo retuvieron en los separos por dos días. Lo agarraron bebiendo en la vía pública. El carro, por supuesto, se lo llevaron al corralón. Maik nunca lo recuperó.

—Al fin ese coche era de mi mamá —dijo, finalmente—. Nadie lo va a extrañar.

A cada palabra que Maik decía, yo me sentía más culpable. Era como si los hubiera abandonado, como si todos ellos, los amigos de la infancia, que habían sido parte importante de mi vida, de repente hubieran sido borrados de un plumazo.

—Pero no hay nada que lamentar —dijo Maik, de repente—. Tú estás aquí, y yo estoy aquí, y el Pelos está aquí —dijo, señalando al hermano de Carlos—. No hay nada más reconfortante que estar conviviendo con los amigos. Tómate otra, pinche Demian, que no hay mañana que valga.

Yo obedecí sin chistar.

—Me acuerdo de cuando dijiste que sólo había que atravesar esa famosa puta barrera de la Marquesa para estar del otro lado —dijo Maik—, para estar en la ciudad capital, mamando de las mieles de la cultura, de los beneficios del progreso. Tú lo lograste, pinche Demian, y estoy bien pinche orgulloso de ti.

—¿Y tú por qué no lo hiciste? —le pregunté—. ¿Por qué decidiste quedarte estancado?

—Cada quien sigue su camino —me respondió—. Cada quien busca lo que más le conviene. No todos tenemos miras tan altas como las tuyas.

—Pero, entonces, ¿cuáles son tus objetivos? —le pregunté, pensando que lo había acorralado.

—No son muchos —respondió—: emborracharme hasta perder el juicio y olvidarme de lo mierda que es esta vida.

—Pero, ¿por qué emborracharse? ¿Por qué querer evadir la realidad a toda costa?

Maik no respondió. Solamente dio un largo trago a su cerveza. Después tiró la lata vacía al suelo, y tomó otra, que destapó de inmediato.

—Mira —dijo sin más preámbulos, señalando un espacio de la jardinera—. Aquí poníamos nuestra portería. El Gucho era nuestro portero estrella, ¿recuerdas? Era imbatible. El Gucho siempre te mandaba la bola para que tú la movieras. Decía que tú resolvías en la cancha, que tú siempre terminabas las jugadas con goles. Todos estábamos de acuerdo: sabíamos que, si te pasábamos el balón, terminaría en gol. Tú tenías la magia. Nosotros sólo obedecíamos a ella.

Yo no recordaba nada de lo que Maik decía. Me pensaba como un jugador mediocre.

—¿Y sigue la liga? —le pregunté. Maik se rio.

—¡Qué va a seguir! Aquí ya hay puro pinche malviviente. Las buenas personas se fueron de la unidad —se quedó en silencio un rato, luego dijo, con la vista perdida—: como tú.

—De verdad lo siento mucho —dije, sinceramente apenado. Maik me buscó con la mirada. Parecía que estuviera a punto de llorar.

—Te extraño, güey —me dijo al tiempo que me abrazaba. Yo correspondí a medias su gesto, sorprendido por tan repentino cambio. No cabía duda de que Maik ya traía varias cervezas encima. Alcé la mirada hacia la ventana de la casa. Mi padre observaba la escena.

—Me tengo que ir, Maik —me quité sus brazos de encima—. Mis padres me esperan.

—Pero si ni siquiera te has acabado la cerveza —reclamó.

—¡Cómo no! Mira: ya está vacía.

Me despedí de los muchachos. En la mano tenía la servilleta para las tortillas. Me sentía mareado y con un sabor acre en la garganta, por lo que decidí volver a la casa, en lugar de ir al tianguis.

—Me saludas a tus papás —me dijo Maik cuando yo iba subiendo las escaleras.

—Igualmente —le respondí sin pensar. Luego me percaté de lo absurda que fue mi respuesta.

