Vivir en medio de la tierra

 

Por Laura Sofía Rivero

 

Zona industrial

Hay ojos vagabundos y aburridos que revisan etiquetas de productos como suplemento para el tedio o como elogio al ocio. En repetidas ocasiones, esas pupilas encontrarán en las minúsculas letritas los datos de fabricación que coinciden en hacer de Tlalnepantla una zona industrial. Un continente de las fábricas que riegan las semillas de sus desperdicios tóxicos para cosechar altas ganancias lucrando con materiales tan contaminantes como innecesarios. Todo el tiempo el firmamento está cubierto de una nata gris que huele a aerosoles pesticidas. Hay sólo dos casos en los que el cielo de Tlalnepantla se ve limpio: justo después de llover o en días festivos. Coincide con los pocos ceses de labores en las empresas o con la indulgente consideración que la naturaleza tiene con nuestros pulmones corroídos. Como un lavavidrios monumental, la lluvia destiñe el polvo y el cochambre de las nubes, devolviéndoles su intrínseco tono blancuzco.

Tlalnepantla me es íntima en sus lindes de fábricas y avenidas. No era raro que a las tres de la mañana alguien tocara el zaguán de los vecinos para avisarles a ellos y a mi familia que debíamos desalojar la zona. Alguna fábrica se habría incendiado otra vez. Pinturas, seguramente. Quizá la Sayer Lack, suponíamos. De niña me envolvía en una manta para hacerme ovillo en la parte trasera del coche de mis padres, arrullándome con el murmullar del motor. Nos dirigíamos a casa de mis tíos solamente por evitar estar cerca de la posible propagación de las llamas. Acompañaba a nuestro trayecto el imperioso sonido de la alarma de bomberos.

Actualmente las tiendas de plásticos o aluminios se multiplican con la rapidez de los búlgaros. Son concurridas por los que desean encontrar a precios más bajos los productos básicos para la construcción. En este municipio es habitual pasar por calles que expiden la excrecencia de nuestra tecnología con chimeneas que no descansan nunca: largas pipas como cigarrillos colosales que se mantienen encendidos y jamás dejan de tirar ceniza.

Habitar la tierra de la industria significa estar detrás del telón, donde los productos no resplandecen por la luz del supermercado que les ha colocado un precio y un código de barras. El artificio de su creación desaparece tras los charcos de veneno fosforescente que salpican las aceras y donde vale la pena evitar que pasen las mascotas. O uno mismo. Vivir en el epítome de la contaminación no me haría sorprenderme de encontrar duplicado alguno de mis dedos algún día o hallar entre el fleco de mi frente un naciente ojo diminuto. Quizá alguna noche, después de haber lavado mis dientes y enjuagado mi rostro, lista ya para meterme en la cama y apagar la luz, descubra no sin cierta sorpresa que yo también ahora soy capaz de brillar en la oscuridad.

Memoria

Mi abuela era de Veracruz y simultáneamente de Puebla. De una, por nacimiento; de la otra, por residencia. De allí se explican las deliciosas y disímiles recetas que ninguno de sus cercanos sucesores aprendió a guisar después de leer Como agua para chocolate ni tampoco al regreso de un viaje exótico a la costa del Golfo. Las memorizamos a partir de la dulce mezcla entre el regaño y la costumbre: el chilpachole, delicioso caldo de jaiba y guajillo, y los chiles en nogada, comida conventual que exige un afán y dedicación al que pocos sobreviven.

De esta doble residencia se explica su lenguaje florido contrastante con la memoria que tenía para recordar con precisión cualquier fragmento de la Biblia. Tlalnepantla se convirtió en su tercer lugar habitable por la ventura de encontrar en esta incipiente ciudad a su esposo. “Ya huele feo, ya huele a pulque, ya casi llegamos a Tlalnepantla”, decía su madre, mi bisabuela, cuando visitaba la casa nueva de la pareja cruzando la ciudad. En ese tiempo, la mancha urbana del Valle de México no estaba ni en la imaginación de Dios y las tierras se llenaban tanto de magueyales como de pulquerías. Lo digo a través, no de mis ojos, sino de las palabras que escuché antes de que el alzhéimer soplara de su cerebro, como polvo, las historias de la cantina que atendió y los recuerdos de la papelería que administró posteriormente.

