La nueva Ciudad Juárez

 

Por Patricia Arredondo

 

para Erik Alonso, para los mexiquenses y los juaritos

 

Toda una generación conoce la voz y el tono que acompañan a la frase “Canal 5 solicita su ayuda para localizar”. En los noventa, por las mañanas se interrumpía la programación y después de alguna caricatura aparecía en la pantalla la fotografía de un desaparecido o de alguien que, decían, se había extraviado. Después de mencionar algunos rasgos y las señas particulares de esa persona, en ocasiones se hacía mención de que ésta “padecía de sus facultades mentales”. Para mí no era todavía muy claro lo que se quería decir con “padecer de las facultades mentales”, así que imaginaba que, sobre todo, eso significaba que esa persona tenía un problema de memoria que le impedía recordar el camino de vuelta a casa.

La angustia que me provocaba ver esos rostros en la televisión por las mañanas permanecía durante todo el día y se convertía en pesadilla por la noche, se reproducía cuando mi mamá se iba muy temprano al trabajo y se duplicaba si se demoraba al volver. En aquel entonces mirar televisión era nuestro modo de espera, uno conocía la hora por el programa en turno y relacionaba los horarios de los adultos, y de la vida en general, con los de la programación del canal que elegíamos ver a diario, de modo que si la puerta de la casa no se abría mientras comenzaba el programa de las siete era probable que algo hubiera pasado. Por lo que una demora causaba que un carrusel de rostros que había visto en el Canal 5 se reprodujeran de inmediato en mi cabeza y esto no paraba hasta que escuchaba llegar a mi mamá.

Pero, así como la alerta amber era entonces parte de la programación, lo eran los comerciales dirigidos al público infantil, en los que se sugerían situaciones de riesgo: al salir de la escuela una persona se acercaba a un niño y le ofrecía un dulce o algo, le tocaba el hombro y entonces se congelaba la escena y se activaba una alarma de robo al mismo tiempo que se intervenía la imagen con una intermitencia en rojo, luego aparecía un actor para dar el consejo con el que se remataba “di no, cuenta hasta diez y cuéntaselo a quien más confianza le tengas”.

Ese anuncio me salvó un día de Reyes en el que iba caminando de casa de mi abuela en Tlalnepantla a casa de mi mamá. Tenía cerca de 11 años e iba llorando por un berrinche; estaba por abrir la puerta cuando una camioneta se orilló y se detuvo, la manejaba un hombre que me preguntó por qué lloraba y me ofreció una muñeca, me pidió que me acercara al coche, la mano comenzó a temblarme y no lograba atinar a la cerradura; el señor insistía en su oferta. El terror me tenía entre nerviosa y paralizada, por lo que pienso que milagrosamente logré abrir la puerta y entrar a mi casa. De un modo muy triste éste es uno de los recuerdos más nítidos que tengo: nunca pude olvidar la cara del tipo, el color de la camioneta, las palabras que dijo y lo que sentí al pensar que podría haberse bajado del coche y haberme obligado a subir.

Lo que imaginaba que podía haberme pasado ese día estaba en cierto modo condicionado por la televisión. En casa de mi abuela veían programas como Mujer, casos de la vida real, cada capítulo estaba basado en una carta que supuestamente había sido enviada por alguien de la audiencia y en la que ese alguien contaba su historia. Una gran parte de los casos se trataban de robo de menores, desapariciones y secuestros. Fue en ese programa donde por primera vez supe de las muertas de Juárez, donde escuché el nombre de Ciudad Juárez como el de un sitio al que debía temérsele por lo que sucedía ahí. De niña la televisión me hizo ver a Juárez como un lugar oscuro lleno de fábricas, asesinos y cadáveres de mujeres.

Algo de alivio había en mí al saberme muy lejos de esa ciudad, al pensar que al estar lejos de ella sus problemas no podían tocarme; me alegraba no ser una mujer que al crecer tuviera que trabajar en una fábrica y pudiera ser asesinada al salir de ella. Jamás, ni remotamente, en mi niñez pude imaginar que en un futuro esa ciudad que me parecía tan lejana se convertiría en algo muy cercano. Nunca creí que yo sería una de esas mujeres que a diario temen por su vida, a las que les da terror salir a la calle o que no vislumbran caminar de noche. Nunca creí que ese miedo que sentía ya de niña por una violación o un secuestro crecería conmigo.

Alguna vez en que viajaba en el coche con mi papá conversábamos acerca de la violencia y él dijo una frase que sintetizó nuestra plática: “La violencia está en los límites”. Hablábamos entonces de los asaltos que ocurrían cerca de la casa, los cuales justamente eran más constantes en cruces o en las avenidas donde el territorio dejaba de ser del Estado de México y se convertía en DF, o viceversa.

Mi papá y mi abuela solían satanizar la ciudad porque en sus tiempos ahí era donde estaban los rateros, de algún modo cuando mi abuela decidió establecerse en Tlalnepantla, nuestro pueblito, creían, estaba a salvo de episodios violentos. De hecho, para mí una de las únicas ventajas de vivir en Tlalne fue que la casa de mis padres estaba justamente en un límite y cruzar a la ciudad no era complicado cuando quería conseguir libros o consumir cultura; o al menos no como les resultaba a algunos amigos que vivían en Ecatepec o Cuautitlán.