Al entrar a la casa, vi a mis padres ya en la mesa. Sólo estaban esperándome para comenzar la comida. Me senté en el lugar acostumbrado. Mis padres no preguntaron nada, no dijeron nada. Ni siquiera mencionaron la falta de tortillas. Comimos en silencio.

—Vi a Maik. Les manda saludos —dije cuando terminé la sopa.

Mi madre murmuró algo mientras servía el guisado. Mi padre hizo mutis. En el estéreo sonaba un blues, me parece que de Louis Armstrong.

El silencio maquillado por la música me hizo recordar nuevamente las ocasiones en las que mi madre aún me daba permiso de dormir en casa de mi amigo. Jugábamos videojuegos y comíamos panes de plátano hasta muy entrada la noche. Lo mejor venía cuando su madre nos pedía ir a la cama y apagaba la luz de la habitación. Todo quedaba oscuro entre nosotros.

 

***

 

Demian Marín (Toluca, 1979). Escritor y burócrata, pero por el crecimiento de su vientre y la constante falta de alcohol en sus venas, es ya más burócrata que escritor.

La nueva hora del Coco

Por Haydeé Salmones

 

Me pregunto si los hombres de esos tiempos

temían tanto a la muerte como nosotros.

Georges Duby, La huella de nuestros miedos

 

¡Cochina! ¡Has comido la carne

y has bebido la sangre de tu abuela!

“La Caperucita Roja”, cuento popular

 

Entrevista a la niña que fui

—¿Te dan miedo los payasos?

—No.

—¿La vecina que es una bruja?

—No.

—¿Y el ropavejero?

—No.

—¿Qué tal los fantasmas?

—Tampoco.

—¿A qué le tienes miedo?

—A los santos de las iglesias. No me gusta que me observen.

 

I. Los payasos

Me dan miedo los payasos. No todos; sólo los que se suben a los camiones de las cuatro de la tarde para aterrorizar a los viajeros. A esa hora, nadie ríe. No importa cuál sea la rutina de los amateurs: hay que esconder carteras y celulares en el forro de los asientos, guardar la quincena en el zapato, meterse los anillos a la boca, ocultar todo lo que quepa en el sostén. No importa cuál sea la rutina que se estrena en el escenario: cada día es más difícil conseguir una sonrisa.

Porque la risa es lo de menos; todos nosotros les regalaremos gustosos la mejor de nuestras monedas si el último chiste no es éste:

—¿Cómo hace el perro?

—Guau guau.

—¿Cómo hace el gato?

—Miau miau.

—¿Cómo hace la rata?

—¡Ora sí, hijos de su puta madre; ya se los llevó la chingada: éste es un asalto! —mientras sacan dos pistolas que, en vez de agua, arrojan sangre.

Ahora, los que ríen son ellos. No importa cuál sea la rutina para esconder el poco tesoro: hay que registrar sus bolsillos, quitarles los zapatos, destripar las mochilas en el pasillo, revisar el forro de los asientos. Hasta hemos preparado una función especial con visita a los cajeros para vaciar sus tarjetas. Por favor, que nadie se resista o lo mataremos de risa. Ah, y la damita de azul, pásese al asiento de atrás; vamos a practicar un truquito de magia.

Sonría: está en el tour México-Pachuca por pueblos; tres horas de diversión garantizada o aun así nos quedamos con su dinero.

 

II. La bruja

Yo no nací en el Estado de México; crecí en el “barrio bajo” de Tacuba, al norte de la Ciudad de México. Durante quince años, vivimos entre la Anáhuac y la Pensil; durante quince años, cruzamos la colonia de noche; durante quince años, no tuvimos miedo de los vecinos: conocíamos a los de los callejones y a los que asaltaban debajo de los puentes en el paradero; apenas les dirigíamos el saludo, pero estábamos protegidos: desde sus puertas, trazaban una ruta segura que nos escoltaba a casa.

