En el cerro del Dios del Viento

 

Por Irad León

 

Después de tomar algunas cervezas y tragos con los compañeros de clase, intento llegar al metro Isabel la Católica y regresar a casa. Hoy no quiero pedir taxi. Seguramente el convoy en el que viajo es el último. Un par de estaciones más y a transbordar en Balderas. Mientras me cambio de línea con dirección a Universidad, voy repartiendo el poco dinero que me queda en diversos bolsillos de mi ropa. Saco mi IFE de la cartera y para no hacerla llamativa la dejo sólo con lo indispensable. Con el celular no hay opción: siempre hay que darlo.

Durante el regreso voy imaginando el momento en que saldré del metro Eugenia y caminaré a mi nuevo hogar. Me da ansiedad pensar en los últimos casos de agresiones que sucedieron cerca de ahí: robo de coches, a casas y transeúntes. Pienso en si habrá ladrones esperando a los rezagados que salen del metro; imagino si podría pasarme algo.

En automático comienzo el antiguo ritual de cuando estaba por llegar al metro Múzquiz: volteo a un lado, al otro, tomo las llaves con mi mano derecha y las acomodo por si acaso, hasta el momento nada sospechoso. Salgo del vagón, subo las escaleras e intento percibir quién va tras de mí. Abandono la estación con pasos rápidos, una mirada discreta a mi derredor, pero nada parece extraño. Continúo y al doblar la primera esquina veo cómo una pareja va caminando sin preocupaciones en shorts, camisetas y crocs: pasean a sus perritos french poodle. Comienzo a sonreír y a sentirme ridículo. Me recuerdo que quizás podría bajar un poco la guardia, pues ya no estoy en Ecatepec.

Llegué de 10 años a la calle 69 de la colonia Villa de Guadalupe Xalostoc. No nos costó trabajo adaptarnos, los niños de esa calle nos adoptaron enseguida. Hicimos trampa, desde luego: mi mamá de inmediato encontró a los más gandayas, un par de gemelos cuatro años mayores que yo (apodados “los Korioto”) y nos encargó con ellos. A partir de ahí todo fue más fácil: el juego, la escuela, las maldades y todo eso que importa cuando se está creciendo. Aunque los nuevos niños no eran tan malandros como los de la Gabriel Hernández o la San Felipe, colonias que hasta entonces habían forjado mi niñez y que también tenían lo suyo.

A pesar de que había muchos terrenos baldíos y construcciones a medio terminar alrededor de la nueva casa en obra negra a la que llegamos, vivir ahí se sintió muy bien. Además, fuimos testigos presenciales de cómo en un lapso de cuatro años ésta aumentó su proporción de uno a tres pisos. Podría decirse que mi hermano y yo crecimos a la par de esa casa que tanto quisieron mis padres.

En Villa podías andar en bicicleta, jugar futbol hasta altas horas de la noche, e incluso caminar por toda la colonia sin temor a ser asaltado, secuestrado o asesinado, como tantas personas lo han sufrido en los últimos años. Eso sí, no podías ir a Las Vegas (la colonia de al lado) porque, dentro de esas calles con nombres gringos (Disneylandia, Harlington, Nueva York, Washington, etc.), te podían bajar todo sólo porque sí, fueras niño o adulto: walkmans, discmans, celulares, bicicletas, motos, tenis, morralla, chamarras. Ya ni decir de los robos diarios a microbuses y combis, que se daban cuando por las mañanas se iba a la escuela o al trabajo y a fuerza se tenía que atravesar dicho lugar. A mí me tocaron un par de asaltos y ver otros más a unos cuantos metros de distancia. En ese lugar, desde que tengo memoria, la delincuencia siempre ha hecho de las suyas: “Ahí sí te chingan todo el tiempo, mejor sube tus ventanas”.

En esa primera adolescencia siempre andaba en bicicleta, una horrorosa GTI que mi papá compró en un tianguis cercano por doscientos pesos. Estaba pintada a brochazos mal hechos, como escondiéndola de alguien. “A ver si así no nos roban ésta”, recuerdo que me dijo. Aunque pareciera increíble, en mi antigua residencia antes no robaban coches, pero sí bicicletas y no podías darte el lujo (como hoy con los autos) de traer una último modelo.

Al lado del Kiko, el Dedo, Mario y a veces el Rajas, recorríamos en dos ruedas gran parte de Villa y de Valle para visitar por las tardes a los amigos a los que no dejaban salir entre semana. También íbamos a espiar algunas veces a las niñas que nos gustaban para ver cómo se veían con otra ropa que no fuera el uniforme, éramos una especie joven de peeping tom’s. Pocas veces nos animamos a tocar a sus puertas, no fueran a salir sus papás.

En nuestros recorridos usuales paseábamos por calles apenas pavimentadas, otras más estaban llenas de terrenos baldíos interminables de los que sobresalía maleza, basura, cascajo o bien, casas a medio construir.

A mí me fascinaba tomar una calle larguísima que corría al lado del canal de aguas negras que rodeaba gran parte de la colonia. Me gustaba porque parecía un escenario del fin del mundo: carros destartalados, camiones viejos, llantas, plantas y pasto mal formado, basura, tierra, vidrios rotos sobre el suelo, chatarra, perros que a la menor provocación te perseguían o mordían, árboles moribundos, casas aparentemente abandonadas. Podías imaginar que ya nada existía con tan sólo pasar un instante por ahí, que el mundo se había acabado y ahora estaba uno por su cuenta tratando de sobrevivir. De hecho, había una leyenda de que en ciertas noches una carreta pasaba a todo galope por esa calle robando almas y desapareciendo gente. Siempre quise verla, o al menos oírla. Años después, medio arreglaron esa calle, que se convirtió en avenida y perdió su encanto, al menos para mí.

Más allá de las tiendas o centros comerciales (que en realidad sólo eran dos), transitar sus calles y colonias me abrió un panorama enorme de la magnitud del lugar en el que estaba viviendo. Quizás todo era igual, pero en algunos lados las penurias se notaban más, el desarrollo social del que tanto hablan los políticos era realmente escaso: casas de cartón o con techos de lámina, poco transporte público y mucha pobreza, calles sin luminarias o, peor aún, sin agua. Aun como niño o preadolescente podía ver esas carencias en la gente que me rodeaba.

Conocí las colonias cercanas a casa: Valle de Guadalupe, San Agustín, Santa Clara, Las Vegas, Chamizal, gran parte de Xalostoc, la del Mazo, Granjas, los Arcos, la Rústica. Luego las más alejadas como la Emiliano Zapata, Sagitario, Fuentes, Ciudad Azteca, Polígonos 2, 3 y 5, Las Américas, Jardines de Morelos, entre otras, siempre intentando buscar algo mejor de lo que me encontraba; y si bien era cierto que debíamos tener cuidado en algunas, en otras no. Además, siempre se sabía de habladas qué vecinos vendían droga, robaban autopartes o en menor medida secuestraban o hacían cosas peores. Sin embargo, nadie nunca los delató como realmente se debía y tal vez por eso “hoy todo está de la chingada”.

Aunque podría decir que en esas salidas con mis amigos de secundaria nunca me pasó nada, tengo que confesar que había que tomar ciertas medidas y como en todos lados no ser tan llamativo o arrogante. Alguna vez me intentaron quitar mi bicicleta fea, sí, la GTI camuflajeada, pero me salvé al acelerar como nunca. Eso sí, una chamarra Starter, que en ese entonces estaban muy de moda, me la quitó un cabrón como de 20 años a punta de cuchillo. En ese momento me di cuenta de que al sentir temor o ansiedad, las náuseas aparecían sin remedio.

Leo y estoy atento a lo que pasa en ese municipio y sus alrededores por mi familia, que aún vive ahí, porque sigo visitándolo, de una u otra forma. Me da pena escuchar que ahora le digan “la nueva Ciudad Juárez” al lugar en donde pase grandes momentos. Siento una impotencia tremenda cuando me dicen que sucedió esto o aquello: que le quitaron la camioneta a mi tía, que mataron al hijo de la vecina Cony, que Toñito ya se dedica a robar combis o que el Trini ahora vende droga.

Justo por estos días del mes de julio se cumplen dos años de que dejé de vivir ahí, después de veinte. Al principio creí que dejaría la violencia y la inseguridad atrás, pero al llegar al DF, la ciudad comenzó también a derrumbarse y a ponerse peor en cuanto a lo mismo que el estado vecino: drogas, extorsiones, robos, violaciones, asesinatos, feminicidios, infinidad de barbaries que ocurren como si no hubiera un mañana. “Esto es el puto fin del mundo”, escuché decir a alguien en el metro. En el México de hoy todo se desmorona.

A veces me pongo nervioso cuando regreso a Ecatepec. Ya no lo hago por metro o camión y mucho menos lo hago de noche o pasadas las seis de la tarde. La ruleta rusa de los robos siempre es una constante, tengas o no algo para dar. Miro las casas que se han vuelto viejas, las calles y avenidas que se deshacen por terribles gobiernos priistas y perredistas. Veo cómo detrás de mí van camionetas de federales con ametralladoras apuntando a todos lados y aun así me siento más inseguro. Paso por baches que tienen la misma edad que mi primo de 15 años y veo que todo es un retroceso en lugar de un progreso. Recuerdo que Ecatepec alguna vez se vio bien, al menos entre todo eso que estaba a medias: se veía como si estuviera nuevo o acabado de hacer.

Llego y entro a esa casa que me arropó de más joven. Todo lo de fuera se extingue en un instante y comienzo a hacer todo lo que hacía hasta antes de partir. Ojalá que en el cerro del Dios de Viento todo se componga en algún momento.

 

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Irad León (Ciudad de México, 1985). Escribe de música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Ha sido becado por el FONCA y el FOCAEM como joven creador de cuentos. Ecatepec de Morelos aún lo sigue adoptando de vez en cuando.

 

Prepotente existencia moral

 

Por Adrián Chávez

 

Cuenta la versión oficial que la hermana de mi abuela paterna era tan bonita que mi bisabuela decidió exiliarla de Sinaloa antes de que alguien se la robara. Ése fue el inicio de la migración, de la que después formó parte la madre de mi padre. Fue en el Distrito Federal que conoció a mi abuelo, protoagricultor emigrado de Hidalgo, cuando ambos trabajaban en una farmacia homeopática del Centro Histórico. Por aquellos años, también, los que serían mis abuelos maternos dejaron Angangueo, un pueblito entre montañas michoacanas y cardenistas, después de que la mina en la que mi abuelo trabajaba explotara y dejara a su hermano junto con decenas de trabajadores enterrados bajo la principal fuente de desarrollo del lugar.

Eran los tardíos años cincuenta cuando en la televisión, todavía blanquinegra, un comercial mostraba a dos alienígenas de caricatura que sobrevuelan un prado “diez veces más grande que la Alameda Central”; en el centro, cinco torres de diversas alturas se yerguen con pretensiones de símbolo, y apenas unas cuantas avenidas, un novedoso paso a desnivel, y el cielo que suponemos azulérrimo. La voz en off de un hombre, con esa emoción que las décadas han vuelto inverosímil, invita a comprar un predio en esta zona bautizada Ciudad Satélite. Sólo $1,250 de enganche, y $750 mensuales. Todo lo que uno pueda desear, dice el hombre, incluida la misa todos los domingos. Eran los tardíos años cincuenta cuando mis abuelos paternos y maternos, piezas del ajedrez concéntrico de la migración nacional, probablemente vieron ese anuncio. Así llegué al Estado de México antes siquiera de llegar al mundo.

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“Satélite”, contesto siempre que me preguntan de dónde soy, lo cual es en estricto sentido una mentira; la casa de mis padres queda kilómetros más al norte, entre el centro comercial Mundo E y Valle Dorado, famosa por su afición a las inundaciones. Estas sutilezas, no obstante, importan muy poco cuando quien pregunta es nativo de la capital. Satélite es el número entero al que se redondean números lejanos, astronómicos. Tratar de explicarle a un chilango que no se vive exactamente en Satélite es como tratar de explicarle a un gringo que no se vive exactamente en Mexico City, sino en una cosa gris que la mantiene cercada, usurpándole la mitad del nombre en un ilusionismo doloso. “Mexicanos por patria y provincia”, dice el himno local, como queriendo ganar la exclusiva. Bien pensado, no es extraño que el interlocutor capitalino haga esa mueca automática de desprecio que lo traslada a uno al cajón de la extranjería sin brillo apenas ha confesado su procedencia; después de todo, debe ser abrumador estar condenado por la geografía a ese estado de sitio permanente. Y, sin embargo, ser mexiquense, o cuando menos ser mexiquense de Satélite, es vivir una alteridad devaluada. Ser del Edomex no es lo mismo que ser de Monterrey, Yucatán o Guerrero; incluso para los habitantes de estos estados no alcanzamos el estatus de vecinos de la Ciudad de México, sino apenas de una rémora demasiado grande. Sospecho que ser de Toluca, de Ecatepec, de San Felipe del Progreso o de Texcoco tampoco alcanza para pagar la otredad completa. Hasta hace poco, antes del proyecto de transfiguración de la capital en el trigésimo segundo estado, la federación estaba compuesta de treinta estados, un distrito federal y un tumor. Parece que la frontera ojival de la Ciudad de México no inaugura una extensión de tierra hacia afuera sino hacia abajo, y un Virgilio con pretensiones más modestas habría hecho entrar a Dante por Tlatlaya en vez del vestíbulo del Averno.

Afortunada, esta imagen del vestíbulo, aunque nos obligue a comparar la capital con un infierno que, Dante es testigo, era más amable con los peatones. El Estado de México tiene también la forma de una puerta, y quien vea el mapa como quien ve el mundo desde arriba se encontrará de pronto frente a un umbral. A falta de inscripción que advierta “abandonad toda esperanza vosotros que entráis”, Huixquilucan, Atizapán, Naucalpan, Tlalnepantla, Neza. Si este infierno fuera a su vez el Hades de los griegos, Caronte cobraría $10.50 el pasaje en de Valle Dorado a Chapultepec.