Mi papá dijo que él pensaba que eso sucedía, que los ladrones se decidían por esas zonas porque las leyes cambiaban con cruzar una calle y así era más fácil escabullirse o que hasta eso determinaba el hecho de dónde debía realizarse una denuncia. Desde que le escuché esa frase mucho de lo que he reflexionado desde entonces ha partido de ella. Pienso en, algo obvio, que Ciudad Juárez es una frontera y que su estatuto de frontera la coloca como violenta. También pienso que muchos de los estados donde la violencia ha crecido en México son fronteras con la ciudad, son la periferia. Pienso también en que el Estado de México es la mano de obra de la Ciudad de México, es la carne de cañón y también su basurero; y también que quienes nos hemos mudado al DF desde el Estado de México no hemos hecho otra cosa que cruzar una frontera para tener seguridad en diversos sentidos.

Miro un mapa y pongo la vista en el Estado de México, en la manera en que abraza al DF y luego miro Ciudad Juárez y la línea que la separa de Estados Unidos. Nunca he estado en Ciudad Juárez y nunca me ha llamado la atención visitarla, lo que sé de ella es poco. Hace algunos años recién conocí a gente que venía de ahí y comencé a ver a través de su escritura lo que había significado para ellos crecer en esa ciudad y sé que para ellos salir de Juárez ha sido tan reconfortante como lo fue para mí hace un par de años salir de Tlalnepantla después de haber sufrido un asalto y otra serie de malas experiencias. He reconocido en la gente de Juárez un coraje y una sensibilidad particulares, que brotan en las borracheras cuando cantan alguna canción norteña y piensan en su casa con un gesto de dolor marcado en el rostro.

Quizá hasta ahora que he vuelto por una temporada a vivir al Estado de México puedo entender ciertos gestos de mis amigos de Juárez, puedo entender lo que se siente cuando el lugar de donde provienes le causa terror a gente que nunca lo ha visitado, y quienes nunca lo señalarían en el mapa como un sitio que les gustaría conocer; que se refieren a él como Mordor, el Inframundo o “la tierra de los mirreyes y los feminicidios”.

Cuando me preguntan qué hay en Tlalnepantla, me río y digo que nada (“mi” casa), pero que hay algunos restaurantes y cantinas que bien valen la pena. Lo cierto es que ningún amigo me ha dicho con convicción “quiero conocer de dónde eres o dónde creciste”. Pocos son los amigos de ahora que conocen Tlalnepantla, la casa de mis padres; pocos tienen la geografía del sitio del que les hablo cuando llego a contar alguna anécdota acerca de mi familia o del sitio que sugiero en algunos de mis textos. Sé entonces que la gente que me conoce, me conoce en realidad muy poco y yo a ellos. En Formas de volver a casa, Zambra plantea una idea que me llama la atención, la de un personaje que se esfuerza por ser huérfano, por disociarse de su historia familiar. Tal parece que somos una generación que ha intentado divorciarse de su origen y que se ha esforzado por silenciarlo.

Una de las razones por las que Los Procesos de Erik Alonso me parece un libro entrañable es porque es de los pocos libros que conozco que usan al Estado de México como una referencia geográfica y porque Erik habla de Ecatepec con una sinceridad absoluta, habla de lo que él ha descubierto en los cerros grises, en las obras negras y en las varillas salidas de las azoteas. Pero, sobre todo, al hablar con Erik sabes que ese discurso es sensato cuando te invita a su casa en Ecatepec y en cierto sentido te invita a romper el prejuicio con respecto al Estado de México y, sobre todo, te invita a conocer de dónde viene y quién es. Puedo decir también que en cierta medida la lectura Los Procesos ha sido lo que me ha hecho replantearme la visión del lugar del que provengo y lo ha resignificado.

Hay una cosa bellísima que dice Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas acerca del cáncer y del lenguaje, dice que cuando se ve al enfermo de cáncer como una especie de peste y se le aparta porque se convierte en un símbolo de muerte, se le está condenando. Lo grave aquí es que el cáncer no siempre es muerte y al hacerle creer al enfermo lo contrario se le priva de ver la enfermedad como algo curable; por ello Sontag enfatiza en la necesidad de dejar de realizar asociaciones que estigmaticen, en destruir algunas metáforas que alimentan de manera negativa el inconsciente colectivo.

La gente le coloca los mismos adjetivos al Estado de México que a Peña Nieto: ignorante, corrupto, ladrón y asesino. El Edomex es en la mente de los mexicanos la casa del PRI y por tanto un lugar hacia el que está permitido el odio. El Estado de México está ahora en boca de México por ser el primer lugar en violencia y feminicidios, el Estado de México está en boca de gente que nunca ha visitado el Estado de México y no piensa hacerlo; el Estado de México está, por fortuna, en el pasado para quienes han logrado cruzar la frontera y “escapar” de él.

El Estado de México es, dicen, la nueva Ciudad Juárez y al escuchar esa frase pienso en todo lo que aquí he enumerado y que la gente que se alegra de estar lejos de Mordor es igual de ingenua que mi yo de niña, quien veía en la televisión las noticias e imaginaba que el monstruo que habitaba en Juárez estaba muy lejos de su casa y que lo que ahí pasaba jamás (no así, no de esa manera) la tocaría.

 

***

 

Patricia Arredondo (Tlalnepantla, 1988). Escribe poesía y cuando cae el hueso es editora freelance.

 

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2 comentarios en “La nueva Ciudad Juárez

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