Cuando me mudé a Tecámac, hace seis años, la violencia no estaba en las noticias; tampoco existían páginas de denuncia ciudadana en facebook; la alerta Amber y la alerta de género eran clichés de las series policíacas. Nosotros llegamos a una casa recién construida en un fraccionamiento recién inaugurado: pintura nueva, vida nueva. En los primeros meses, los vecinos eran cordiales; se guiaban por el sueño estadounidense de los colonos: jardines verdes, sábados de carne asada y luces de Navidad que se veían desde el espacio. En el primer año, los niños jugaban en las calles y salían a pedir dulces; tuvimos nueve posadas, cena de navidad, rosca de reyes, tamales, sanvalentines y cumpleaños. El único episodio que amenazó nuestra tranquilidad fue un nido de abejas abatido por los bomberos.

Sin embargo, apenas llegó la primavera, comenzaron a circular los rumores: primero fueron las casas vaciadas y los coches que amanecían sobre ladrillos; después, los asaltos en las combis y los autos que ya no amanecían. Antes de las vacaciones de verano, desmantelaron tres casas de seguridad en tan sólo una semana. ¿Cuál es el veredicto? Culpable: estuvo viviendo a una cuadra del secuestro pero nadie escuchó los gritos, nadie vio las camionetas negras con vidrios polarizados ni las armas de alto calibre que usaba el señor mientras regaba sus plantas.

Cuando acabó el año, había una reja en cada ventana, puerta y respirador de toda la colonia; los niños dejaron de jugar en las calles; la gente dejó de saludarse. Al barajar las casas, es imposible saber cuál es la bruja: puede ser el vecino que trabaja en seguridad turnos de veinticuatro horas o la enfermera que ronca en plena madrugada; puede ser el judicial con placas de Guerrero o el guitarrista que ensaya por las tardes; y sí: también puedes ser tú.

 

III. El ropavejero

¿Por qué un hombre querría llevarse a un niño? Los adultos siempre responden que hay parejas que no pueden tener hijos; los más sinceros dicen que te obligarán a trabajar en los semáforos. No usan la palabra secuestro para su falsa lección de ética: basta con portarse bien para estar a salvo.

Un día, mi hermana regresó del tianguis con el rostro lívido: un auto rojo se le había emparejado en la calle; la siguieron hasta que se refugió en una tienda. Corre, métete a un negocio, grita “¡fuego!”, resiste. Hace poco, también intentaron llevarse a su cuñada: un auto blanco la persiguió varias cuadras; su hermano, con la bicicleta, alcanzó a avisarle a los del gimnasio, quienes salieron con barras de metal para linchar a los responsables. Corre, métete a un negocio, grita “¡fuego!”, resiste. Un día, también a mí se me cerró un auto negro con vidrios polarizados cuando bajé del camión; estaba lloviendo y no había nadie en las calles; corrí sobre los charcos hasta encontrar una tienda; estuve una hora adentro, hasta que dejó de llover. Corre, métete a un negocio, grita “¡fuego!”, resiste.

Mi hermana, su cuñada y yo tuvimos suerte. Pero no todas lo logran: Mariana salió por copias y no regresó; Miriam fue a un café internet y no regresó; a Michael le faltaba una cuadra para regresar y no lo logró; tampoco las que confiaron en un desconocido y salieron de su casa a punta de redes sociales. Las cifras se alimentan de la incertidumbre y la indiferencia: los comunicados oficiales hablan de cientos de desaparecidas en los últimos cinco años; los artículos de nota roja, las asociaciones civiles y las familias, de miles. Niñas y adolescentes de 12 a 19 años; mujeres de 20 a 28 años: siempre hay vacantes.

El ropavejero acecha de nuevo las calles. Se llama trata de blancas. Se llaman violadores. Se llaman feminicidas. Se llama mercado de órganos. Y a veces, pero sólo a veces, se llama adopción ilegal.

