Oscuro entre nosotros

Por Demian Marín

 

El domingo fui a visitar a mis padres. Ellos siguen viviendo en la unidad donde pasé toda mi infancia: una vieja unidad, actualmente abandonada por las autoridades y decorada por los vándalos locales. Mis recuerdos de niño no coinciden con lo que veo ahora. Tal vez por eso trato de evitar volver allí. Lo mismo ocurre con toda la ciudad: Toluca no es lo que era, conforme avanzo por las calles, mi memoria se ve traicionada por la presencia de edificios desconocidos.

Podría decir que me deprime volver a ese lugar, ver cómo se ha estropeado la zona, pero sería demasiado injusto con mis padres. En verdad disfruto estar con ellos. Tal vez porque no dejan de ser mis padres, o porque mi madre se obstina en frenar el paso del tiempo en las distintas habitaciones que conforman la casa. Sobre todo en la que fuera mi recámara, donde con su magia de madre siempre consigue mantener una sensación como si nunca la hubiera abandonado cuando me casé.

El domingo fue cumpleaños de mi padre. Cuando llegamos, él ya tenía su selección musical sonando en las bocinas. Desde que tengo memoria, mi padre ha sido un melómano. El simple hecho de verlo poner disco tras disco me transporta irremediablemente a aquellos días lluviosos en los que nos tirábamos en los sillones a escuchar sus adquisiciones.

Mi madre, con su caminar rápido y silencioso, colocó los cubiertos en la mesa y dispuso platos y manteles en un santiamén. Luego se percató de que hacía falta algo para la comida.

—No hay tortillas —dijo, y de inmediato sacó una servilleta. La detuve en la puerta.

—Ni hablar, madre —le dije—. Yo voy.

Gran parte de mi vida me encargué de comprar las tortillas para la familia los domingos. Se trataba de un placer inexplicable, ése de atravesar la unidad y caminar bajo el inclemente sol toluqueño hasta el tianguis, soportar el hedor de los depósitos de basura cercanos, mientras doña Flor me despachaba una o dos docenas de tortillas calientes y suaves.

Cuando bajé del edificio, me encontré con un grupo de vagos en las jardineras, que se dedicaban con fruición a ver pasar la mañana y vaciar cervezas. Me sorprendí al reconocer en el corrillo a Maik, mi mejor amigo de infancia, que se reía a carcajadas en ese momento. Se veía abotagado, con una barba de tres días.

—Ese Demian —me dijo al verme—. ¿Qué cuentas? Supe que te volviste escritor.

—¡Qué onda, Maik! Pues ya ves, las cosas de la vida.

Maik miró a sus compinches por un momento, luego se volvió hacia mí y me extendió una lata.

—Échate una cervecita con nosotros.

—No puedo —le contesté—. Tengo que ir por las tortillas.

Me miró con una sonrisa burlona, la misma de cuando éramos niños.

—¡No seas mamón! Pus si nomás es una cervecita. Ya casi ni te vemos por acá.

Maik me ofreció nuevamente la lata.

—Bueno, pero sólo una.

El primer sorbo fue largo. Quería acabar con esto de una vez.

—¿Y cómo están tus papás? —me preguntó, mientras los otros continuaban su conversación sin mirarnos.

—Ahí están. ¿Y tu mamá? ¿Cómo sigue?

—Ya se murió.

—Ah, perdón, no lo sabía. Lo siento mucho.

Maik dio un trago a su cerveza.

—No te preocupes, fue hace como tres años. Ya estaba muy malita.

Me avergoncé de no haberme enterado antes. La madre de Maik nos horneaba panes de plátano cuando me quedaba en su casa. Recuerdo que al niño que yo era le parecía toda una aventura quedarse a dormir en casa de su mejor amigo. La señora siempre tuvo atenciones conmigo, incluso después, cuando comenzó sus tratamientos de quimioterapia y pasaba la mayor parte del día recostada en su cama.

—¿Y a ti cómo te va? —le pregunté.

—¿Pues cómo me ves? —me respondió, con esa sorna que le caracterizaba.

—Yo te sigo viendo bien —mentí. En ese momento me di cuenta de las muchas lagunas de información que tenía con respecto a la vida de Maik y de todos los que formaron parte de mi temprana juventud. También me di cuenta de que aquella relación tan fuerte que tuve con este hombre que tenía frente a mí se había roto hace ya bastante tiempo. Me sentí como un forastero que pretende hacerse pasar por un nativo, y más cuando me percaté de que quien discutía al lado de Maik, se parecía mucho a Carlos. Comprendí que se trataba de su hermano menor, que en ese tiempo era tan sólo un bebé. El muchacho en ese momento era el centro de atención: estaba contando sobre la manera en que fue apresado alguien por asalto a mano armada.

