La Casa

Por Francisco de la Rosa

 

Y un día de súbito se reconocen en el cuerpo las huellas diáfanas de pasos que cayeron con el tonelaje de lo cotidiano, y se es consciente de que la posibilidad de negociación es cada vez más diminuta, porque hubo un periodo sin remedio en el que uno padeció o se acostumbró a la decoración de La Casa: almidonadas carpetas tejidas por la abuela, servilleteros hurtados de fiestas de quince años y bodas, algunas manzanas y peras de cerámica, o pintadas en un cuadro hecho con tres rectángulos separados dos centímetros uno de otro, y varias fotos familiares que retrataban lo que bien merecía ser juzgado como el pésimo gusto de toda la familia.

La aspiración más ambiciosa era escoger el color de los muros, realizar algún dibujo en alguna de las paredes de la recámara propia o colgar un póster, con el riesgo, claro, de que fuera reprobado por el gusto de los padres. En ocasiones, un poco más afortunadas, también se podía elegir el diseño de los muebles de la recámara, incluida la puerta y el color y material de las cortinas, sábanas y cobijas. La recámara fue durante años el único sitio que habló de uno con cierta porción de autenticidad; enunciaba a medias lo que se presumía o deseaba ser, pues al otro lado de ese límite geométrico llamado “puerta” todo decía otra cosa, o tantas, que considerar todo aquello como una extensión propia resultaba, además de inverosímil, ofensivo.

La posibilidad de negociación es cada vez más diminuta, porque años después uno salió amablemente del hogar. O fue arrojado de éste con la misma fuerza que un escupitajo infecto. Una vez fuera comenzó a trazar una vereda propia, aunque la decoración del nuevo camino era igualmente ajena: el sofá, la mesa de centro o el refrigerador que los familiares amablemente donaron para amueblar el cuarto-departamento. Y, pese a que uno se empeñó en rediseñar los muebles y accesorios que recibió, modificando su color, y hasta su tamaño, para usarlos como el amasijo con el cual ornamentar los muros y el suelo de la nueva e independiente casa, no faltó algún comentario que se clavó frío como una navaja artera porque “la cama es la misma que la que tenías en tu cuarto, ¿verdad? La que te compraron tus padres”. Y entonces uno alegó con rapidez, como si esgrimiera la aguja con la que pretendía suturar la herida, que no. “Bueno, sí, pero corté un poco las patas y la pinté de gris, ¡mira!”, pero de la herida escurrió algo como dignidad, cuando el comentario-navaja arremetió de nuevo con un “ajá, sí, pero es la misma base y es el mismo colchón, ¿no?”.

La casa —y los objetos que la decoran— nos retrata; no importa si es prestada, rentada o propia. Habla de nosotros, no de manera inmediata y obvia, como lo hace la apariencia de un traje bien aliñado, una camisa planchada a detalle o un par de tacones sin un sólo raspón, sino de forma lenta y discreta. La decoración de la casa tiene alcances a mediano y largo plazo. Son objetos, muebles y chunches que permanecerán en su sitio por un tiempo más o menos prolongado. Son muebles y objetos que, tarde o temprano, convivirán con el polvo y las pelusas. Serán apenas movidos de su lugar los días de limpieza y su presencia se volverá tan cotidiana que difícilmente volveremos a mirarlos con entusiasmo como en los primeros días.

La pertinencia o atino de su acomodo podrá evaluarse con el nivel de confort que experimenten las visitas, con la libertad con que tomen vasos y platos, o con el grado de desaliño a la hora de sentarse sin solicitar nuestra venia. No se trata de un orden pulcro ni de muebles nuevos, fotografías y grabados adquiridos en una galería; se puede optar por el caos y asumirse coleccionador de donaciones. Pero es una situación distinta cuando aquello arriba por elección. Después de varios años, al fin hay remedio y ya no es necesario ceder ante obsequios que desean arrebatarnos autonomía a la hora de la aparente pueril tarea de decorar.

La posibilidad de negociación es cada vez más diminuta, porque no importa si se tiene buen o mal gusto. O si la decoración es, o no, prioritaria; incluso un cuarto de azotea que parece a todas luces desangelado ostentará la rúbrica de quien lo habita. Una maceta que se aferra a un clavo podría considerarse como el primer paso hacia la escisión de La Casa. Meses después, quizá, se sume un mueble que parece adherirse a una pared para hacerla cambiar de forma o tamaño, y luego, tal vez, una repisa que ayudada por taquetes y tornillos desafiará con irreverencia la gravedad al sostener sobre sí el peso de una artesanía barata, o el de tres o cuatro libros.

La posibilidad de negociación es cada vez más diminuta ante lo que parece un tema superfluo como la decoración de la casa, porque el tiempo que uno puede disfrutar de ello es, digamos, estrecho. Cuando niño a uno le importa poco si La Casa es naranja o si el Sagrado Corazón de Jesús pende encima de la cabecera. En la adolescencia todo parece desafinar con uno y un poco más tarde, cuando los sinsentidos comienzan a poblarse de entendimiento, uno comienza a darle importancia lo mismo a los detalles que a la idea de salir de ella.

Una vez que se es “independiente” —fuera de La Casa—, ocurre que la familia sigue estando, en alguna proporción, detrás de la alimentación y la decoración. Pasarán algunos meses o años para que uno invierta en su primer mueble, maceta, cuadro o vajilla. Así inicia la vida sin negociación, la vida donde las pertenencias propias le irán ganando terreno a los objetos o muebles que uno aceptó porque no había más remedio.

Años más tarde, donde inició una persona habitarán dos, y la posibilidad de negociación será obligatoria para ambas. Quizá un lustro después al departamento, que ya comienza a parecer La Casa, se sume un tercer integrante y luego un cuarto. Entonces la nueva familia no tendrá posibilidad de negarse a tapizar el refrigerador o alguno de los muros con los dibujos de los críos. Y con el paso del tiempo la familia habrá de aceptar carpetas almidonadas tejidas por la abuela, servilleteros hurtados de fiestas de quince años y bodas, algunas manzanas y peras de cerámica, o pintadas en un cuadro hecho con tres rectángulos separados dos centímetros uno de otro, y varias fotos familiares que retratarán lo que bien merecerá ser juzgado por alguno de los críos como el pésimo gusto de toda su familia.

 

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Francisco de la Rosa (Ciudad Neza, 1980). Hace muebles y redacta una que otra cosa.

 

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