 

IV. Los fantasmas

En julio de este año (2015), se activó la alerta de género en once (de 125) municipios del Estado de México. Ecatepec es la nueva Ciudad Juárez: esta tierra está llena de cruces y de fantasmas.

asesinan a golpes a una †MUJER en tecámac dejan cuerpo en lote baldío asesinan a una †MUJER en un hotel en chalco sigue racha de †FEMINICIDIOS encuentran cuerpo de †MUJER asesinada en la cajuela de un auto en tlalnepantla encuentran cuerpo de una †JOVEN violada y asesinada en ecatepec asesinan a rocazos a una †MUJER sigue ola de †FEMINICIDIOS en edomex encuentran cuerpo de †MUJER maniatada y con bolsa en la cabeza en periférico oriente asesinan a †MUJER en lerma suman seis esta semana en edomex encuentran cuerpo de †MUJER golpeada y desnuda en carretera del edomex asesinan de un disparo en la cabeza a una MUJER en naucalpan asesinan a balazos a una †MUJER en su casa de chimalhuacán campesinos encuentran cuerpo de †MUJER calcinada en edomex arrojan cadáver de una †JOVEN torturada a canal de aguas negras de chimalhuacán hallan restos de †MUJER asesinada y mutilada en carretera méxico toluca asesinan en su casa a una †JOVEN de 19 años en chalco asesinan a otra  †MUJER en edomex hallan su cuerpo en texcoco queman cuerpo de una †MUJER en la autopista chamapa lecheria hallan cadáver de una  †MUJER en la orilla de un río en edomex encuentran cuerpo de una †MUJER asesinada en lote baldío en edomex queman y entierran a una †MUJER desaparecida en edomex †MUJER secuestrada en edomex con un disparo en la cabeza hallan cadáver de una †MUJER en carretera federal méxico cuautla hallan a †MUJER secuestrada y violada en una casa de seguridad en chimalhuacán riegan partes de †MUJER descuartizada en atenco encuentran cuerpo de una †MUJER asesinada y encobijada en chimaulhuacán localizan cuerpo de una †MUJER en bolsas de plástico en chalco queman viva a una †MUJER en ecatepec vecinos encuentran cuerpo encuentran otra †MUJER violada y asesinada suman cinco †FEMINICIDIOS esta semana en edomex siguen †FEMINICIDIOS en edomex encuentran cuerpo de una †JOVEN en chimalhuacán arrojan cadáver de †MUJER con huellas de tortura en carretera méxico cuatla localizan cuerpo sin vida de una †MUJER que había sido secuestrada en edomex pobladores localizan cadáver de una †MUJER en un río del edomex encuentran cuerpo de †MUJER asesinada dentro de una caja de plástico en chalco localizan cuerpo de †MUJER asesinada y violada en camión de basura de ecatepec violan y asesinan a otra †MUJER en edomex encuentran cuerpo en baldío aparece el cuerpo de una †MUJER asesinada junto a canal de aguas negras en edomex encuentran cadáver de una †MUJER en un lote baldío de ecatepec encuentran el cuerpo de una †MUJER violada y asesinada en chalco encuentran cadáver de †MUJER asesinada en bolsa de plástico en texcoco localizan cuerpo de una †MUJER desaparecida flotando en una presa

 

V. Los santos

Diálogo entre Mufasa y Simba: —Simba, todo lo que toca la luz es el DF. —¿Y aquel lugar oscuro? —Eso es el Estado de México; nunca vayas allí… Si usted es fanático de Tolkien, quizá le gustaría más pensar que está entrando a Mordor; si leyó a Dante, Lasciate ogne speranza, voi ch’entrate. El humor es el último refugio para la tragedia: el que ríe, todavía no está muerto. Sonría:

Hace tres años, un comando de fuerzas armadas bloqueó nuestra calle: tres camionetas, quince hombres, armas largas y miras láser buscaban a un judicial retirado, involucrado en drogas. Los niños estaban emocionados frente al desfile militar.

Un día, la combi en la que viajaba se vació en la autopista; antes de llegar a la base, se desvió del camino; tomé mi bolsa, abrí la puerta y estuve a punto de saltar cuando redujo la velocidad; el conductor sólo iba por gasolina.