Además, el lobby que cruzan el poeta toscano y su guía antes de entrar al primer círculo no está vacío. Por el contrario, está poblado por los faltos de compromiso, condenados a rondar las márgenes del Aqueronte con un estandarte vacío. Son los que nunca hicieron un mal pero tampoco un bien, los que tomaron partido ni se adhirieron a causa alguna, los que optaron por la neutralidad durante la rebelión de los ángeles. Qué metáfora más tentadora para el estado que ostenta el primer lugar nacional en feminicidios, secuestros y corrupción pero cuyos buenos ciudadanos reeligen sistemáticamente, desde el siglo pasado, a la peor aristrocracia priista para gobernarlo. Buena gente, estos votantes, quién lo duda. Yo los conozco, yo nací ahí. Buena gente que es lo mismo que decir los tibios, los indiferentes, los que el infierno ningunea.

Por congruencia etimológica, Satélite debería ser el nombre del estado y no el betún de uno de sus municipios, el monstruo naucalpense que la devoró. Debería ser, cuando menos, la capital del estado, y así devolver a Toluca a la irrelevancia que ocupa de facto.

Estado satelital.

Mil novelas negras que nadie escribe porque está ocupado en descubrir qué día no circula su auto.

Sateliteratura.

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La primera vez que mis papás me llevaron al teatro tuvimos que ir al Distrito Federal. Vimos Peter Pan. No tengo ninguna evocación de la obra, pero sí del gorro verde con una pluma roja que me compraron al final y que recuerdo haber examinado durante todo el trayecto por el estacionamiento. Tuvimos que ir al Distrito Federal porque en Satélite, como en buena parte del estado, el teatro no existe.

Quizá la salud económica, social y hasta mental de una ciudad pueda medirse en la cantidad de teatros que alberga. La ausencia de recintos teatrales o, peor, la presencia de recintos teatrales que no se usan nunca, trasluce una falta de demanda, la cual no es síntoma de devoción por la incultura sino de que quienes viven en esa ciudad tienen problemas más urgentes que seguro nadie está atendiendo; también de que cuando se planeó la ciudad, setenta años atrás, se pensó primero en que pudiera garantizarse la misa dominical de precepto antes que un centro cultural. En 1968, mientras el mundo ardía en llamas, aquí se estaban descorchando champanes por la construcción de Plaza Satélite.

El Estado de México, rico en tragedias, tiene paradójicamente apenas 25 teatros en todo su territorio, es decir un teatro por cada 607,034 habitantes. Patrullando mis alrededores me entero de que el Teatro Bicentenario en el corazón de Tlalnepantla se usa para funciones privadas y ceremonias de graduación, mientras que el Teatro Las Torres en Naucalpan alberga cada eclipse solar alguna gira de las obras de la capital y el Teatro Cuauhtémoc, operado por el IMSS —ese torcido reducto de las artes mexicanas— lleva años hospedando seminarios y eventos propios del Instituto. Por el estilo los demás, si uno empieza a abrir el zoom. De hecho, si uno teclea la búsqueda “cartelera teatros Edomex” en Google, éste le preguntará si más bien no quiso decir “cartelera teatros CDMX”. Nada de eso impide, eso sí, que el gobierno mexiquense nos provoque reminiscencias del Ricardo III shakespeareano y que las estadísticas de desigualdad den para una nueva reinterpretación musical de Los Miserables.

Un estado con teatros, pero sin teatro. Parece que si de identidad cultural se trata, la voraz administración mexiquense hace eco de las palabras de Sor Juana Inés de la Cruz, paisana nuestra: “si daros gusto me ordena la obligación, es injusto que por daros a vos gusto haya yo de tener pena”. Cuántas Sor Juanas haría falta engendrar para que este trozo de tierra saldase su deuda con el país.

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Recorro este estado tumor puerta del infierno teatro abandonado por el Periférico, a la altura de las Torres de Satélite. Sobre la lateral, como a todas horas del día y la noche, se extiende inerte como piel de serpiente la fila de coches que esperan su turno en la hasta ahora única estación de gasolina extranjera del país. Llenar el tanque les cuesta lo que mis abuelos pagaban al mes por una casa de dos pisos. Voy en microbús al teatro del otro lado de la frontera, y mi Caronte particular cierra la puerta, quizá temeroso de ser víctima de la delincuencia, como ha sido mi caso en ya cinco ocasiones; posiblemente la única razón por la que sigo vivo es que no soy mujer. A diferencia de mi tía abuela, ya nadie se muda al Estado de México para que no se la roben. Cruzo la arteria de salida de esta “prepotente existencia moral”, según se define a sí misma la entidad en el himno que nos hacían cantar todos los lunes en la primaria. Pienso en qué he de escribir sobre este lugar sin caer demasiados lugares comunes, en cuáles son los símbolos de ese alfabeto compartido que el Borges de “El Aleph” tampoco encuentra para explicar el infinito. Pero fracaso igual. Mis cuatro abuelos están muertos y con ellos la ciudad que llegaron a poblar. Según Italo Calvino, el viajero se conoce a sí mismo por oposición a lo que ve, pero la verdad es que no hace falta moverse demasiado; basta nacer setenta años tarde para ser turista low-cost en su lugar de nacimiento.

Pretendo al menos capturar la imagen de mí mismo alejándome de las Torres circundadas por el asfalto caliente, sin Virgilio que me guíe ni más rastro de Sor Juana que el billete que todavía no me roban; fantaseando con dejar para siempre este antiprado diez veces más grande que la Alameda Central. Pero ni eso se puede, porque el tráfico no avanza y las Torres en vez de hacerse chiquitas a la distancia permanecen ahí a mi lado, sonrientes, idiotas.

 

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Adrián Chávez (Estado de México, 1989) es narrador y traductor, autor de la novela Señales de vida (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela, y es editor en jefe de la revista digital La Hoja de Arena. Fue doblemente ganador del primer lugar en el concurso Punto de Partida de la UNAM en las categorías de cuento y traducción literaria, y de una mención honorífica en el Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce 2016. Publica regularmente obra narrativa, traducción literaria, crónica cultural, reseña teatral y opinión en diversos medios.

Vivir en medio de la tierra

 

Por Laura Sofía Rivero

 

Zona industrial

Hay ojos vagabundos y aburridos que revisan etiquetas de productos como suplemento para el tedio o como elogio al ocio. En repetidas ocasiones, esas pupilas encontrarán en las minúsculas letritas los datos de fabricación que coinciden en hacer de Tlalnepantla una zona industrial. Un continente de las fábricas que riegan las semillas de sus desperdicios tóxicos para cosechar altas ganancias lucrando con materiales tan contaminantes como innecesarios. Todo el tiempo el firmamento está cubierto de una nata gris que huele a aerosoles pesticidas. Hay sólo dos casos en los que el cielo de Tlalnepantla se ve limpio: justo después de llover o en días festivos. Coincide con los pocos ceses de labores en las empresas o con la indulgente consideración que la naturaleza tiene con nuestros pulmones corroídos. Como un lavavidrios monumental, la lluvia destiñe el polvo y el cochambre de las nubes, devolviéndoles su intrínseco tono blancuzco.

Tlalnepantla me es íntima en sus lindes de fábricas y avenidas. No era raro que a las tres de la mañana alguien tocara el zaguán de los vecinos para avisarles a ellos y a mi familia que debíamos desalojar la zona. Alguna fábrica se habría incendiado otra vez. Pinturas, seguramente. Quizá la Sayer Lack, suponíamos. De niña me envolvía en una manta para hacerme ovillo en la parte trasera del coche de mis padres, arrullándome con el murmullar del motor. Nos dirigíamos a casa de mis tíos solamente por evitar estar cerca de la posible propagación de las llamas. Acompañaba a nuestro trayecto el imperioso sonido de la alarma de bomberos.

Actualmente las tiendas de plásticos o aluminios se multiplican con la rapidez de los búlgaros. Son concurridas por los que desean encontrar a precios más bajos los productos básicos para la construcción. En este municipio es habitual pasar por calles que expiden la excrecencia de nuestra tecnología con chimeneas que no descansan nunca: largas pipas como cigarrillos colosales que se mantienen encendidos y jamás dejan de tirar ceniza.

Habitar la tierra de la industria significa estar detrás del telón, donde los productos no resplandecen por la luz del supermercado que les ha colocado un precio y un código de barras. El artificio de su creación desaparece tras los charcos de veneno fosforescente que salpican las aceras y donde vale la pena evitar que pasen las mascotas. O uno mismo. Vivir en el epítome de la contaminación no me haría sorprenderme de encontrar duplicado alguno de mis dedos algún día o hallar entre el fleco de mi frente un naciente ojo diminuto. Quizá alguna noche, después de haber lavado mis dientes y enjuagado mi rostro, lista ya para meterme en la cama y apagar la luz, descubra no sin cierta sorpresa que yo también ahora soy capaz de brillar en la oscuridad.

Memoria

Mi abuela era de Veracruz y simultáneamente de Puebla. De una, por nacimiento; de la otra, por residencia. De allí se explican las deliciosas y disímiles recetas que ninguno de sus cercanos sucesores aprendió a guisar después de leer Como agua para chocolate ni tampoco al regreso de un viaje exótico a la costa del Golfo. Las memorizamos a partir de la dulce mezcla entre el regaño y la costumbre: el chilpachole, delicioso caldo de jaiba y guajillo, y los chiles en nogada, comida conventual que exige un afán y dedicación al que pocos sobreviven.

De esta doble residencia se explica su lenguaje florido contrastante con la memoria que tenía para recordar con precisión cualquier fragmento de la Biblia. Tlalnepantla se convirtió en su tercer lugar habitable por la ventura de encontrar en esta incipiente ciudad a su esposo. “Ya huele feo, ya huele a pulque, ya casi llegamos a Tlalnepantla”, decía su madre, mi bisabuela, cuando visitaba la casa nueva de la pareja cruzando la ciudad. En ese tiempo, la mancha urbana del Valle de México no estaba ni en la imaginación de Dios y las tierras se llenaban tanto de magueyales como de pulquerías. Lo digo a través, no de mis ojos, sino de las palabras que escuché antes de que el alzhéimer soplara de su cerebro, como polvo, las historias de la cantina que atendió y los recuerdos de la papelería que administró posteriormente.

Mi idea del pasado en Tlalnepantla es muy distinta. Bastante más cercana a la urbanización, sin remembranza alguna de terrenos inmensos de agaves o de haciendas proveedoras de trigo para la Ciudad de México. Mi memoria es lejana de la infancia de mi padre sentado con sus canicas al borde de lo que sería poco después la Avenida Gustavo Baz. Ese mini Periférico ruidoso que no descansa a ninguna hora del día. Él recuerda la tierra arrebatada donde ya no pudo apostar en la rayuela a finales de la primaria por la inminente llegada de la vía rápida. A diferencia, la Gustavo Baz es el territorio de donde soy especie endémica. Natural por su ruido de tráfico nocturno y embotellamientos, por la dificultad de cruzarla sin puentes peatonales, por las veces que chocaron coches contra las paredes de mi casa, por el ruido de los antros que me obligaron a aprenderme todas las canciones de moda. Mi pasado es reciente: recuerda el espectáculo navideño de los automóviles de Coca Cola, la fábrica a unas cuadras del hogar, punto de referencia para camiones y visitas desorientadas.

El único vestigio del pulque que dio identidad a un municipio apenas en desarrollo es quizá el Tinacal que, a últimas fechas, amplió su mercado a ser una cantina familiar. Para mi abuela, negocio competencia del suyo; para mi padre, desdén de borrachos; para mí, el lugar perfecto para pedir calaverita en el Día de muertos de los noventas. Sin el permiso de mis padres ─preocupados por la inseguridad que se vive en toda el área metropolitana─ asistía fervorosa al encuentro del conjunto de dipsómanos que no recordaban ya ni su nombre. La alegría de saberse receptáculo de las gracias de Baco, no los volvía pájaros, ni asnos ni leones sino maternales y generosos donadores de dinero. Clin, clin, clin. La anaranjada calabaza plástica se llenaba de monedas provenientes de los únicos bolsillos dispuestos a desperdigarlas si el cantinero sigue sirviendo.

De alguna forma, la memoria de mi padre, de mi abuela y la mía es la misma: el recorrido por unas calles tan familiares como ajenas porque se transforman en un tristrás. Tlalnepantla se contagia del devenir de su ciudad capital vecina y siempre está marcada por el paso de familias, amigos y automóviles. Nadie deja rastro suyo en el polvo viejo o nuevo ni en los negocios que abren y cierran como párpados de la ciudad. Pareciera que los antiguos tenían razón: el cambio es la única constante.

¡Bajan!

Los precios del transporte del Estado de México son un monstruo que devora la morralla. Con sus fauces de gasolina y sus afilados dientes de chimeco, cada camión traga monedas sin reparo alguno. Desangran los monederos y las carteras con la habilidad de un asaltante. En contraste con las tarifas del trolebús capitalino de dos pesos o el metro que ha subido hasta cinco, el camión mexiquense cobra, como mínimo, ocho pesos por una distancia de risa. Un viaje redondo de Ecatepec a Naucalpan ─como los que suelen hacer los estudiantes de licenciatura─ fácilmente puede generar un gasto diario de treinta pesos.

“Ya se va, ya se va, Coca Cola, Rayovac, Clínica 72, Autopista, Cerrito”. La zona metropolitana es un cinturón fronterizo. Son suyas las calamidades del Estado de México y también las del Distrito. De ninguna saca beneficios, sólo arrastra verificaciones automovilísticas y el Hoy no circula. La identidad de quienes hemos vivido en su territorio se desdibuja por la demarcación y por las avenidas compartidas, por las rutas gemelas y por no ser ni de aquí ni de allá. Son costumbres el usar metro como lo fue también el entonar cada mañana de lunes en la primaria el terrible himno mexiquense. Lo mismo es la facilidad de ir cuando se quiera a Bellas Artes, como el hábito de dejar vacío el espacio destinado para escribir la delegación en los formularios.

