Prepotente existencia moral

 

Por Adrián Chávez

 

Cuenta la versión oficial que la hermana de mi abuela paterna era tan bonita que mi bisabuela decidió exiliarla de Sinaloa antes de que alguien se la robara. Ése fue el inicio de la migración, de la que después formó parte la madre de mi padre. Fue en el Distrito Federal que conoció a mi abuelo, protoagricultor emigrado de Hidalgo, cuando ambos trabajaban en una farmacia homeopática del Centro Histórico. Por aquellos años, también, los que serían mis abuelos maternos dejaron Angangueo, un pueblito entre montañas michoacanas y cardenistas, después de que la mina en la que mi abuelo trabajaba explotara y dejara a su hermano junto con decenas de trabajadores enterrados bajo la principal fuente de desarrollo del lugar.

Eran los tardíos años cincuenta cuando en la televisión, todavía blanquinegra, un comercial mostraba a dos alienígenas de caricatura que sobrevuelan un prado “diez veces más grande que la Alameda Central”; en el centro, cinco torres de diversas alturas se yerguen con pretensiones de símbolo, y apenas unas cuantas avenidas, un novedoso paso a desnivel, y el cielo que suponemos azulérrimo. La voz en off de un hombre, con esa emoción que las décadas han vuelto inverosímil, invita a comprar un predio en esta zona bautizada Ciudad Satélite. Sólo $1,250 de enganche, y $750 mensuales. Todo lo que uno pueda desear, dice el hombre, incluida la misa todos los domingos. Eran los tardíos años cincuenta cuando mis abuelos paternos y maternos, piezas del ajedrez concéntrico de la migración nacional, probablemente vieron ese anuncio. Así llegué al Estado de México antes siquiera de llegar al mundo.

*

“Satélite”, contesto siempre que me preguntan de dónde soy, lo cual es en estricto sentido una mentira; la casa de mis padres queda kilómetros más al norte, entre el centro comercial Mundo E y Valle Dorado, famosa por su afición a las inundaciones. Estas sutilezas, no obstante, importan muy poco cuando quien pregunta es nativo de la capital. Satélite es el número entero al que se redondean números lejanos, astronómicos. Tratar de explicarle a un chilango que no se vive exactamente en Satélite es como tratar de explicarle a un gringo que no se vive exactamente en Mexico City, sino en una cosa gris que la mantiene cercada, usurpándole la mitad del nombre en un ilusionismo doloso. “Mexicanos por patria y provincia”, dice el himno local, como queriendo ganar la exclusiva. Bien pensado, no es extraño que el interlocutor capitalino haga esa mueca automática de desprecio que lo traslada a uno al cajón de la extranjería sin brillo apenas ha confesado su procedencia; después de todo, debe ser abrumador estar condenado por la geografía a ese estado de sitio permanente. Y, sin embargo, ser mexiquense, o cuando menos ser mexiquense de Satélite, es vivir una alteridad devaluada. Ser del Edomex no es lo mismo que ser de Monterrey, Yucatán o Guerrero; incluso para los habitantes de estos estados no alcanzamos el estatus de vecinos de la Ciudad de México, sino apenas de una rémora demasiado grande. Sospecho que ser de Toluca, de Ecatepec, de San Felipe del Progreso o de Texcoco tampoco alcanza para pagar la otredad completa. Hasta hace poco, antes del proyecto de transfiguración de la capital en el trigésimo segundo estado, la federación estaba compuesta de treinta estados, un distrito federal y un tumor. Parece que la frontera ojival de la Ciudad de México no inaugura una extensión de tierra hacia afuera sino hacia abajo, y un Virgilio con pretensiones más modestas habría hecho entrar a Dante por Tlatlaya en vez del vestíbulo del Averno.

Afortunada, esta imagen del vestíbulo, aunque nos obligue a comparar la capital con un infierno que, Dante es testigo, era más amable con los peatones. El Estado de México tiene también la forma de una puerta, y quien vea el mapa como quien ve el mundo desde arriba se encontrará de pronto frente a un umbral. A falta de inscripción que advierta “abandonad toda esperanza vosotros que entráis”, Huixquilucan, Atizapán, Naucalpan, Tlalnepantla, Neza. Si este infierno fuera a su vez el Hades de los griegos, Caronte cobraría $10.50 el pasaje en de Valle Dorado a Chapultepec.

Además, el lobby que cruzan el poeta toscano y su guía antes de entrar al primer círculo no está vacío. Por el contrario, está poblado por los faltos de compromiso, condenados a rondar las márgenes del Aqueronte con un estandarte vacío. Son los que nunca hicieron un mal pero tampoco un bien, los que tomaron partido ni se adhirieron a causa alguna, los que optaron por la neutralidad durante la rebelión de los ángeles. Qué metáfora más tentadora para el estado que ostenta el primer lugar nacional en feminicidios, secuestros y corrupción pero cuyos buenos ciudadanos reeligen sistemáticamente, desde el siglo pasado, a la peor aristrocracia priista para gobernarlo. Buena gente, estos votantes, quién lo duda. Yo los conozco, yo nací ahí. Buena gente que es lo mismo que decir los tibios, los indiferentes, los que el infierno ningunea.