Otro día, no pude encontrar una combi con lugares; uno de los operadores sintió miedo de dejarme sola en la avenida y me permitió viajar al frente: cuatro personas, los codos en las costillas, bajo las bolsas de supermercado de una mujer furibunda que temía por sus huevos.

El asalto a la combi en la que viajaban mi padre y mi hermana fue rápido: los dos hombres escaparon después de recolectar carteras y celulares; uno de ellos tropezó en la bajada de la autopista y dejó caer las pertenencias que llevaba; no se detuvo a recogerlas. Los pasajeros descendieron de la unidad: algunos recuperaron sus celulares; el dinero se repartió entre todos para cubrir el viaje de vuelta.

El asalto que yo viví no lo viví realmente: estaba tan ocupada en tejer un elefante de crochet que no advertí la presencia de los dos adolescentes en el microbús; cuando uno de ellos se paró delante de mí, creí que estaba pidiéndome el asiento vacío de la ventanilla; la bolsa negra y un No: coopera pa’ la navidad me trajeron de vuelta. La cartera y el celular estaban debajo de todo el estambre; como la paciencia no es un don en estos casos, le di los centavos que guardaba en un monedero de tela, con la esperanza de que el mucho peso disfrazara su poco valor.

La mejor de las anécdotas es el robo de nuestro automóvil —un Tsuru, el modelo más codiciado en la región—: lo dejamos quince minutos en el estacionamiento de un supermercado; cuando salimos, el lugar estaba vacío. No sentimos la pérdida del auto, sino la de la mercancía que desapareció con él: en la cajuela y en los asientos traseros, llevábamos las flores para la boda de mi hermana: treinta macetas de pensamientos azules que combinaban con su vestido. Mi madre sentenció que aquellas flores, elegidas especialmente para un acontecimiento feliz, serían para el funeral de los ladrones. Tres meses después, el auto apareció en un corralón: completamente desvalijado, con huellas de un choque. Lo único que rescatamos fue el rosario de la bisabuela, colgado del retrovisor.

 

¿Que por qué el miedo entonces?

 

Si Teotihuacán es la ciudad donde nacieron los dioses, Ecatepec-Tecámac —sólo las separa el río— es la ciudad donde nació el miedo, mi miedo. El año pasado (2014), apenas unos meses después de que el auto negro me cerrara el paso, se hizo un dragado del Río de los Remedios para recuperar los cuerpos de las víctimas de un feminicida serial; conforme avanzaban los trabajos de limpia, los medios comenzaron a hablar de miles de restos óseos encontrados en la “tumba de agua”; los más optimistas contabilizaban veinte o cuarenta cuerpos. Las autoridades declararon más tarde que sólo 79 restos eran humanos —los demás eran de origen “animal”— y no había de qué preocuparse: de los 79 resultados positivos, 60 pertenecían a una persona. Como si los hombres fueran vegetales; como si no hubiera otros 19 fragmentos por identificar.

Todavía recuerdo esas mañanas en las que tomaba la ruta por la Mexiquense para llegar al metro: apenas aparecía el canal, un silencio pesado convertía a los pasajeros en cadáveres; todos mirábamos el río, cada quien con su miedo a cuestas. Yo me preguntaba cómo algo tan cotidiano se había convertido en un cementerio; también me preguntaba qué habría pasado si no hubiese corrido bajo la lluvia aquella tarde.

Este lugar me obligó a sentir miedo. Las historias en los periódicos, los carteles de desaparecidos, las anécdotas de los que viven aquí. Durante un año, no pude subirme a un camión sin sentir que me faltaba el aire; dejé de viajar después de las 8 pm y antes de las 7 am; escogía los primeros lugares; elegía una combi llena; no caminaba más de seis cuadras, siempre en sentido contrario; siempre con las llaves entre los nudillos; siempre con el cabello suelto y ninguna prenda al cuello. Durante un año, no tuve miedo de los santos en las iglesias sino de la mirada extraña y fija de los desconocidos.

Pero este lugar también me obligó a sentir ira. A salir a correr. A pelear. A gritar. A enfrentar. A discutir. A nombrar. A escribir. La niña que fui no creía en los terrores infantiles; en la nueva hora del Coco, la mujer que soy se obliga a enfrentarlos.