La indeterminación tiene sus ventajas. Cuando se habla con defeños, uno tiene que indicar que es de Tlalnepantla para que su mapa imaginario los sitúe muy al norte, donde la marginalidad va avanzando poco a poco hasta consumirlo todo. Cuando se habla con los cuates de la República, la procedencia del Estado resulta ventajosa: se puede decir, por economía conversacional, que se es de la capital para evitar que el otro entienda por Tlalnepantla un pueblo mágico chiapaneco; en contraste, ante personas que son chilangofóbicas uno puede pasar desapercibido al negar cualquier nexo con el D.F.

Lo cierto es que el límite metropolitano se desdibuja rápidamente. Quizá sólo el transporte me recuerda el linde ahora que cruzo fronteras tras las múltiples mudanzas, la búsqueda del espacio personal y la irrefutable responsabilidad adulta. En cada viaje reconozco ese mismo límite que marcan mis costumbres íntimas con la casa familiar de Tlalnepantla. Ese lugar donde se come en la mesa y no en otra parte. Donde el hogar tiene sazón de infancia y la comida se prepara a las horas. La casa en donde la vida no se desborda entre cajas, muebles de triplay, latas caducadas ni en la deliciosa sensación de saber que el caos irreparable es completamente propio.

 

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Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993). Egresada de la Licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la UNAM, FES Acatlán. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en la generación 2016-2017 en el área de ensayo. Primer lugar en ensayo del Premio Dolores Castro 2016 por el libro Retóricas del presente.

Acá en lo oscurito

El jueves 29 de diciembre de 2016 en Bandini se llevó a cabo la presentación de este blog, donde pudimos escuchar a Edgar Yepez leer un fragmento de “Tlalnepantla” y “La nueva hora del Coco” en voz de Haydeé Salmones; además de tener el honor de que Manuel Illanes, poeta, editor e investigador chileno, hiciera algunos comentarios bastante interesantes de la antología y de los textos que la integran. El texto que se presenta a continuación es lo que a grandes rasgos Manuel comentó aquel día. Hemos decidido publicarlo aquí a manera de agradecimiento y para que quienes no pudieron asistir se enteren de qué es lo que platicamos aquella noche a la que le siguieron las cervezas y los ritmos tropicales.

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Zona de catástrofe 

 

Por Manuel Illanes

 

Oscuro entre nosotros es un blog que reúne el trabajo de autores del Estado de México: Haydeé Salmones, Demian Marin, Lizbeth Zavala, Edgar Yepez, Mónica Perea, Joaquín Guillén Márquez, Francisco de la Rosa y Patricia Arredondo, cuya edad fluctúa entre los 26 y los 37 años; varios de los cuales ya cuentan con publicaciones, e incluso con premios a nivel nacional. Uno de los principales objetivos planteados por su editora es lograr que éste se convierta en un foro que permita la discusión en torno a muchos de los problemas que aquejan a los residentes del Edomex, que van desde los asaltos en los camiones que se dirigen hacia la Ciudad de México hasta situaciones más dramáticas como lo son la violación, el secuestro y la desaparición de cientos de mujeres en el territorio del Estado.

Los textos publicados: “La nueva hora del Coco”, “Oscuro entre nosotros”, El Lugar de los cuatro barrios”, “Tlalnepantla”, “A casa de mis padres”, “Vista previa”, “La Casa” y “La nueva Ciudad Juárez”, transitan entre el cuento y la crónica, e incorporan en su construcción elementos de tipo ensayístico; y tienen un común denominador: por distintas vías, todos ponen en evidencia el tema de la violencia que se vive en la entidad y hablan acerca de las diferentes manifestaciones de ésta.

Así, a nivel general, la representación del Edomex que establecen los textos coincide en mostrar a éste como un espacio violento y amenazante, un sitio que torna peligrosas incluso las actividades cotidianas que deberían ser más inofensivas, tales como viajar en camión, visitar la casa de la familia, recorrer las calles cercanas al hogar, salir a los parques, etcétera. A la precariedad de las instalaciones y la infraestructura que se describe en los relatos, se aúna también la debilidad institucional y de la oferta sociocultural del lugar, lo que obliga a muchos de los residentes a emigrar hacia la metrópoli.

El territorio del Estado se exhibe como un lugar altamente industrializado y, por ende, muy contaminado, con una geografía que incluye canales de aguas negras, centros hospitalarios abarrotados, zonas arqueológicas desamparadas, colonias de paracaidistas…, espacios que se evidencian principalmente en la crónica de Lizbeth Zavala, “El lugar de los cuatro barrios”.

Los textos buscan establecer símiles que igualen la situación que se vive actualmente en el territorio del Estado con la de una zona de catástrofe.

De igual modo, los autores reunidos en Oscuro entre nosotros insisten en señalar el progresivo arruinamiento del Estado, en relación con una infancia que se sitúa en un plano idílico, tal como ocurre en el cuento de Demián Marín, que da título al blog, donde se nos dice: “Mis recuerdos de niño no coinciden con lo que veo ahora. Tal vez por eso trato de evitar volver allí. Lo mismo ocurre con toda la ciudad: Toluca no es lo que era, conforme avanzo por las calles, mi memoria se ve traicionada por la presencia de edificios desconocidos. Podría decir que me deprime volver a ese lugar, ver cómo se ha estropeado la zona, pero sería demasiado injusto con mis padres”. En tal sentido, los textos buscan establecer símiles que igualen la situación que se vive actualmente en el territorio del Estado con la de una zona de catástrofe.

Lo anterior determina una serie de fenómenos, entre los que tiene un papel fundamental la llamada fronterización del Edomex. Con esto se entiende un proceso de incremento de la violencia y la delincuencia organizada que repite los trágicos acontecimientos vividos en otros espacios del país, en especial, Ciudad Juárez, a la que este término de la fronterización refiere de una u otra manera. Así, Patricia Arredondo, en “La nueva Ciudad Juárez”, introduce la comparación entre lo ocurrido en aquella ciudad durante los noventa y comienzos de los dosmiles y la inseguridad actual que aqueja al Estado de México: en ambos casos, el estatus liminar, la condición de frontera de los territorios —respecto a los Estados Unidos, Ciudad Juárez; frente a la Ciudad de México, el Edomex— facilitan el surgimiento de grupos criminales y la expansión de la violencia y la inseguridad al imponer condiciones de debilitamiento de la autoridad, una ausencia de marcos legales firmes, en suma al tránsito permanente de población.

Sergio González Rodríguez caracteriza este fenómeno en su libro Huesos en el desierto, donde aborda el tema de los feminicidios en Ciudad Juárez. Ahí habla de que:

en una zona fronteriza como Ciudad Juárez, las probabilidades de eso [la violencia] se incrementan ante el flujo migratorio y el nomadismo cultural. El problema principal es la sobrepoblación móvil. Exceso de personas y exceso de desierto: de inermidad […]. Ante la carencia del polo estatal de la ley, no hay ninguna entereza simbólica que ejerza un contrapeso análogo en el cuerpo social, ni como conjunto ni como freno del crimen; en especial cuando se trata de situaciones análogas a las muertas de Juárez: el crimen extremo como forma del horror, del impulso maligno, extraño e inquietante que se ceba en las mujeres. [1]

González Rodríguez también describe otros rasgos de esta condición de frontera, que pueden aplicarse de una u otra manera al Estado de México:

La sociedad juarense de finales del siglo XX hacia el siglo XXI ha vivido el impacto disolutorio de las instituciones tradicionales como un estigma que se ahonda mediante la muerte anónima y de género en el espacio abierto o público. El entorno de ruptura y dispersión tiene su causa, entre otros factores, en el aislamiento secular de estos territorios, en la lejanía del México Central, sobre todo de la capital. Aquella cima de lo ajeno que desde el punto de vista de los norteños merece un sobrenombre irónico: se le llama Chilangolópolis. O admite un apelativo infamante para su gente: los chilangos. Un sinónimo de personas tramposas, ladronas, abusivas. [2]

Respecto al fenómeno de fronterización, Edgar Yepez manifiesta en su relato “Tlalnepantla” la posibilidad de que éste trascienda los límites de México y se expanda por todo el mundo, cuando indica, a propósito de una visita a Europa y de la miseria encontrada en distintas ciudades del continente, lo siguiente:

El africano de ojos hundidos al que le compró un tripié inservible en el puente Sant’Angelo en Roma. La vieja centroeuropea tirada sobre el puente del Rialto, pidiendo limosna, flagrantemente ignorada por tantos turistas aquel día de carnaval en Venecia. El hindú en Viena, frágil como las cosas rotas, que se preparaba para meditar afuera de un Esprit sobre la Mariahilfer Strasse desierta. Miserabilismo europeo, piensa. Y se le aparece, inmediatamente, una pinta saliendo del metro Marcadet de Poissonniers, en el 18, la Petite Afrique de París: “África es el futuro”. Tlalnepantla es el futuro.

Otra constante de los textos remite a la necesidad que enfrentan muchos de los habitantes del Edomex de migrar en busca de mejores oportunidades. Esto se relaciona, en primer lugar, con la precariedad de las instituciones socioculturales —a la que hice mención antes— y se hace patente en la experiencia común aludida por varios autores del traslado a la Ciudad de México por motivos de estudio o trabajo. Para muchos de estos habitantes, la vivencia del viaje en camión establece de inmediato una frontera imaginaria entre la Ciudad de México y el Edomex: el regreso al Estado o el movimiento dentro de él es sentido como una exposición a la violencia que representan los asaltos, la posibilidad latente de secuestros o violaciones, en contraste con la Ciudad, que figura como un ámbito de mayor seguridad y que se verifica de manera destacada en “A casa de mis padres” de Mónica Perea o “La nueva hora del Coco” de Haydeé Salmones.

Esta vivencia del viaje en camión funciona como una metáfora de la experiencia del migrante.

A mi entender, esta vivencia del viaje en camión funciona como una metáfora de la experiencia del migrante, que se observa a escala nacional, puesto que, tanto en uno como en otro caso, aquel que emprende el viaje se encuentra indefenso respecto de los imprevistos que puedan ocurrir en él: el cuento “Vista Previa” de Joaquín Guillén Márquez es el mejor ejemplo de esto. Ahí se relata la historia de tres hermanos: Alejandro, Marco y Rodrigo, dos de los cuales, a corta edad, realizan la travesía desde Los Sauces hasta Estados Unidos. Uno de ellos regresa y el tercero emigra a la Ciudad de México para estudiar. En el relato aparece un fragmento que refleja, desde mi punto de vista, las causas profundas que obligan a muchos mexicanos a migrar:

Dejé Los Sauces muy chico. No tenía ni doce años cuando Alejandro, poco más grande, encontró la manera de irse a Estados Unidos. Me dijo que podía acompañarlo, que seguro nos iría muy bien, que a qué me quedaba. Era fácil que yo me fuera, pero Marco, de siete años, no podía hacerlo. Le dije que sí, que nos fuéramos, que allá podríamos hacer una vida mejor de la que jamás podríamos hacer aquí, y así ayudar a nuestra familia. Era mucha responsabilidad para nuestra edad pero qué puedo decir, así era entonces. Alejandro y yo teníamos que aprender porque no había quien nos enseñara y salir era nuestra única certeza. “Ahí no se llega, se sale”, dicen. Lo supe porque todo mi sueño era no usar zapatos hechos del caucho de las llantas ponchadas que encontraba en la carretera, parecidos a los que usaba Susana cuando la conocí, muy jóvenes los dos, también en Los Sauces.

La condición precaria del migrante se hace dramática en el caso de las mujeres, quienes se enfrentan en el Edomex a un escenario completamente adverso, que se menciona varias veces en los textos. Así, por ejemplo, Mónica Perea señala en “A casa de mis padres”: “Un hombre con concierto privado se me queda mirando durante un atorón de tránsito. Creo que estoy sudando frío, no me gusta su mirada y no recuerdo haberlo visto antes. Me acuerdo de que llevo varios kilómetros dentro del estado con el índice más alto de feminicidios en el país”. Haydeé Salmones hace alusión a lo mismo en “La nueva hora del Coco”: “Las cifras se alimentan de la incertidumbre y la indiferencia: los comunicados oficiales hablan de cientos de desaparecidas en los últimos cinco años; los artículos de nota roja, las asociaciones civiles y las familias, de miles. Niñas y adolescentes de 12 a 19 años; mujeres de 20 a 28 años: siempre hay vacantes”.

La sensación de indefensión, común en todos los relatos, alcanza aquí niveles de horror ante la realidad de las desaparecidas y secuestradas, y de los cadáveres de algunas de éstas que han sido recuperados de los canales de aguas negras. El Estado se torna para las mujeres un espacio de paranoia, suspicacia y pánico.

El sentimiento de terror lleva a la protagonista […] al extremo de querer borrar todos los signos que revelen su condición femenina […], ya que presentarse como mujer significa exponerse automáticamente a una situación de riesgo.

La posibilidad del secuestro se hace evidente en el texto de Salmones y también en “La nueva Ciudad Juárez” donde Patricia se retrotrae a su niñez y habla de la experiencia que tuvo con un hombre que la siguió hasta la puerta de su casa en una camioneta, con la obvia intención de levantarla. El sentimiento de terror lleva a la protagonista de “A casa de mis padres” al extremo de querer borrar todos los signos que revelen su condición femenina, a tratar de parecer un hombre por la vestimenta y la actitud, ya que presentarse como mujer en el Edomex significa exponerse automáticamente a una situación de riesgo:

Hoy no me pongo falda ni vestido. Entre menos llame la atención, mejor. Elijo los pantalones que me quedan nadando y los tenis cómodos pero viejos que tengo para estas ocasiones y que me aseguran un eficaz escape en caso de emergencia. Una repasada del cepillo en el cabello y nada de maquillaje, preferible pasar desapercibida. En la cabeza, una gorra verde de las que regalaron casa por casa —sin ser solicitadas— para apoyar al candidato del sexenio anterior.