Por congruencia etimológica, Satélite debería ser el nombre del estado y no el betún de uno de sus municipios, el monstruo naucalpense que la devoró. Debería ser, cuando menos, la capital del estado, y así devolver a Toluca a la irrelevancia que ocupa de facto.

Estado satelital.

Mil novelas negras que nadie escribe porque está ocupado en descubrir qué día no circula su auto.

Sateliteratura.

*

La primera vez que mis papás me llevaron al teatro tuvimos que ir al Distrito Federal. Vimos Peter Pan. No tengo ninguna evocación de la obra, pero sí del gorro verde con una pluma roja que me compraron al final y que recuerdo haber examinado durante todo el trayecto por el estacionamiento. Tuvimos que ir al Distrito Federal porque en Satélite, como en buena parte del estado, el teatro no existe.

Quizá la salud económica, social y hasta mental de una ciudad pueda medirse en la cantidad de teatros que alberga. La ausencia de recintos teatrales o, peor, la presencia de recintos teatrales que no se usan nunca, trasluce una falta de demanda, la cual no es síntoma de devoción por la incultura sino de que quienes viven en esa ciudad tienen problemas más urgentes que seguro nadie está atendiendo; también de que cuando se planeó la ciudad, setenta años atrás, se pensó primero en que pudiera garantizarse la misa dominical de precepto antes que un centro cultural. En 1968, mientras el mundo ardía en llamas, aquí se estaban descorchando champanes por la construcción de Plaza Satélite.

El Estado de México, rico en tragedias, tiene paradójicamente apenas 25 teatros en todo su territorio, es decir un teatro por cada 607,034 habitantes. Patrullando mis alrededores me entero de que el Teatro Bicentenario en el corazón de Tlalnepantla se usa para funciones privadas y ceremonias de graduación, mientras que el Teatro Las Torres en Naucalpan alberga cada eclipse solar alguna gira de las obras de la capital y el Teatro Cuauhtémoc, operado por el IMSS —ese torcido reducto de las artes mexicanas— lleva años hospedando seminarios y eventos propios del Instituto. Por el estilo los demás, si uno empieza a abrir el zoom. De hecho, si uno teclea la búsqueda “cartelera teatros Edomex” en Google, éste le preguntará si más bien no quiso decir “cartelera teatros CDMX”. Nada de eso impide, eso sí, que el gobierno mexiquense nos provoque reminiscencias del Ricardo III shakespeareano y que las estadísticas de desigualdad den para una nueva reinterpretación musical de Los Miserables.

Un estado con teatros, pero sin teatro. Parece que si de identidad cultural se trata, la voraz administración mexiquense hace eco de las palabras de Sor Juana Inés de la Cruz, paisana nuestra: “si daros gusto me ordena la obligación, es injusto que por daros a vos gusto haya yo de tener pena”. Cuántas Sor Juanas haría falta engendrar para que este trozo de tierra saldase su deuda con el país.

*

Recorro este estado tumor puerta del infierno teatro abandonado por el Periférico, a la altura de las Torres de Satélite. Sobre la lateral, como a todas horas del día y la noche, se extiende inerte como piel de serpiente la fila de coches que esperan su turno en la hasta ahora única estación de gasolina extranjera del país. Llenar el tanque les cuesta lo que mis abuelos pagaban al mes por una casa de dos pisos. Voy en microbús al teatro del otro lado de la frontera, y mi Caronte particular cierra la puerta, quizá temeroso de ser víctima de la delincuencia, como ha sido mi caso en ya cinco ocasiones; posiblemente la única razón por la que sigo vivo es que no soy mujer. A diferencia de mi tía abuela, ya nadie se muda al Estado de México para que no se la roben. Cruzo la arteria de salida de esta “prepotente existencia moral”, según se define a sí misma la entidad en el himno que nos hacían cantar todos los lunes en la primaria. Pienso en qué he de escribir sobre este lugar sin caer demasiados lugares comunes, en cuáles son los símbolos de ese alfabeto compartido que el Borges de “El Aleph” tampoco encuentra para explicar el infinito. Pero fracaso igual. Mis cuatro abuelos están muertos y con ellos la ciudad que llegaron a poblar. Según Italo Calvino, el viajero se conoce a sí mismo por oposición a lo que ve, pero la verdad es que no hace falta moverse demasiado; basta nacer setenta años tarde para ser turista low-cost en su lugar de nacimiento.

Pretendo al menos capturar la imagen de mí mismo alejándome de las Torres circundadas por el asfalto caliente, sin Virgilio que me guíe ni más rastro de Sor Juana que el billete que todavía no me roban; fantaseando con dejar para siempre este antiprado diez veces más grande que la Alameda Central. Pero ni eso se puede, porque el tráfico no avanza y las Torres en vez de hacerse chiquitas a la distancia permanecen ahí a mi lado, sonrientes, idiotas.

 

***

 

Adrián Chávez (Estado de México, 1989) es narrador y traductor, autor de la novela Señales de vida (Fá Editorial). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela, y es editor en jefe de la revista digital La Hoja de Arena. Fue doblemente ganador del primer lugar en el concurso Punto de Partida de la UNAM en las categorías de cuento y traducción literaria, y de una mención honorífica en el Premio Nacional de Novela Corta Juan García Ponce 2016. Publica regularmente obra narrativa, traducción literaria, crónica cultural, reseña teatral y opinión en diversos medios.

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