A mi futuro secuestrador, a mi futuro violador, a mi futuro asesino: si un día nos encontramos, voy a correr, voy a pelear, voy a resistir; pero si no puedo correr, si no puedo pelear, si no puedo ganar, déjame morir pronto y arrójame al río.

 

***

 

Haydeé Salmones (CDMX, 1989). Estudió literatura pero se pasó al lado oscuro de la edición y actualmente es rescatista de autoras decimonónicas. También fue becaria de narrativa en la Fundación para las Letras Mexicanas (2013-2014 y 2014-2015), aunque prefiere la natación. Señas particulares: tiene una pug.

Presentación

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Mapa del Estado de México, sin nombres y sin división política. Usted puede elegir de qué color quiere iluminarlo.

Este proyecto nació como una broma. Juan Pablo Anaya y yo conversábamos una noche en el café La Habana acerca de nuestra vida en la casa familiar. Él me contó algunas anécdotas suyas en La Escalera y en San Juan Teotihuacán y yo, por mi parte, le conté algunas de Tlalnepantla. Entre esas anécdotas salieron a relucir algunos nombres de otros escritores originarios del Estado de México, amigos nuestros.

Una de las reflexiones que hicimos durante esa conversación tuvo que ver con el hecho de que varios de ellos en sus biografías afirman ser de la Ciudad de México por distintas causas: porque (lo obvio) nacieron ahí —en varios casos su mamá fue a sólo dar a luz a algún hospital de la Ciudad y después de nacidos fueron llevados enseguida al Estado de México donde pasaron su niñez y adolescencia— o porque emigraron del Edomex y se autobautizaron citadinos.

Fuimos enumerando a nuestros conocidos y especulamos cuál era el caso de cada uno. Luego comenzamos a pensar en lo que les habíamos leído y el descubrimiento fue que casi nadie menciona su oscuro pasado en el Estado de México —intuimos que les daba penita—. Y al ver que se iban sumando nombres, seguimos con la broma e imaginamos una Sociedad de Escritores Mexiquenses, luego una antología mexiquense.

Ya en una caminata por la San Rafael fuimos dándole forma a esa antología: si nuestros amigos negaban su origen o no hablaban de él en ninguna de sus crónicas o cuentos, la idea sería invitarlos a escribir de algo acerca del Estado de México. Juan Pablo insistía en que la etiqueta mexiquense le restaba a la idea y la dotaba de un tono priista. Yo insistía en que usar el término sería una mofa a esa imagen verde blanco y rojo que se dibuja en la imaginación de quienes escuchan el término.

Además del gentilicio, discutimos cómo es que entonces se podría llamar la antología para no involucrar cuestiones políticas. Juan Pablo sugirió llamarla zona conurbada o algo así. Lo cierto es que el proyecto avanzó con el sobrenombre de antología mexiquense, aunque no cumple con los requerimientos específicos de una antología y tampoco se relaciona con el orgullo tricolor.

Tras la conversación de aquella noche y algunas otras más en las que la idea fue creciendo, decidí contarles directamente a algunos amigos del proyecto y escribirle a otros tantos para invitarlos a participar. La invitación no hablaba de otra cosa sino de la anécdota que he contado con anterioridad y se abría a recibir textos de cualquier género: crónica, cuento, relato…

La mayoría aceptó la propuesta, aunque con dudas acerca de lo que debían escribir; pero la cruel realidad es que muchos de ellos sólo dieron el sí, pero no el cuándo. También hubo quien confesó que escribir del Estado de México no le entusiasmaba en lo absoluto y prefería no entrarle.

Con el entusiasmo de unos y la negación de otros el proyecto fue tomando forma. A la par de la espera de los textos, surgieron otras discusiones más en las que hablamos de la relación del Edomex con la CDMX. Fuimos entendiendo así que estábamos hablando de frágiles fronteras y marcados lindes. En las pláticas de café se fueron formulando preguntas como por qué muchos de nosotros hemos decidido emigrar a la Ciudad y por qué una vez que nos hemos instalado en ella no queremos volver al origen o mostramos una negación hacia él.