A la mujer, por lo que se desprende de los textos, se le considera como un objeto que puede ser tomado y desechado a voluntad: la imagen de los restos de mujeres que son rescatados del Río de los Remedios, exhibida en “La Nueva Hora del Coco”, es una muestra absoluta de ello. No obstante el miedo, el terror que la situación anterior transmite, existe de parte de las mismas mujeres el deseo de rebelarse ante esta realidad ominosa constituida por la violación, la trata de blancas, el mercado de órganos. Haydeé Salmones nos dice: “Pero este lugar también me obligó a sentir ira. A salir a correr. A pelear. A gritar. A enfrentar. A discutir. A nombrar. A escribir. La niña que fui no creía en los terrores infantiles; en la nueva hora del Coco, la mujer que soy se obliga a enfrentarlos”.

Esa voluntad señalada de discutir, de nombrar es también lo que motiva la recopilación de los relatos y crónicas reunidas en Oscuro entre nosotros. Patricia Arredondo indica como uno de los objetivos de éste la posibilidad de causar “una serie de discusiones, más de las que ya han generado desde su concepción [los relatos]”, que permitan pensar no sólo la situación del Edomex sino la del país. Porque toda discusión, toda reflexión permite superar el aislamiento que impone el miedo, buscar una respuesta para enfrentarlo.

Es obvio que la solución a todos los problemas descritos en los relatos y crónicas no podrá hallarse a la brevedad, ni tampoco puede pretenderse que los autores proporcionen las claves precisas para superar la actual situación del Edomex; lo que sí es rescatable y digno de valorar es que existan instancias como la que proporciona Oscuro entre nosotros para reunir experiencias que son comunes a una gran mayoría de personas y discutir acerca de las consecuencias que éstas tienen para la vida colectiva, única forma de alcanzar en el futuro determinaciones que abarquen a la comunidad entera.

Me permito concluir esta breve presentación apelando a las palabras usadas por Sergio González Rodríguez en su ensayo El hombre sin cabeza con relación al miedo y este nombrar que mencionan Haydeé y Patricia:

Observo que la lógica del miedo se ha impuesto en el mundo. ¿Qué hay en el miedo que se vuelve la sustancia de la sociabilidad y el Estado desde que Thomas Hobbes lo estudió cuatro siglos atrás? Conviene interrogarlo de cara a sus transformaciones recientes. Y recordar que nombrar es distinguir. En otras palabras, desprender de lo informe, de lo inasible y, en consecuencia, de lo abrumador y acaso repugnante o siniestro. Señalar algo remite a un ejercicio análogo al acto de nombrar: una marca o índice que parte de un gesto y termina por visualizarse en el aire. Ponerle un nombre a las cosas, o señalarlas en el mundo, reviste un lance estratégico respecto de la fenomenología del miedo y el potencial destructivo/ constructivo de éste. [3]


[1] González Rodríguez, Sergio, Huesos en el desierto, Editorial Anagrama, Barcelona, 2005, pp. 64-65.

[2] Idem, pp.39-40.

[3] Gonzalez Rodríguez, Sergio, El hombre sin cabeza, Editorial Anagrama, México, 2011, p.75.

 

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Manuel Illanes (Santiago de Chile, 1979). Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM. Ha publicado algunos libros de poesía, como Tarot de la carretera (Fuga, Santiago de Chile, 2009), Crónica de Tollan (Piedra de Sol, Santiago de Chile, 2012; La Ratona Cartonera, Cuernavaca, 2013) y Memorias del inframundo (Mantra, Ciudad de México, 2016). Poemas suyos figuran en la antología Residencia temporal: seis poetas chilenos en México (Aldus, Ciudad de México, 2016).

La nueva Ciudad Juárez

 

Por Patricia Arredondo

 

para Erik Alonso, para los mexiquenses y los juaritos

 

Toda una generación conoce la voz y el tono que acompañan a la frase “Canal 5 solicita su ayuda para localizar”. En los noventa, por las mañanas se interrumpía la programación y después de alguna caricatura aparecía en la pantalla la fotografía de un desaparecido o de alguien que, decían, se había extraviado. Después de mencionar algunos rasgos y las señas particulares de esa persona, en ocasiones se hacía mención de que ésta “padecía de sus facultades mentales”. Para mí no era todavía muy claro lo que se quería decir con “padecer de las facultades mentales”, así que imaginaba que, sobre todo, eso significaba que esa persona tenía un problema de memoria que le impedía recordar el camino de vuelta a casa.

La angustia que me provocaba ver esos rostros en la televisión por las mañanas permanecía durante todo el día y se convertía en pesadilla por la noche, se reproducía cuando mi mamá se iba muy temprano al trabajo y se duplicaba si se demoraba al volver. En aquel entonces mirar televisión era nuestro modo de espera, uno conocía la hora por el programa en turno y relacionaba los horarios de los adultos, y de la vida en general, con los de la programación del canal que elegíamos ver a diario, de modo que si la puerta de la casa no se abría mientras comenzaba el programa de las siete era probable que algo hubiera pasado. Por lo que una demora causaba que un carrusel de rostros que había visto en el Canal 5 se reprodujeran de inmediato en mi cabeza y esto no paraba hasta que escuchaba llegar a mi mamá.

Pero, así como la alerta amber era entonces parte de la programación, lo eran los comerciales dirigidos al público infantil, en los que se sugerían situaciones de riesgo: al salir de la escuela una persona se acercaba a un niño y le ofrecía un dulce o algo, le tocaba el hombro y entonces se congelaba la escena y se activaba una alarma de robo al mismo tiempo que se intervenía la imagen con una intermitencia en rojo, luego aparecía un actor para dar el consejo con el que se remataba “di no, cuenta hasta diez y cuéntaselo a quien más confianza le tengas”.

Ese anuncio me salvó un día de Reyes en el que iba caminando de casa de mi abuela en Tlalnepantla a casa de mi mamá. Tenía cerca de 11 años e iba llorando por un berrinche; estaba por abrir la puerta cuando una camioneta se orilló y se detuvo, la manejaba un hombre que me preguntó por qué lloraba y me ofreció una muñeca, me pidió que me acercara al coche, la mano comenzó a temblarme y no lograba atinar a la cerradura; el señor insistía en su oferta. El terror me tenía entre nerviosa y paralizada, por lo que pienso que milagrosamente logré abrir la puerta y entrar a mi casa. De un modo muy triste éste es uno de los recuerdos más nítidos que tengo: nunca pude olvidar la cara del tipo, el color de la camioneta, las palabras que dijo y lo que sentí al pensar que podría haberse bajado del coche y haberme obligado a subir.

Lo que imaginaba que podía haberme pasado ese día estaba en cierto modo condicionado por la televisión. En casa de mi abuela veían programas como Mujer, casos de la vida real, cada capítulo estaba basado en una carta que supuestamente había sido enviada por alguien de la audiencia y en la que ese alguien contaba su historia. Una gran parte de los casos se trataban de robo de menores, desapariciones y secuestros. Fue en ese programa donde por primera vez supe de las muertas de Juárez, donde escuché el nombre de Ciudad Juárez como el de un sitio al que debía temérsele por lo que sucedía ahí. De niña la televisión me hizo ver a Juárez como un lugar oscuro lleno de fábricas, asesinos y cadáveres de mujeres.

Algo de alivio había en mí al saberme muy lejos de esa ciudad, al pensar que al estar lejos de ella sus problemas no podían tocarme; me alegraba no ser una mujer que al crecer tuviera que trabajar en una fábrica y pudiera ser asesinada al salir de ella. Jamás, ni remotamente, en mi niñez pude imaginar que en un futuro esa ciudad que me parecía tan lejana se convertiría en algo muy cercano. Nunca creí que yo sería una de esas mujeres que a diario temen por su vida, a las que les da terror salir a la calle o que no vislumbran caminar de noche. Nunca creí que ese miedo que sentía ya de niña por una violación o un secuestro crecería conmigo.

Alguna vez en que viajaba en el coche con mi papá conversábamos acerca de la violencia y él dijo una frase que sintetizó nuestra plática: “La violencia está en los límites”. Hablábamos entonces de los asaltos que ocurrían cerca de la casa, los cuales justamente eran más constantes en cruces o en las avenidas donde el territorio dejaba de ser del Estado de México y se convertía en DF, o viceversa.

Mi papá y mi abuela solían satanizar la ciudad porque en sus tiempos ahí era donde estaban los rateros, de algún modo cuando mi abuela decidió establecerse en Tlalnepantla, nuestro pueblito, creían, estaba a salvo de episodios violentos. De hecho, para mí una de las únicas ventajas de vivir en Tlalne fue que la casa de mis padres estaba justamente en un límite y cruzar a la ciudad no era complicado cuando quería conseguir libros o consumir cultura; o al menos no como les resultaba a algunos amigos que vivían en Ecatepec o Cuautitlán.

Mi papá dijo que él pensaba que eso sucedía, que los ladrones se decidían por esas zonas porque las leyes cambiaban con cruzar una calle y así era más fácil escabullirse o que hasta eso determinaba el hecho de dónde debía realizarse una denuncia. Desde que le escuché esa frase mucho de lo que he reflexionado desde entonces ha partido de ella. Pienso en, algo obvio, que Ciudad Juárez es una frontera y que su estatuto de frontera la coloca como violenta. También pienso que muchos de los estados donde la violencia ha crecido en México son fronteras con la ciudad, son la periferia. Pienso también en que el Estado de México es la mano de obra de la Ciudad de México, es la carne de cañón y también su basurero; y también que quienes nos hemos mudado al DF desde el Estado de México no hemos hecho otra cosa que cruzar una frontera para tener seguridad en diversos sentidos.

Miro un mapa y pongo la vista en el Estado de México, en la manera en que abraza al DF y luego miro Ciudad Juárez y la línea que la separa de Estados Unidos. Nunca he estado en Ciudad Juárez y nunca me ha llamado la atención visitarla, lo que sé de ella es poco. Hace algunos años recién conocí a gente que venía de ahí y comencé a ver a través de su escritura lo que había significado para ellos crecer en esa ciudad y sé que para ellos salir de Juárez ha sido tan reconfortante como lo fue para mí hace un par de años salir de Tlalnepantla después de haber sufrido un asalto y otra serie de malas experiencias. He reconocido en la gente de Juárez un coraje y una sensibilidad particulares, que brotan en las borracheras cuando cantan alguna canción norteña y piensan en su casa con un gesto de dolor marcado en el rostro.

Quizá hasta ahora que he vuelto por una temporada a vivir al Estado de México puedo entender ciertos gestos de mis amigos de Juárez, puedo entender lo que se siente cuando el lugar de donde provienes le causa terror a gente que nunca lo ha visitado, y quienes nunca lo señalarían en el mapa como un sitio que les gustaría conocer; que se refieren a él como Mordor, el Inframundo o “la tierra de los mirreyes y los feminicidios”.

Cuando me preguntan qué hay en Tlalnepantla, me río y digo que nada (“mi” casa), pero que hay algunos restaurantes y cantinas que bien valen la pena. Lo cierto es que ningún amigo me ha dicho con convicción “quiero conocer de dónde eres o dónde creciste”. Pocos son los amigos de ahora que conocen Tlalnepantla, la casa de mis padres; pocos tienen la geografía del sitio del que les hablo cuando llego a contar alguna anécdota acerca de mi familia o del sitio que sugiero en algunos de mis textos. Sé entonces que la gente que me conoce, me conoce en realidad muy poco y yo a ellos. En Formas de volver a casa, Zambra plantea una idea que me llama la atención, la de un personaje que se esfuerza por ser huérfano, por disociarse de su historia familiar. Tal parece que somos una generación que ha intentado divorciarse de su origen y que se ha esforzado por silenciarlo.

Una de las razones por las que Los Procesos de Erik Alonso me parece un libro entrañable es porque es de los pocos libros que conozco que usan al Estado de México como una referencia geográfica y porque Erik habla de Ecatepec con una sinceridad absoluta, habla de lo que él ha descubierto en los cerros grises, en las obras negras y en las varillas salidas de las azoteas. Pero, sobre todo, al hablar con Erik sabes que ese discurso es sensato cuando te invita a su casa en Ecatepec y en cierto sentido te invita a romper el prejuicio con respecto al Estado de México y, sobre todo, te invita a conocer de dónde viene y quién es. Puedo decir también que en cierta medida la lectura Los Procesos ha sido lo que me ha hecho replantearme la visión del lugar del que provengo y lo ha resignificado.

Hay una cosa bellísima que dice Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas acerca del cáncer y del lenguaje, dice que cuando se ve al enfermo de cáncer como una especie de peste y se le aparta porque se convierte en un símbolo de muerte, se le está condenando. Lo grave aquí es que el cáncer no siempre es muerte y al hacerle creer al enfermo lo contrario se le priva de ver la enfermedad como algo curable; por ello Sontag enfatiza en la necesidad de dejar de realizar asociaciones que estigmaticen, en destruir algunas metáforas que alimentan de manera negativa el inconsciente colectivo.

La gente le coloca los mismos adjetivos al Estado de México que a Peña Nieto: ignorante, corrupto, ladrón y asesino. El Edomex es en la mente de los mexicanos la casa del PRI y por tanto un lugar hacia el que está permitido el odio. El Estado de México está ahora en boca de México por ser el primer lugar en violencia y feminicidios, el Estado de México está en boca de gente que nunca ha visitado el Estado de México y no piensa hacerlo; el Estado de México está, por fortuna, en el pasado para quienes han logrado cruzar la frontera y “escapar” de él.

El Estado de México es, dicen, la nueva Ciudad Juárez y al escuchar esa frase pienso en todo lo que aquí he enumerado y que la gente que se alegra de estar lejos de Mordor es igual de ingenua que mi yo de niña, quien veía en la televisión las noticias e imaginaba que el monstruo que habitaba en Juárez estaba muy lejos de su casa y que lo que ahí pasaba jamás (no así, no de esa manera) la tocaría.

 

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Patricia Arredondo (Tlalnepantla, 1988). Escribe poesía y cuando cae el hueso es editora freelance.