Mi idea del pasado en Tlalnepantla es muy distinta. Bastante más cercana a la urbanización, sin remembranza alguna de terrenos inmensos de agaves o de haciendas proveedoras de trigo para la Ciudad de México. Mi memoria es lejana de la infancia de mi padre sentado con sus canicas al borde de lo que sería poco después la Avenida Gustavo Baz. Ese mini Periférico ruidoso que no descansa a ninguna hora del día. Él recuerda la tierra arrebatada donde ya no pudo apostar en la rayuela a finales de la primaria por la inminente llegada de la vía rápida. A diferencia, la Gustavo Baz es el territorio de donde soy especie endémica. Natural por su ruido de tráfico nocturno y embotellamientos, por la dificultad de cruzarla sin puentes peatonales, por las veces que chocaron coches contra las paredes de mi casa, por el ruido de los antros que me obligaron a aprenderme todas las canciones de moda. Mi pasado es reciente: recuerda el espectáculo navideño de los automóviles de Coca Cola, la fábrica a unas cuadras del hogar, punto de referencia para camiones y visitas desorientadas.

El único vestigio del pulque que dio identidad a un municipio apenas en desarrollo es quizá el Tinacal que, a últimas fechas, amplió su mercado a ser una cantina familiar. Para mi abuela, negocio competencia del suyo; para mi padre, desdén de borrachos; para mí, el lugar perfecto para pedir calaverita en el Día de muertos de los noventas. Sin el permiso de mis padres ─preocupados por la inseguridad que se vive en toda el área metropolitana─ asistía fervorosa al encuentro del conjunto de dipsómanos que no recordaban ya ni su nombre. La alegría de saberse receptáculo de las gracias de Baco, no los volvía pájaros, ni asnos ni leones sino maternales y generosos donadores de dinero. Clin, clin, clin. La anaranjada calabaza plástica se llenaba de monedas provenientes de los únicos bolsillos dispuestos a desperdigarlas si el cantinero sigue sirviendo.

De alguna forma, la memoria de mi padre, de mi abuela y la mía es la misma: el recorrido por unas calles tan familiares como ajenas porque se transforman en un tristrás. Tlalnepantla se contagia del devenir de su ciudad capital vecina y siempre está marcada por el paso de familias, amigos y automóviles. Nadie deja rastro suyo en el polvo viejo o nuevo ni en los negocios que abren y cierran como párpados de la ciudad. Pareciera que los antiguos tenían razón: el cambio es la única constante.

¡Bajan!

Los precios del transporte del Estado de México son un monstruo que devora la morralla. Con sus fauces de gasolina y sus afilados dientes de chimeco, cada camión traga monedas sin reparo alguno. Desangran los monederos y las carteras con la habilidad de un asaltante. En contraste con las tarifas del trolebús capitalino de dos pesos o el metro que ha subido hasta cinco, el camión mexiquense cobra, como mínimo, ocho pesos por una distancia de risa. Un viaje redondo de Ecatepec a Naucalpan ─como los que suelen hacer los estudiantes de licenciatura─ fácilmente puede generar un gasto diario de treinta pesos.

“Ya se va, ya se va, Coca Cola, Rayovac, Clínica 72, Autopista, Cerrito”. La zona metropolitana es un cinturón fronterizo. Son suyas las calamidades del Estado de México y también las del Distrito. De ninguna saca beneficios, sólo arrastra verificaciones automovilísticas y el Hoy no circula. La identidad de quienes hemos vivido en su territorio se desdibuja por la demarcación y por las avenidas compartidas, por las rutas gemelas y por no ser ni de aquí ni de allá. Son costumbres el usar metro como lo fue también el entonar cada mañana de lunes en la primaria el terrible himno mexiquense. Lo mismo es la facilidad de ir cuando se quiera a Bellas Artes, como el hábito de dejar vacío el espacio destinado para escribir la delegación en los formularios.

La indeterminación tiene sus ventajas. Cuando se habla con defeños, uno tiene que indicar que es de Tlalnepantla para que su mapa imaginario los sitúe muy al norte, donde la marginalidad va avanzando poco a poco hasta consumirlo todo. Cuando se habla con los cuates de la República, la procedencia del Estado resulta ventajosa: se puede decir, por economía conversacional, que se es de la capital para evitar que el otro entienda por Tlalnepantla un pueblo mágico chiapaneco; en contraste, ante personas que son chilangofóbicas uno puede pasar desapercibido al negar cualquier nexo con el D.F.

Lo cierto es que el límite metropolitano se desdibuja rápidamente. Quizá sólo el transporte me recuerda el linde ahora que cruzo fronteras tras las múltiples mudanzas, la búsqueda del espacio personal y la irrefutable responsabilidad adulta. En cada viaje reconozco ese mismo límite que marcan mis costumbres íntimas con la casa familiar de Tlalnepantla. Ese lugar donde se come en la mesa y no en otra parte. Donde el hogar tiene sazón de infancia y la comida se prepara a las horas. La casa en donde la vida no se desborda entre cajas, muebles de triplay, latas caducadas ni en la deliciosa sensación de saber que el caos irreparable es completamente propio.

 

***

 

Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993). Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM, FES Acatlán. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en la generación 2016-2017 en el área de ensayo. Primer lugar en ensayo del Premio Dolores Castro 2016 por el libro Retóricas del presente.

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