Al recibir los primeros textos me fui dando cuenta de que esta discusión que había surgido de manera paralela a la hechura de los textos, estaba en los textos mismos y había brotado también en la escritura de diferentes autores: un problema de identidad, el miedo a la violencia, la frustración por la ignorancia, el desencanto por los paisajes y una serie de inquietudes que se repiten en varios de los textos que aquí se muestran.

Me causó una gran sorpresa descubrir algo que, en apariencia, era muy evidente y, por lo tanto, en lo que no había reparado bien. Algunos de ellos se negaban a hablar del Estado de México, pero también, al parecer, se negaban a hablar de la casa familiar. Porque justo eso se repite en varios: la vida en la casa familiar y el abandonarla. Y en ese sentido esta muestra de textos no sólo ilustra directamente  o indirectamente un fragmento del Estado de México y cómo cada uno de los autores que aquí se reúnen ha decidido narrar su percepción del lugar, sino que también se configura como un espacio donde se habla y se reflexiona en torno a la acción de emigrar por mejor calidad de vida.

Muchos de los que aquí escriben viven en la Ciudad de México y no conciben en lo absoluto su vuelta al Estado de México más que en los reglamentarios fines de semana para visitar a su familia y un sitio que les es cada vez más ajeno. Aun así, en las narraciones se percibe una preocupación en común: cómo afecta la violencia a sus familias, a sus amigos y a la gente que sigue viviendo ahí —los del Estado de México no son ciudadanos, son sobrevivientes.

Sería una mentira decir que esta compilación es resultado de una selección rigurosa y etcéteras, porque esta compilación es sencillamente una reunión de voces y de interpretaciones con respecto a un entorno o un contexto, que sigue teniendo sus matices; en cierto sentido es una conversación entre compas que vienen de un mismo lugar. Cabe hacer la aclaración de que algunos de los autores no nacieron en el Estado, pero ahí crecieron o pasaron parte de su vida, por lo que es razón suficiente para tomarlos en cuenta.

Confiamos en que los textos que aquí se reúnen causarán una serie de discusiones más de las que ya han generado desde su concepción y abrirán una invitación a escribir y reflexionar en torno a los temas que van brotando en las narraciones. No estamos hablando solamente de un sector del país sino de la situación del país mismo, a pesar de  que ésta es únicamente una pequeñísima muestra.

Por último diré que después de que este proyecto fue pensado para ser un libro electrónico, elegí a consciencia, y tras de un proceso largo de de búsqueda de publicación y recursos, crear un blog con formato semanal. Mi deseo desde el principio ha sido compartir con otros puntos de vista. Del mismo modo, mi intención es que los textos se difundan, se lean, se discutan, se critiquen y sobre todo que haya retroalimentación por parte de los lectores. Este formato también me ha permitido poder conectar las narraciones con enlaces a noticias y material audiovisual, lo cual puede generar una lectura más completa.

Espero que no haga falta aclarar que esto no tiene ningún fin de lucro; sería el colmo lucrar con el trabajo de amigos a los que no les he pagado un solo peso. Como nota final, el nombre de la falsa antología es un plagio del título del cuento de Demian Marín.

Agradezco muchísimo a aquellos que aceptaron la invitación y que no sólo la aceptaron sino que estuvieron dispuestos a mostrar el código postal, se dieron espacio para contestar mis correos, escribir y enviar sus textos sin que hubiera una remuneración de por medio: Edgar Yepez, Haydeé Salmones, Joaquín Guillén Márquez, Lizbeth Zavala, Demian Marín, Mónica Perea y Francisco de la Rosa. Ah y, por supuesto, al buen Juan Pablo Anaya, por ser cómplice en este esfuerzo. Gracias a todos por su confianza, su dedicación y su tiempo.

Patricia Arredondo