 

La Casa

Por Francisco de la Rosa

 

Y un día de súbito se reconocen en el cuerpo las huellas diáfanas de pasos que cayeron con el tonelaje de lo cotidiano, y se es consciente de que la posibilidad de negociación es cada vez más diminuta, porque hubo un periodo sin remedio en el que uno padeció o se acostumbró a la decoración de La Casa: almidonadas carpetas tejidas por la abuela, servilleteros hurtados de fiestas de quince años y bodas, algunas manzanas y peras de cerámica, o pintadas en un cuadro hecho con tres rectángulos separados dos centímetros uno de otro, y varias fotos familiares que retrataban lo que bien merecía ser juzgado como el pésimo gusto de toda la familia.

La aspiración más ambiciosa era escoger el color de los muros, realizar algún dibujo en alguna de las paredes de la recámara propia o colgar un póster, con el riesgo, claro, de que fuera reprobado por el gusto de los padres. En ocasiones, un poco más afortunadas, también se podía elegir el diseño de los muebles de la recámara, incluida la puerta y el color y material de las cortinas, sábanas y cobijas. La recámara fue durante años el único sitio que habló de uno con cierta porción de autenticidad; enunciaba a medias lo que se presumía o deseaba ser, pues al otro lado de ese límite geométrico llamado “puerta” todo decía otra cosa, o tantas, que considerar todo aquello como una extensión propia resultaba, además de inverosímil, ofensivo.

La posibilidad de negociación es cada vez más diminuta, porque años después uno salió amablemente del hogar. O fue arrojado de éste con la misma fuerza que un escupitajo infecto. Una vez fuera comenzó a trazar una vereda propia, aunque la decoración del nuevo camino era igualmente ajena: el sofá, la mesa de centro o el refrigerador que los familiares amablemente donaron para amueblar el cuarto-departamento. Y, pese a que uno se empeñó en rediseñar los muebles y accesorios que recibió, modificando su color, y hasta su tamaño, para usarlos como el amasijo con el cual ornamentar los muros y el suelo de la nueva e independiente casa, no faltó algún comentario que se clavó frío como una navaja artera porque “la cama es la misma que la que tenías en tu cuarto, ¿verdad? La que te compraron tus padres”. Y entonces uno alegó con rapidez, como si esgrimiera la aguja con la que pretendía suturar la herida, que no. “Bueno, sí, pero corté un poco las patas y la pinté de gris, ¡mira!”, pero de la herida escurrió algo como dignidad, cuando el comentario-navaja arremetió de nuevo con un “ajá, sí, pero es la misma base y es el mismo colchón, ¿no?”.

La casa —y los objetos que la decoran— nos retrata; no importa si es prestada, rentada o propia. Habla de nosotros, no de manera inmediata y obvia, como lo hace la apariencia de un traje bien aliñado, una camisa planchada a detalle o un par de tacones sin un sólo raspón, sino de forma lenta y discreta. La decoración de la casa tiene alcances a mediano y largo plazo. Son objetos, muebles y chunches que permanecerán en su sitio por un tiempo más o menos prolongado. Son muebles y objetos que, tarde o temprano, convivirán con el polvo y las pelusas. Serán apenas movidos de su lugar los días de limpieza y su presencia se volverá tan cotidiana que difícilmente volveremos a mirarlos con entusiasmo como en los primeros días.

La pertinencia o atino de su acomodo podrá evaluarse con el nivel de confort que experimenten las visitas, con la libertad con que tomen vasos y platos, o con el grado de desaliño a la hora de sentarse sin solicitar nuestra venia. No se trata de un orden pulcro ni de muebles nuevos, fotografías y grabados adquiridos en una galería; se puede optar por el caos y asumirse coleccionador de donaciones. Pero es una situación distinta cuando aquello arriba por elección. Después de varios años, al fin hay remedio y ya no es necesario ceder ante obsequios que desean arrebatarnos autonomía a la hora de la aparente pueril tarea de decorar.

La posibilidad de negociación es cada vez más diminuta, porque no importa si se tiene buen o mal gusto. O si la decoración es, o no, prioritaria; incluso un cuarto de azotea que parece a todas luces desangelado ostentará la rúbrica de quien lo habita. Una maceta que se aferra a un clavo podría considerarse como el primer paso hacia la escisión de La Casa. Meses después, quizá, se sume un mueble que parece adherirse a una pared para hacerla cambiar de forma o tamaño, y luego, tal vez, una repisa que ayudada por taquetes y tornillos desafiará con irreverencia la gravedad al sostener sobre sí el peso de una artesanía barata, o el de tres o cuatro libros.

La posibilidad de negociación es cada vez más diminuta ante lo que parece un tema superfluo como la decoración de la casa, porque el tiempo que uno puede disfrutar de ello es, digamos, estrecho. Cuando niño a uno le importa poco si La Casa es naranja o si el Sagrado Corazón de Jesús pende encima de la cabecera. En la adolescencia todo parece desafinar con uno y un poco más tarde, cuando los sinsentidos comienzan a poblarse de entendimiento, uno comienza a darle importancia lo mismo a los detalles que a la idea de salir de ella.

Una vez que se es “independiente” —fuera de La Casa—, ocurre que la familia sigue estando, en alguna proporción, detrás de la alimentación y la decoración. Pasarán algunos meses o años para que uno invierta en su primer mueble, maceta, cuadro o vajilla. Así inicia la vida sin negociación, la vida donde las pertenencias propias le irán ganando terreno a los objetos o muebles que uno aceptó porque no había más remedio.

Años más tarde, donde inició una persona habitarán dos, y la posibilidad de negociación será obligatoria para ambas. Quizá un lustro después al departamento, que ya comienza a parecer La Casa, se sume un tercer integrante y luego un cuarto. Entonces la nueva familia no tendrá posibilidad de negarse a tapizar el refrigerador o alguno de los muros con los dibujos de los críos. Y con el paso del tiempo la familia habrá de aceptar carpetas almidonadas tejidas por la abuela, servilleteros hurtados de fiestas de quince años y bodas, algunas manzanas y peras de cerámica, o pintadas en un cuadro hecho con tres rectángulos separados dos centímetros uno de otro, y varias fotos familiares que retratarán lo que bien merecerá ser juzgado por alguno de los críos como el pésimo gusto de toda su familia.

 

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Francisco de la Rosa (Ciudad Neza, 1980). Hace muebles y redacta una que otra cosa.

 

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Por Joaquín Guillén Márquez

 

—Tengo miedo, Rodrigo.

Me enteré de la muerte de Alejandro, mi hermano mayor, cuando Marco, el menor, fue a buscarme a la tienda que tengo desde hace casi treinta años. Se estacionó y bajó de su coche, miró su reloj y caminó despacio hacia mí. Recargó sus hombros en el refrigerador que también me sirve como barra para despachar y me pidió permiso para entrar. Le dije que sí. Marco llegó como cualquier otro cliente pero sólo quería hablar conmigo, algo que simplemente no pasa. No creo tener una vida digna de ser contada. Sólo me dedico a vender otros productos, pero nunca a mí. Dedico mis últimos años a despertarme a las 5 de la mañana y a caminar hacia ese negocio que ha mantenido, más o menos, a mi familia; un espacio que considero mi verdadero refugio desde hace treinta años, en donde hablo con mis clientes, quienes nunca se muestran interesados por preguntar sobre mi vida, por cómo llegué de Los Sauces al D.F. o cómo decidí abrir una tienda. Y pienso que tienen razón en no hacerlo. Existo allá, en el lugar en el que soy Don Rodrigo, lejos de este avión que nos lleva a Marco y a mí a Estados Unidos; lejos, también, de Los Sauces.

La gente dice que a Los Sauces nunca se llega, sólo se sale. Mis hermanos y yo nacimos ahí, hijos de Nadia y José Márquez, de quienes, admito, no sé mucho. Nadia era constante en casa, sumisa a mi padre, quien, en cambio, era una presencia casi fantasmagórica del que sólo recuerdo que, cuando me fui con Alejandro de casa, me pidió no avergonzarme por la persona que soy. Quiero pensar que lo he hecho bien desde que estoy en la tienda, una continuación de la que tuvo mi papá, la única en el pueblo. Nunca supe la decisión por la que se quedó, pero lo hizo, y tuvo su tienda y sus hijos y su esposa. No le hacía falta nada más. A mí, ya sin Alejandro, me queda Marco, mi esposa, Susana, y mis hijos, que ya tampoco me necesitan. Y mi tienda, mi casa, mi trabajo, mi soporte. Lo único que en verdad es propio y ahora, ya a mi edad, lo único que me queda por hacer. Pero ya no tengo mucho tiempo. Lo supe antes de enterarme de lo que le pasó a Alejandro, antes, incluso, de que me lo dijera el doctor. A mi regreso a México tengo que dejar la tienda porque, dicen, no puedo seguir así si no quiero que ahora sí me dé un infarto. Y quizá deba hacerlo porque es lo único que a mí me resta por dejar.

Dejé Los Sauces muy chico. No tenía ni doce años cuando Alejandro, poco más grande, encontró la manera de irse a Estados Unidos. Me dijo que podía acompañarlo, que seguro nos iría muy bien, que a qué me quedaba. Era fácil que yo me fuera, pero Marco, de siete años, no podía hacerlo. Le dije que sí, que nos fuéramos, que allá podríamos hacer una vida mejor de la que jamás podríamos hacer aquí, y así ayudar a nuestra familia. Era mucha responsabilidad para nuestra edad pero qué puedo decir, así era entonces. Alejandro y yo teníamos que aprender porque no había quien nos enseñara y salir era nuestra única certeza. “Ahí no se llega, se sale”, dicen. Lo supe porque todo mi sueño era no usar zapatos hechos del caucho de las llantas ponchadas que encontraba en la carretera, parecidos a los que usaba Susana cuando la conocí, muy jóvenes los dos, también en Los Sauces. Desde entonces ella me dijo que lo que más quería en la vida era usar huaraches de verdad. Y lo hizo, pero no puedo decir que no maltrató sus manos que usamos para empujar los coches del primer edificio en el que vivimos, en la colonia Del Valle, después de casarnos. No había de otra, no sabíamos manejar y había que sacar a empujones todos los autos de los inquilinos que nos contrataban como intendentes. Ésa es otra historia. O la misma, mejor dicho, pero adelantada, un pedazo que ahora no contaré.

Sería un mentiroso si digo que no estoy pensando demasiado en mis hermanos. Ambos hicieron cosas que yo nunca pude, que por más que intenté sólo fracasé y me fue peor. Marco, siendo el más chico de todos, se dedicó a estudiar, incluso entró en la Universidad en el D.F. Lo veo ahora sentado a mi lado y sé que el más chico es, ahora, el grande; el que me guía, el estable, el mayor. Alejandro, en cambio, decidió irse muy joven a Estados Unidos porque no conocíamos más. Nunca pensó en otro lugar, era lo que se hacía y por eso decidí seguirlo. Regresé a casarme y formar familia, pero él no. Tuvo hijos allá, a quienes nunca conocí, pero nada más. Nuestra relación se fracturó por una confusión extraña de la que él me reclamó todo el tiempo. Yo tenía quince, él dieciocho. Los suficientes para crear rencores tontos que duran toda la vida.

Pienso y lo recuerdo en el momento en que cruzamos la frontera. Ahí, callado, porque fue una de las pocas noches que volvimos a pasar juntos. No nos hablamos porque nunca lo hacemos, pero lo primero que pensé cuando Marco fue a mi tienda para avisarme sobre la muerte de Alejandro fue que debí haber hecho más esa noche en la que, ahora, creo que debí decirle que no tenía intenciones de hacerlo enojar y que no iba a pensar mal de él por si quería quedarse. Él no sabría de qué hablo, esos eventos aún estaban por venir, pero es culpa del remordimiento. Aunque quizá esto sea una mentira: en verdad pensé mal de él cuando me dijo que no quería regresar nunca, que nuestra vida de entonces no tenía ningún significado y, peor, que yo era un tonto por no hacer algo de mi vida, por no querer contar mi historia y por querer estar enterrado como nuestros padres. Y no. Le hubiera respondido: no quería quedarme en Los Sauces, sólo no pretendía hacer como si no existiera. Fue su idea, después de todo, que viajáramos a Estados Unidos; fue él quien me dijo que debíamos dejar Los Sauces, cumplir nuestro destino de salir siempre y que sólo así encontraríamos una mejor manera de hacernos un nombre. Y lo seguí. Y ahora pienso que estoy volviendo por él, que eso es lo único que me queda en realidad. Volver a ver a un fantasma que no veo desde que ambos abandonamos a todos.

No quiero soltar mi casa, la tienda que me mantuvo tantos años y en donde llegué a ser Don Rodrigo. Sin más aspiraciones que estar ahí para servir y escuchar a los demás, sin la necesidad de servir a mis hijos y de recordar a mis padres, sin los problemas que representa el matrimonio y la fidelidad y la familia. Quizá ahora también me toque seguir a Alejandro. Pero no es lo que quiero. Es normal que piense tanto en él. Duele que ya no esté conmigo, que no haya regresado, que no pueda regresar después de toda la confianza que le deposité cuando éramos niños, después de todo lo que pasamos dos jóvenes que buscaban hacerse un nombre y fracasaron. No pudimos hacer nada en Estados Unidos. Le di toda mi esperanza y mis ilusiones y mis miedos. Le di también los únicos años que tenía para disfrutar la vida en Los Sauces y ver a mis padres envejecer y no regresar, solo y triste, a descubrir que allá ya ni Marco, que había partido al D.F., me esperaba. No sé por qué sabiendo todo eso volví a pensar hace un rato que seguiría a Alejandro, no es lo que siento ni lo que quiero; sin embargo, ahora que ya nunca va a volver, me parece normal recordar ese momento de quiebre, cuando decidí dejar mi vida, seguirlo, fracasar, regresar a México y fracasar peor. Y por más que le dije que viniera, que no importaba nada, que nuestro hermano Marco era importante, no me hizo caso, se quedó y, aunque le habló a Marco, nunca regresó para nada más. Me dijo cobarde por no olvidar los fantasmas. Hoy él ya es uno, pero tiene razón, no puedo dejarlo. Pienso y quizá perdono a mi memoria por todo lo que recuerdo de Los Sauces: su riachuelo, sus pocas casas, Nadia y José, la tienda de la que me fui para no ser como mi padre pero en la que terminé de todas formas. Por eso acompaño a Marco, quizá, aunque me prometí ya no seguir a nadie más, si de todas formas no iba a tener una historia que me pertenezca. Esas tres paredes de mi tienda me protegían y filtraban la realidad a través de una reja en la que yo podía hacer negocios sin salir lastimado, sólo escuchando a los demás, siendo un fantasma al que nadie pueda enterrar como yo nunca lo he hecho. Así no me pasaría lo que a mi papá, que tan pronto murió Alejandro negó de él. No quería eso para mí: yo quería quedar callado pero ausente, necesario para las personas sin el riesgo a salir lastimado. Porque no quería ser un fantasma que…

—Rodrigo. ¿Me escuchaste? ¿Tú no tienes miedo?

fuera olvidado. Y sí. Yo también tenía miedo. Ya estamos más cerca de salir. Y yo más que ninguno, creo. Eso de dejar la tienda me hace pensar en lo poco que he hecho. Qué poco he visto. También, y quizá más, en todo lo que he perdido: Nadia, José, Susana, mis hermanos y mis hijos. Todos. Tengo miedo, como Marco, pero quizá no por lo mismo. Aquí, es decir, ahora, en el avión, ya en el aire, sé que mi regreso a México es todo lo que me falta. Este viaje, de alguna forma, es mi última excursión. Quizá por eso acepté tan pronto el ofrecimiento de Marco para conocer a la familia de Alejandro. Sé que de regreso vuelvo a dejar mi tienda, mi hogar, de estos últimos treinta años, en donde soy Don Rodrigo.

Volar. Nunca lo había hecho. Creo que ahora, desde arriba, se ve todo diferente. Pienso en mí, el niño que salió de Los Sauces para cruzar a Estados Unidos y no logro comprender por qué un viaje que parecía tan largo, tan cansado, tan peligroso, parece ahora tan nimio, tan cercano, tan suave. Bajo mi vista. No sé dónde estoy. Quizá seguimos en territorio de la Ciudad de México, probablemente mis nietos me están viendo desde Neza, quizá estoy sobre mi tienda, o sobre el edificio en Patricio Sanz en donde trabajé con Susana tan pronto llegamos aquí a la Ciudad. Pero allá abajo no son ellos a los que quiero imaginarme. Deseo ver Los Sauces, donde sólo hay un camino, dicen, que se usa para salir.

 

***

 

 Joaquín Guillén Márquez (Nezahualcóyotl, 1990). Fue editor de la revista Tierra Adentro.

 

A casa de mis padres

Por Mónica Perea

 

Hoy no me pongo falda ni vestido. Entre menos llame la atención, mejor. Elijo los pantalones que me quedan nadando y los tenis cómodos pero viejos que tengo para estas ocasiones y que me aseguran un eficaz escape en caso de emergencia. Una repasada del cepillo en el cabello y nada de maquillaje, preferible pasar desapercibida. En la cabeza, una gorra verde de las que regalaron casa por casa —sin ser solicitadas— para apoyar al candidato del sexenio anterior. La mochila, también verde, que llegó con ese paquete ya me la robaron. Por eso, para guardar las cosas uso la mochila más rota, vieja y fea que tenga. Hubiera estado mejor dar mi credencial para votar para que me llegara también una televisión hasta la puerta de mi casa. Al parecer, ésas sí debían pedirse. Éste es el resultado de mi apatía política. Ahora a esperar hasta las siguientes elecciones para no desperdiciar mi voto. De cualquier manera, no me gusta apegarme a lo material. Si no hay que llevar mucho, el complemento ideal es una bolsa negra de plástico que esconda bien el contenido.

Cargada de espalda y mano, extiendo mi brazo libre para hacerle la parada al camión amarillo por tercera ocasión. Ya tengo el vestuario, ahora a interpretar el personaje. Camino unos 15 metros delante de la parada para subirme. Si aguardo al que se detenga justo frente a mí, podría pasar todo el día esperando y no está bien andar sola en la noche. Además, el chofer puede perder la carrera o el pasaje a manos del camión que acaba de rebasarlo, más me vale apresurarme para abordar. Los dos unidades anteriores no me tuvieron tanta paciencia.

Mi celular está guardado en lo más recóndito de mi mochila, en mi calcetín o, como señora del mandado, en el brasier junto con mi monedero, nada de carteras. Ni pensar en llevar mi computadora u objetos costosos. Si llevo algo de eso conmigo es porque tengo dinero suficiente para tomar un taxi. Pero de sitio, no vaya a ser.

Me subo al camión y trato de pagar con cambio, que nadie vea que traigo billetes, podría pensarse que cargo mucho dinero. Siempre procuro traer de más por si subió el pasaje y no me enteré. Por fortuna, aún parezco estudiante. Recuerdo entonces que ese disfraz tampoco es garantía de nada: en su primer semestre de universidad, a mi hermano lo asaltaron seis veces, una por mes. Le robaron hasta calzones. Además, aquí no hacen descuentos especiales. Tengo a mi favor que no es día de quincena, pero es viernes y… mejor pensar positivo. El camión aún trae mi asiento favorito.

Repaso con mi vista miope los rostros de los pasajeros a través de mis lentes, hay que verles las caras. “Los asaltantes se sienten intimidados siempre que sus víctimas los miran fijamente a los ojos”, recuerdo haber leído por ahí. Mientras los observo, intento grabarme sus facciones en la memoria. Por supuesto, jamás faltan sospechosos, me alejo de ellos de inmediato no sin antes darles la cara para que no me noten el miedo. ¿Cómo sé que esa mochila verde no es la mía? Aunque también pudo haberle llegado al señor que está dos asientos adelante. Tiene aspecto sospechoso y se le nota perturbado por mi mirada, creo haber logrado el objetivo de amenazarlo con la vista.

Los lugares que están sobre las llantas traseras del camión se ocupan poco. Es incómodo tener ahí los pies, por eso casi nunca tengo acompañantes. La posición que toma mi cuerpo se asemeja a la fetal y me hace sentir un poco más segura, también tener la puerta de atrás apenas a dos pasos reafirma esa sensación que baja la guardia cada vez que el chofer pisa el freno y deja subir a nuevos pasajeros.

Los baches suelen despertar a las personas más que los claxonazos o los vendedores de ocasión. Para lograr ignorar a estos últimos, hay quienes desarrollan la técnica del sueño fingido. Yo viajo con un libro ya leído para reforzar el conocimiento y estar atenta a cualquier señal por si se necesita huir de un momento a otro.

El camión recoge a una familia de cuatro integrantes: padre, madre y dos niños. A uno de los pequeños lo llevan cargando para no pagar su asiento, aunque se ve bastante grandecito. El conductor también lo nota pero está demasiado ocupado con la información que le da un checador desde la banqueta. Al parecer, la competencia nos lleva 3 minutos de ventaja.

Aumenta más la velocidad. El hombre de la mochila verde lo nota y se levanta de su asiento para pedir su bajada delante de un edificio en construcción evidenciando que trabaja en el tercer turno. No deja de soltarme una mirada molesta antes de descender. Definitivamente, ésa no era mi mochila, la suya se veía más nueva. ¿Cuántas habrán regalado?

Me siento un poco aliviada, pero no puedo concentrarme en la lectura, tampoco puedo relajarme lo suficiente para descansar los ojos; todo el camino voy alerta al movimiento dentro de la unidad. Y es que no hay ninguna garantía de seguridad, recuerdo la nota escandalosa de una familia entera de asaltantes donde los niños eran quienes pasaban a recoger el botín. Ahora no puedo dejar de mirar a la familia.

El trayecto que en auto tomaría 45 minutos, lo recorro en hora y media a bordo del amarillo. Sufro ese tiempo como si protagonizara una película de suspenso. Sólo me falta la música de fondo adecuada porque el ambiente festivo de cumbias, banda y salsa que escucha el chofer contrasta con el terror que intento ocultar. Hay varios osados que traen conciertos privados en sus dispositivos personales. Yo fui de esas valientes hasta que se atravesó en mi viaje alguien armado con más valor.

Me imagino así de envalentonada, trayendo una pistola de entre los calzones y sacándola para enfrentar a cualquier ladrón. Me gusta pensar que los otros estarían de mi lado, dejarían de ser el enemigo, me ayudarían y entre todos participaríamos para linchar a los delincuentes, incluso el conductor manejaría directo a la policía para dejar a esos maleantes tras las rejas. Pasajeros contra delincuentes, esa película sólo pasa en mi cabeza.

Un hombre con concierto privado se me queda mirando durante un atorón de tránsito. Creo que estoy sudando frío, no me gusta su mirada y no recuerdo haberlo visto antes. Me acuerdo de que llevo varios kilómetros dentro del estado con el índice más alto de feminicidios en el país. El hombre no deja de mirarme y mi corazón se acelera, trato de mantenerle la vista, de intimidarle, sin embargo, no puedo más que esconder mi mirada tras la gorra verde. Al hacerlo, noto que en la última frenada la gorra me quedó chueca. Quizá era eso lo que el muchacho veía con detenimiento. Apenas levanto los ojos y me doy cuenta de que otros más me están viendo. Cuando miro a mi izquierda veo que acabamos de pasar una patrulla de policía. No alcancé a notar nada más que eso. Me siento aliviada y a la vez inquieta por ver el reflejo de la torreta. Ésa era la causa del atorón. No me atrevo a preguntarle a nadie lo que dejamos atrás, mejor así, ya no estoy lejos de mi bajada.

Entonces se suben un par de chicos que no le pagan al conductor. “Ahora sí”, pienso y ruego para mis adentros que la cosa esté quieta. Ambos dicen que no van a robarnos y tampoco van a contarnos ningún cuento de sus familiares enfermos o del reclusorio, que estemos tranquilos, sólo subieron a que les demos una ayuda, a que los alivianemos. No quieren usar golpes ni amenazas, prefieren ese apoyo naciendo de nuestros corazones. Les tiendo mi mano que se mueve más bien a partir del miedo. Diez pesos por pasajero fue la cuota que impusieron. El camión se detiene y los dos muchachos bajan felices luego de darnos las gracias y bendecir nuestros caminos.

Estoy cerca de mi calle. Un semáforo antes voy preparándome para bajar al mismo tiempo que me recupero de la impresión. Mi madre me dijo que habían mandado enrejar la calle por los robos, la de ella era la última que faltaba por encarcelar, así que debo bajarme hasta la siguiente entrada a la colonia. En mi afán por traer lo indispensable, olvidé las llaves de mi antiguo hogar donde venía la de la puerta directa. Tengo que regresarme bastantes metros y rodear mucho para llegar, el camión apenas se detuvo.

La caminata me sirve para disminuir la tensión, y desaparece por completo cuando veo la cara sonriente de mi madre en la puerta de la casa que cierra con llave detrás de mí. Por fortuna fue una película de suspenso hecha por un estudiante de cine promedio donde no pasó nada. Dentro de mi antigua residencia puedo volver al melodrama donde tendré mis faldas y vestidos limpios en unas horas, y la peor tragedia será que olvide un par de zapatos para lucirlos cuando llegue papá del trabajo.

 

***

 

Monica Perea (Cuautitlán Izcalli, 1986). Dramaturga, productriz amante del drama y del pedal.

Tlalnepantla

Por Edgar Yepez

 

Es de madrugada aún cuando vibra y suena el teléfono sobre uno de los dos burós. Él se despierta creyendo que es la alarma. El cuarto, oscuro y caliente, parece seguir en un sueño vívido y confuso. Le dice, con una voz reposada durante la noche, que hay que prender el boiler. Pero ella sólo devuelve un ruido mudo y él no sabe si eso es una respuesta o más bien sigue dormida. Se estira para tomar su teléfono, entrecierra los ojos para focalizar el tenue brillo de la pantalla, pero el teléfono está en negro. Se gira para tomar el suyo que, se da cuenta, no ha vuelto a sonar. En la pantalla de notificaciones un whatsapp de su padre que pregunta si está despierto, dice que lo llame. Sabe que no ha cruzado enteramente la frontera entre sueño y vigilia pero aun así se levanta de golpe, se saca las cobijas de encima y empieza a marcar. Ella, desde el fondo del sueño, pregunta qué pasa.

*

Es la urgencia, se dice a sí mismo, la que determina el quebrantamiento de una posición política. Usar Uber. Fuera de casa, sobre la avenida, mientras espera un Sentra gris, repasa la argumentación con que hace unos minutos ella lo sacó de su pedante compromiso. “Es más rápido así: en lo que caminas a Buenavista, tomas el Suburbano y los camiones, si hay…” “¿Cuánto te va a costar un taxi hasta Tlalnepantla?” “Bueno, llévate el coche y yo me voy al trabajo en taxi o uber”. “Sí, hasta Interlomas, ¿qué tiene?” En eso está cuando ve doblar al Sentra gris. Se sube y dice, repitiendo las palabras y el tono con que las dijo su padre: “Urgencias de la Clínica 72, en Tlalnepantla, lo más rápido que puedas”. Mira al chofer meter la dirección en Waze; “esa puta prótesis”, se dice en silencio. Dan vuelta sobre Aquiles Serdán y recién ahí se percata que la incertidumbre aún no ha mutado en angustia o miedo. Cree, naturalmente, que a medida que se vaya acercando el proceso, catalizado por la inevitabilidad, se desatará. En Puente de Vigas cae otro whatsapp. “¿Dónde vas?, márcame”. Su padre le pide que pase antes a la casa por la última tomografía que le sacaron a su madre. “Sí, ésa, la que sacaron en el Hospital Regional de Tecámac”. En Gustavo Baz, ya casi para entrar en la Unidad Habitacional recuerda el día que hicieron la tomografía. Tuvieron que ir dos veces porque el día de la cita no les avisaron que el aparato no funcionaba, era necesario reemplazar una pieza y calibrarlo nuevamente. Además, todavía no estaba autorizada la orden de compra. Volvieron meses después y de regreso él equivocó el rumbo, tomó la carretera hacia Hidalgo, no hacia el Estado de México. Los cuatro, sus padres, su hermana y él, jugaron con la idea de seguirse hasta Pachuca.

*

Quiso devolver a sus padres las llaves de su casa el día que se mudó al D.F. Se negaron, insistiendo que ésa seguiría siendo su casa siempre y podía disponer de ella cuando y cuanto quisiera. Cuando los visitaba no tocaba el timbre, abría con sus propias llaves; pero nunca, hasta ese día, las había usado sin que ellos estuvieran. Entró en la casa a oscuras y con el aire encerrado, el cielo ya era ese prólogo azul antes del amanecer. Era, pensó, como entrar en un mausoleo. Antes de buscar la tomografía subió al baño y antes de eso, entró al cuarto que había sido su habitación. En seis meses sus padres la habían usado, alternativamente, como bodega, cuarto de costura, cuarto de televisión y un semi gimnasio. Pasó entre cajas, telas y un aparato de ejercicio cubierto en polvo. Abrió su closet e inventarió, rápidamente las cajas con todos los libros que nunca se llevó al departamentito que ella y él se habían conseguido un semestre atrás. Hacía más de año y medio que no escribía o leía nada; ésa, entre otras, fue la razón para no llevarse ninguno de esos libritos que con tanta ilusión y entusiasmo fue juntando durante años. Corrió la cortina y vio, como cada mañana durante veintitantos años, el muro de Mathias Goertiz. Recordó el dato incomprobable de que la escultura frente al muro, “las estatuas” como desde siempre le han dicho en la Unidad, era también obra suya. Se lo había contado la novia de un amigo, una noche imprecisa en que, ebrios, regresaban de una fiesta, pasaron frente al muro y la novia, una arquitecta con una tesis tan demencial como estéril sobre la obra del alemán, dejó una ofrenda —unos cacahuates sobre una cajetilla vacía de cigarros— junto al muro. Y el recuerdo lo llevó más atrás. Cuando jugaban futbol sobre la explanada, entre “las estatuas”; cuando jugaban frontón en el muro; cuando se rompió el cúbito en la patineta. Y luego otros: caguamas y fumar bajo el muro, llevar a la noviecita detrás del muro.

*

Camina a Gustavo Baz y le hace la parada a un Cuautitlán-Metro Rosario. Pero cuando el camión baja la velocidad cae en cuenta de que va en la otra dirección. Dice que no con el dedo y el camión se sigue. Se cruza, no por el puente peatonal que debe quedar, calcula, a doscientos metros. Se sube a uno que va hacia Tequesquinahuac y lo deja frente a la Clínica 72. Abordo, saca las placas, ve cortes transversales, longitudinales, simetrías, asimetrías, manchas, puntos, coordenadas, sospechas, intuiciones, profecías y fatalidad. No saca nada de lo que ve, no sabe qué mira, qué busca; sí sabe, en cambio, que no tiene entrenamiento o códigos para esa leer el fondo del cerebro de su madre. Pero se consuela diciendo, en voz baja, que el mapa nunca es el territorio. Consecuentemente, piensa que acaso esa también sea la razón por la que ya no escribe y, peor, tampoco lee, y por lo cual sus libritos están cuidadosamente embalados en cajas al fondo de un closet de un cuarto inutilizado en Tlalnepantla. Mientras él va a la Biblioteca Vasconcelos dos, tres veces por semana y saca los tres libros permitidos, que tampoco lee y sólo hojea y devuelve para sacar otros tres que tampoco lee y así durante los últimos seis meses. Semáforos más adelante se suben dos tipos, amedrentan con el lenguaje corporal, el tono y velocidad de sus palabras. Lleva cada uno una caja de cartón con producto —Bubulubus—, las asas son varias vueltas de cinta canela. Dejan dos por cinco sobre las piernas de todos los pasajeros que, cuando los vieron subir, unos se hicieron los dormidos, otros fingían leer; los que usaban el teléfono lo guardaron en sus calcetines, el pantalón, la bolsa o el brasier. Es, lo saben todos los involucrados, una suerte de asalto psicológico-conceptual. Vienen pidiendo por la derecha, ganándose una moneda honradamente, contraponen que podrían arrebatarles sus pertenencias y faltarles al respeto pero que, desde que salieron del reclusorio ya no quieren andar de cábulas. Unos se llevan los Bubulubus, los que no, dan monedas. Él simula seguir concentrado en la tomografía y una consternación que no ha sentido desde el whatsapp en la madrugada. No es la primera vez que le pasa ni será la última, más o menos se la sabe y por eso se levanta de pronto, un par de cuadras antes de su parada, se acerca al que va atrás y le dice: “Ahí en la otra te aliviano, carnal”. “Sale, carnalito”, le responde exhalando thinner.

*

¿Dónde vas?”, pregunta su padre. “Acá, ya en la Clínica”, tipea al doblar en Gustavo Baz. Ve que su padre se levanta apenas entra a Urgencias. Se saludan, le pide la tomografía y se dirige a un mostrador lleno de gente que alega, pregunta y espera notificaciones. Otro recuerdo, más o menos, involuntario: la fila larga e ineficiente para pasar migración en el aeropuerto de Washington, donde hizo escala cuando fue a Europa, gracias al dinero federal que recibió por un volumen de ensayitos tan misceláneos como ingenuos y afectados. Neoformalismo, puro. Su padre ni lo voltea ver cuando le indican que puede pasar y llevar las placas al doctor que atiende a su esposa. Él busca un asiento: no hay. Va y se recarga en una pared, entre el puesto de fotocopias/cafetería y la entrada por donde las ambulancias bajan gente en camilla.

*

Pasan varios minutos, su padre ni sale ni avisa nada y él, desde siempre tan proclive, se abandona entonces a la pasividad de la contemplación. Entra en esa suspensión de todo que es la previa a la actualización terrible, tranquilizante o incierta que comunicará su padre cuando, por fin, salga. Se abisma en las familias de cinco, seis, siete miembros que se turnan asientos, consultan con médicos y necean con burócratas, con sus cocteles de fruta junto a la máquina de escribir, que responden hartas y déspotas. Doblan cobijas, sacan rollos de papel de baño y garrafones de agua. Se ven cansados, en una incertidumbre que debe llevar ya varias horas o días. Despiertan todos, salen de su abstracción y sus temores cuando entra corriendo un tipo con un niño inconsciente en brazos. Parece que lleva un trapo sumergido en sangre. Todos abren paso y alguien, que no es personal de Urgencias, abre la puerta y dice “por acá, por acá, pásate”. La señora que iba detrás se queda afuera. Llora y grita, algunos se acercan, le dan un asiento y la consuelan. Todos en la sala de urgencias se voltean a ver, se descubren en plena metabolización de la irreversible tragedia que los acaba de cruzar. Él, que no se inmuta, los mira mirarse un poco avergonzados.

*

Detalles y el conjunto de la circunstancia le imponen imágenes, no recuerdos, de Europa. El primero, reiterativo, su cuenta de banco vacía, luego de gastarlo todo en pasar tres meses en el mito de la experiencia Europa. Como si en los primeros quince años del siglo XXI, con sus implicaciones tecnológicas, todavía fuera posible sostener diferencia alguna entre turista y viajero. Cruzar una frontera, está desgranando la epifanía que acaba de tener, desde la ilegalidad sin saber el idioma del lugar al que se va, dejando una vida atrás, quizá sea la única forma de viajar fuera de una lógica pequeñoburguesa. Mira hacia la puerta esperando ver a su padre, pero no. Deja flotar la idea que acaba de tener entre el mar de postales europeas en que está desde que volvió. Le parece que debería anotar eso, desarrollarlo. Confía en que sea eso la sutura de esa suerte de lesión psicológica que fue regresar. No porque acá sea peor, sino porque estar allá fue habitar en esa invulnerable suspensión que tanto pretende porque sólo ahí es medianamente funcional. Ahí en el constante aplazamiento de responsabilidades y deseos. En el vacío del anonimato y la contemplación. Teoriza que la ansiedad, el bruxismo, andar con los puños apretados, es la imposibilidad de capitalizar la experiencia en algún tipo de producto cultural que traiga ganancias, aunque fuera simbólicas. Naturalmente piensa que debiera ser un libro pero sabe que no le da, que él no da, para eso. Posiblemente salga un relato corto, un poema largo. Saca su teléfono para anotar la idea; últimamente teme eso, olvidar ideas que juzga válidas. Cae un whatssapp de su padre. Va para largo. Está complicado. Los doctores no dicen o no saben mucho. “Ok”, escribe pero no lo manda. “Está bien, pa”, pero tampoco lo manda. Busca un emoji que exprese, no lo que siente, sino lo que su padre espera que sienta. No cree que su padre juzgue lícito responder con una carita. Al final no contesta nada. Abre Twitter y lima la idea una y otra vez hasta que la ajusta a los ciento cuarenta caracteres: “El único viaje no #PequeñoBurgués posible: cruzar fronteras desde la ilegalidad, sin el idioma del lugar al que se va, dejando todo atrás”. Sabe que no habrá libro, relato o poema, su epifanía nunca pasará de ahí.

*

Sale su padre varias horas después; visiblemente exhausto, abatido, pálido. Él se acerca y pregunta “¿cómo está, cómo va todo, qué dijeron?” La cara de su padre es el inexistente emoji en el catálogo de su teléfono. Lo deja en un asiento y va a conseguirle un café y un sándwich. Su padre apoya los codos en los muslos, baja la cabeza y entrelaza los dedos sobre la nuca. “Anda, no has comido nada”. Pero no le contesta. Se escucha una sirena y la sala de urgencias se ilumina con la luz roja de una torreta. Mira la cabeza calva de su padre y piensa, ojalá sea cierto y la calvicie se salte una generación. Otra vez le ofrece el café y el sándwich. El tipo junto al padre se levanta y le cede el asiento. Pasa su brazo por la espalda y el otro sobre la rodilla. No puede recordar la última vez que fue tan cariñoso con su padre. O su padre con él. No llora, ni habla, ni se mueve. “Papá, ¿qué te dijeron?” Le da el parte médico; algunas cosas las entiende clarísimo, otras no tanto, o no quiere entenderlas. Escucha sin decir nada, contempla a la gente en la sala de urgencias y se pregunta quién estará peor. Ahora todos abrigados, con cobijas, chamarras, bebés envueltos, gente dormida de brazos cruzados con la cabeza clava en el pecho. Periódicos gastados de tanta lectura ausente. Y otra vez el asalto de imágenes europeas. El africano de ojos hundidos al que le compró un tripié inservible en el puente Sant’Angelo en Roma. La vieja centroeuropea tirada sobre el puente del Rialto, pidiendo limosna, flagrantemente ignorada por tantos turistas aquel día de carnaval en Venecia. El hindú en Viena, frágil como las cosas rotas, que se preparaba para meditar afuera de un Esprit sobre la Mariahilfer Strasse desierta. Miserabilismo europeo, piensa. Y se le aparece, inmediatamente, una pinta saliendo del metro Marcadet de Poissonniers, en el 18, la Petite Afrique de París: “África es el futuro”. Tlalnepantla es el futuro.

*

La culpa le conduce a proponer que él se queda esa noche. No tiene cama, no la subirán pronto a piso y un familiar se tiene que quedar en Urgencias por si hay novedades, buenas o malas. Se despiden y le pregunta si vino en coche. “No, llegamos en ambulancia”. “Vete en taxi, ya es muy tarde”, le dice. “No, acá en Gustavo Baz tomo el que me deja en la casa”. Se abrazan y, otra vez, no puede recordar cuándo fue la última vez que lo hicieron. Igual al volver de Europa, pero no está seguro. Va y se sienta, ahora no son tan codiciados los asientos, imagina a su padre caminar hasta la esquina, cruzar el oscuro, sucio y solo puente peatonal, parar un Metro Tacuba, bajarse frente a la Coca-Cola y entrar en ese laberíntico desierto de andadores que es la Unidad Habitacional donde viven. Lo mira entrar, solo, en la fría penumbra de su casa. Se siente aliviado, capaz, desvalido, libre, egoísta, melancólico y aún más culpable. Piensa, por primera vez, en su madre. Después, intuye que el libro estaría ahí, en la tercermundización de Europa. Se quiere imaginar escribiéndolo pero sólo alcanza a verse inmerso en un mar de niebla o nadando en un mar de sargazos. Se distrae un segundo y comienza a alejarse de ese horizonte de una plenitud falsa. No está cansado, no tiene sed ni hambre, no tiene sueño. Saca el teléfono, abre Twitter y empieza con el interminable, inútil y sordo scroll de todos los días.

 

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Edgar Yepez (Satélite, 1982). Es licenciado en Diseño industrial, escribió Paraísos vulnerables (FETA, 2013).

El Lugar de los cuatro barrios

 

o el Lugar en los cuatro barrios

o el Lugar en las cuatro casas

 

Por Lizbeth Zavala

 

Yo siempre digo que soy naucalpense de corazón, pero los chilangos se ríen de mí. Lo asocian a bajar del cerro a tamborazos y andar en burro, me imagino. O no sé qué pensarán, que soy de rancho, de provincia, como se dice. Comentan que es feo y aburrido —lo cual es cierto, en la actualidad— o simplemente que alguna vez oyeron de él, o fueron a Satélite. Pobrecito Naucalpan, que al igual que a toda el área metropolitana, los defeños se lo agarraron de cachazapes. Ay, Estado de México, te agradezco haberme dado dónde vivir, pero sí estás de la chingada.

Lo cierto es que nunca pensé en Naucalpan y nunca pensé en Edomex, ni en el ridículo himno que le corresponde, hasta que después de 25 años me vine a vivir al defe, ahora “el estado que es ciudad”, como también le oí decir a alguien, que por cierto me cae mal. Bueno, sentía que yo en mi vida anterior sentía que vivía en el defe. Incluso cuando yo era la extranjera, a cierta gente le dije que yo venía de ahí, del defe. La conversación se acotó con un bueno, no exactamente, de la orilla, pero es la misma mancha urbana. Y sí es también una mancha, pero no con la misma mugre.

Y me pasa que amar a Naucalpan es como amar a mi padre. Yo no lo elegí, no le pedí nacer ahí, no estoy de acuerdo con él, nunca lo voy a estar, no me enorgullece, me encabronan sus historias y le atribuyo ciertas conductas mías que me generan conflictos personales y frustraciones, pero al final es mi lugar de origen, me hace sonreír, tantas carcajadas me ha oído, y cada domingo, aunque efímera, siento una paz. Y entonces es que me prometo otra vez que nomás iré cada quince días.

No es que piense que el defe es mejor y soy un ser superior ahora que vivo en la gran ciudad, oh, no. El defe es simplemente mi resguardo de la familia. Tiene una serie de conflictos de los que no hablaré ahora. Sólo que al vivir aquí me di cuenta de que no son la misma mancha urbana como dije cuando era extranjera, no en definitiva, y me di cuenta de lo que realmente es Naucalpan de Juárez, Estado de México, es decir, por primera vez pensé en él.

 

Resulta que, para empezar, es tierra de nadie en el cerebro de muchos. Comencé a sentirme una víctima del tiempo que me tomaba transportarme ahí, una sufrida sobreviviente a los asaltos y violaciones, una aventurera en contra de la corrupta policía, una penitente de los altos costos del transporte público y una aburrida, porque Edomex suena a aburrido.

Y es que mi tierra sí es todo eso y otras cosas más, que ahora explicaré.

Todos los mexicanos nos sentimos aztecas, pero no, en Naucalpan en realidad somos tlatilcas, una civilización incluso más antigua que las civilizaciones teotihuacana, tolteca, chichimeca y azteca. Pero quién piensa en eso. Nadie, evidentemente. En las escuelas no se menciona y los pobladores sobreviven sí a Naucalpan, pero como los seres humanos sobreviven a los seres humanos. Bueno, hay vestigios de aquella historia. Hay, por ejemplo, un Museo de la Cultura Tlatilca, que yace debajo de un puente y del desinterés. Y entre las antiguas vías del tren y las zonas más delictivas del municipio se erige por ahí una pirámide tlatilca. Y quién se pregunta qué es, de dónde salió, por qué vale madres. Esa indiferencia de la historia, esa ignorancia, es la justicia del presente.

Pobrecito Naucalpan. Hay también un cerro que otrora fuera una pirámide, el tan mentado “Cerro de Moctezuma”, pero Moctezuma no era tlatilca, curiosamente. Aunque Hernán Cortés tras la conquista le regaló Naucalpan a la Isabel de Moctezuma. Le dijo ten, te lo regalo, no importa. Supongo que el nombre va por ahí. Y está resguardado por el INAH, aunque ahí no hay ningún arduo equipo de arqueólogos rescatando el legado; ahí más bien hay ardorosos jóvenes consumiendo drogas y consumando sexo, al acecho de la policía extorsionadora.

Tampoco nadie sabe que Naucalpan fue un barrio de Tlacopan. ¿Y qué chingados es Tlacopan? Tacuba. Y en algún momento lo fue del imperio Tepaneca de Azcapotzalco. De seguro enorgullecería a algunos saber que en principio fue defe cuando no era defe. Y los chilangos no han de saber que la cantera, la arena y la grava del Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana los sacaron de alguno o más de alguno de los cuatro barrios de Naucalpan. Tampoco es que lo sepan los naucalpenses.

Oh, y qué decir de las leyendas urbanas. Se dice que la erección de la iglesia de los Remedios, hoy tan importante que es Basílica Menor, tiene algo que ver con la historia de la Conquista. De hecho, la Virgencita de los Remedios, santa patrona de la Conquista, es la santa patrona de esa iglesia. A esta Virgencita se le conoce como “la Generala”. Y cuenta la leyenda que en la Noche Triste Hernán Cortés y compañía escondieron su efigie debajo de un maguey, la cual un indígena encontrara y considerara un milagro gracias al que se erigiera la capilla. Y no sé si soñé o me habría gustado que la historia fuera más emocionante, pero yo me sabía la versión de que Hernán Cortés se había encabronado con “la Generala” por no haberlo socorrido en la batalla y la había arrojado en el camino. Y me encanta la imagen de Cortés aventándola con los ojos bañados en fúricas lágrimas. Así que pa’ mí ésa es la verdadera.

Y dicen, dicen, que entonces Hernán Cortés no chilló en Tacuba, sino en San Juan Totoltepec —que en esa época correspondía al Tlacopan, que hoy es Tacuba—, donde me enamoré por primera vez, y que un bellísimo ahuehuete en los lindes del río de aguas negras de la colonia es el verdadero Árbol de la Noche Triste. Aunque luego leí que en realidad Hernán Cortés no lloró ni en ése ni en ningún otro árbol. Y aunque todos los mexicanos, mexiquenses y naucalpenses se sienten aztecas, veneran a la Virgencita de los Remedios, “la Generala”. Y llegan a ella muchos peregrinos cada 1° de septiembre. Hasta les construyeron “La casa del peregrino” en los lindes de la dramática escultura de San Miguelito Arcángel asesinando a Satanás personificado de dragón.

Nadie sabe que a las 4 am salió de Naucalpan el presidente Benito Juárez con dirección a Querétaro. Y entonces que el nombre completo es Naucalpan de Juárez, y su centro otrora Villa de Juárez. Y la verdad es que yo me enteré de todo esto para escribir todo esto. Y nada de esto importa para los naucalpenses, corazón que no ve, corazón que no siente. Y en Naucalpan sólo se ven micros y tienditas y las Torres de Satélite. Y eso es lo que se siente.

También hubo otros eventos históricos menores, que son tan menores que no retomaré.

Me saltaré hasta la industrialización de Naucalpan. En 1975 se reconoce que Naucalpan es uno de los municipios más industrializados del país. Fin de la historia.

 

¿Cómo es Naucalpan?

Gris.

Café.

Verde militar.

Verde seco.

Blanco.

Gris. La zona industrial es enorme, triste, injusta, como todas las zonas industriales. Me da desconfianza.

La calidad del aire de Naucalpan es una de las peores del área conurbada.

Café. Están todas esas colonias a lo largo del río de aguas negras y las vías del tren, al que escucho nostálgica en mis recuerdos. Sus vagones ahora son viviendas e incluso hasta hay una escuela, una escuela que está entre las mejores de todo el país. También hay una colonia llamada Tercer Mundo, colonizada por paracaidistas que no son paracaidistas comunes y corrientes, de diccionario. Esa colonia alberga varios “bares” ilegales en los que emborraché durante mi periodo en la universidad. Uno muy famoso es El Tercio. Aún puedo visualizar a la frondosa señora sirviendo las caguamas en el patio de su casa.

Varios ríos cruzan Naucalpan, todos de aguas negras. Incluso hasta hay una presa de aguas negras.

Verde militar. Ahí está el enorme Campo Militar 1.

Verde seco. Hay una zona boscosa relativamente grande y carcomida por plagas ocasionadas por eucaliptos, y la plaga más asquerosa conocida como hombre.

Blanco. La vida le ha otorgado dos de las zonas panteoneras más grandes de la metrópoli. Qué belleza, qué mordaz gesto, qué regalo tan lleno de sarcasmo, kilómetros y kilómetros de tumbas. Qué chiste tan más pesado. Algo habrán hecho los tlatilcas. Algo habremos hecho todos los mexicanos.

¿Qué hacer en Naucalpan? ¿A dónde acuden los oriundos de Naucalpan el domingo? A Plaza, a SanBar, al Naucalli. ¿Qué hace la gente de Naucalpan que gusta de actividades culturales? Pues va al defe.

Cuando llegué al defe e hice mi primer súper en la Comer de Chabacano y el segundo en el Wal-Mart de Nativitas, me di cuenta de cómo extraño los supermercados de Naucalpan. Y cuando fui a Centro Coyoacán o a Parque Delta, me di cuenta de cuánto añoro Plaza Satélite. Y es que esa añoranza se explica en que todo lo que tiene que ver con consumo es copioso en Naucalpan, los centros comerciales son exageradamente arregladitos y variados. No hay mucho más que hacer, los únicos teatros que hay son los del Palacio Municipal y la Unidad Cuauhtémoc; ah, está la escuela de Bellas Artes, en eterna decadencia; ah, hay un lugar llamado Film Club Café, donde proyectan cine de arte y organizan talleres y conciertos. Punto. Ah, también hay un colectivo de foto que se llama Caca. Ok. No es que haya mucho más a dónde ir más que a las tiendas. Entonces concluyo que por eso están tan bien surtidas. También hay un enorme mercado de cháchara en la colonia El Molinito.

La UNAM nos regaló la Facultad de Estudios Superiores Acatlán y el Colegio de Ciencias y Humanidades de Naucalpan, aunque todos los gachos de CU nos ven con desprecio. Sucede lo mismo que ser de la Zona Metropolitana pero de Naucalpan no de defe.

Tipo de suelo: concreto de la peor calidad, miles de baches.

Política. La presidencia municipal es priista desde hace varios trienios, aunque muchos años fue panista. De momento todo lo que fue blanco y azul, ahora tiene el color de la bandera mexicana. Todo lo que han tocado lo han arruinado. Todo lo que ya estaba malhecho y feo ahora es peor.

Naucalpan es sinónimo de marginación en varios aspectos. Es marginada del defe, por el gobierno del Edomex y por los mismos naucalpenses. Hay mucha pobreza, un apogeo de chakas y microbuses, chafiretes disfrazados de  San Juditas. El ‘lugar de los cuatro barrios’ o ‘en los cuatro barrios’ o ‘de las cuatro casas’ es cuna de violaciones, raptos de menores, ríos de drogas, asesinatos, feminicidios, robos a casa habitación, crímenes pasionales y venganzas, pandillismo, ignorancia, una completa falta de cumplimiento al orden vial, atropellamientos, accidentes automovilísticos fatales, una de las policías más corruptas, contaminación visual, auditiva y olfativa. No quiero hablar del metro Toreo, nuestra conexión con la gran ciudá. Muchas cosas horribles. Todo eso hay en Naucalpan.

Ni siquiera los movimientos sociales en Naucalpan son normales. Existe, por ejemplo, el Movimiento Antibache Naucalpense Organizado. Que ni bien redactado tiene el nombre y como protesta festeja los cumpleaños de los baches. Y es que algo tan bobo como ello termina siendo inteligente aunque infructuoso, como muchas de las acciones inteligentes en la vida. Ampliación los Remedios, un movimiento virtual, tiene un Facebook que pretende ser un portal de apertura para la denuncia de las injusticias cotidianas de la colonia que me vio crecer. Pero lo administra una abogada, que se anuncia como abogada; y como pasa con todas las acciones políticas en México, el acto se desvirtúa. Y el espíritu panista de Naucalpan nunca se ha perdido: vi que el otro día hubo una protesta por la paz y la seguridad en las emblemáticas Torres de Satélite, con todos vestidos de blanco. Y eso es todo. A nadie le interesa protestar usando de taparrabos la jeta del diputado, disfrazarse, pintarse las patas con pintura roja, la faramalla, digo, la protesta espectacular sólo es propia del defe.

No me gustaría llegar al tema de los satelucos, pero algo diré. Diré que para el chilango el Estado de México es Satélite. Y para los naucalpenses Satélite es Plaza Satélite. Y para los satelucos, Satélite es su corazón. Son satelucos, ¿ves? Fueron al Cristóbal, al Carol y al no sé qué en Lomas Verdes, ¿ves? Y los satelucos que viven en el defe hablan de sí mismos como una tribu, ¿ves? Y Satélite es todo un tema, ¿ves? Fue un símbolo, fue; las Torres son un símbolo, lo son; ahí está el Naucalli, ahí sigue; y también la única “zona de librerías” del estado: un Gandhi y un Sótano. Osh.

No. Naucalpan no es un lugar bonito. Ni es un lugar seguro. Es un lugar inseguro. Sin embargo, así como a mis padres, le agradezco a Naucalpan haberme dejado vivir, porque también me la he pasado bien y, como dicen las señoras, he tenido vida. No sé qué diría Freud de mi amor por mi padre y por Naucalpan. Le agradezco mucho los resquicios de un bosque. Le agradezco la presa de aguas negras, el “bosque” de los Remedios, el Parque de La Hoja, pasé ahí muchas vacaciones con mi hermano mientras mis papás practicaban del sano deporte del jogging. Gracias, de verdad, gracias infinitas por todos esos árboles, todos esos pirules, fresnos, álamos, cedros y la sarta de eucaliptos, les agradezco infinitamente haberme dado un lugar fuera de casa para explorar mi sexualidad. Tantas caricias en el bosque, tantos besos, esas risas, tantas aventuras. Hasta un pinche perro me mordió. Claro que también le agradezco la universidad y eso.

Para terminar, diré lo que sigue.

Cada vez que me subo a mi bici en el defe, en vez de al metro Toreo, todavía en el estado, pienso en mi Naucalpan, mi tierra, pienso en la gente que vive ahí sobreviviendo a la ignorancia y a las injusticias; pienso en el miedo que me dan los microbuses y los chakas en la motoneta —se dice que son los rateros y/o narcomenudeístas—, porque pienso en la gente que amo y vive ahí, y también en la que no amo, o sea, la sociedad en general; pienso en esas terribles historias de niñas violadas y asesinadas; pienso en las mujeres violadas en el bosque; y pienso que Naucalpan realmente es cuna de la desgracia. Pero luego pienso que el defe también está así, sólo que hay más gente; pienso que todo México está así y que mi imaginación no es capaz de vislumbrar la realidad; y luego pienso que en todo el mundo, en toda la historia, la humanidad se ha encargado de cultivar la miseria. No es consuelo de tontos. Es más bien que, como diría un alguien a quien admiro profundamente, el hombre es un error de la evolución.

 

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Lizbeth Zavala (Naucalpan, 1987). Editora.