—Lo metieron al tambo allá en Monterrey —decía el hermano de Carlos. No logré recordar su nombre—. Allá lo agarraron. ¡Qué pendejo ese Boti, me cae!

Maik adivinó que yo no estaba entendiendo nada de aquella conversación.

—El Boti es el hermano del Negro —me dijo.

Me acordé del Negro y su rudeza al meter la pierna en las cascaritas de futbol que organizábamos en esas mismas jardineras. Siempre fue un tipo alto y fornido, desde niño. A su hermano Boti lo recordaba vagamente. Sólo me venía a la mente que se trataba de un pequeño con obesidad mórbida. Un problema metabólico, según recuerdo.

—¿Y por qué no le ayuda el Negro, que es policía? —le dije al hermano de Carlos. Recordé que en alguna otra ocasión había visto pasar al Negro con uniforme de la PGR.

—¡No mames! —dijo Maik—. Tú sí andas con noticias atrasadas. Al Negro lo tienen aquí en Almoloya. Le dieron 50 años, por matar a un vato. Mejor échate otra, para que te pongamos al tanto de todo lo que ha pasado por acá.

Me negué a tomar la nueva cerveza que me ofrecía mi amigo.

—No, Maik. No soy bueno para tomar. Se me sube rápido el alcohol. Además, me están esperando mis padres.

—Ándale, no seas puñal. Además, ¿quién te va a creer que, siendo escritor, no seas bien pedote? Si yo te he visto que hasta sales en los periódicos y toda la cosa.

—Pero no soy esa clase de escritor.

—A ver, carnal —me dijo, al tiempo que me pasaba la mano por encima de los hombros—. ¿Cuánto tiempo tiene que no nos vemos? ¿Quince años? ¿Veinte? Sólo te estoy pidiendo que te eches otra con la banda. ¿Es mucho pedir? —su brazo alrededor de mi cuello y la cercanía de su aliento pesado y pastoso me amedrentaban.

—Nomás una, pinche Maik.

—Sí, güey, será una y ya. Ten, toma.

Seguimos conversando, poniéndonos al día. Maik me contó de Toño y la manera como le habían diagnosticado esquizofrenia; del divorcio del Yorch y su adicción a la heroína; de la calvicie y la hidropesía de Erik; del embargo en la casa del Güicho y la demanda de su exmujer. Maik parecía un augur de las desgracias. Y parecía disfrutar con cada una de las anécdotas, como si se regocijara de la desdicha de quienes, en mi mente, surgían como parte de una vieja fotografía del equipo de futbol que armamos para representar a la unidad en la categoría infantil del torneo municipal.

—¿Verdad, güeyes? —decía Maik de vez en cuando para buscar la aprobación de los demás en la veracidad de sus relatos. Y mientras el alcohol hacía de las suyas en mi organismo, mi agudeza mental parecía desperezarse: en aquel muchacho reconocí al hermano de David; en este otro, al niño de la unidad de enfrente que le tenía miedo a los perros; en el que estaba junto a mí, al chico solitario y asmático que nos veía practicar tiros en el estacionamiento. Todos ellos, mucho menores que los de mi generación. Todos ellos, unos muchachos perdidos, de menos de veinte años, que veían en Maik a un maestro iluminado en las artes de la ociosidad etílica.

—¿Y tú? —pregunté de repente, con mi tercera cerveza en mano—. ¿Cuál es tu historia?

Maik me miró con cierta sorpresa. Luego recompuso su semblante.

—Pues ya lo ves —respondió—. Yo sigo siendo un borrachín.

Maik me contó de aquella vez en la que lo retuvieron en los separos por dos días. Lo agarraron bebiendo en la vía pública. El carro, por supuesto, se lo llevaron al corralón. Maik nunca lo recuperó.

—Al fin ese coche era de mi mamá —dijo, finalmente—. Nadie lo va a extrañar.

A cada palabra que Maik decía, yo me sentía más culpable. Era como si los hubiera abandonado, como si todos ellos, los amigos de la infancia, que habían sido parte importante de mi vida, de repente hubieran sido borrados de un plumazo.

—Pero no hay nada que lamentar —dijo Maik, de repente—. Tú estás aquí, y yo estoy aquí, y el Pelos está aquí —dijo, señalando al hermano de Carlos—. No hay nada más reconfortante que estar conviviendo con los amigos. Tómate otra, pinche Demian, que no hay mañana que valga.

Yo obedecí sin chistar.

—Me acuerdo de cuando dijiste que sólo había que atravesar esa famosa puta barrera de la Marquesa para estar del otro lado —dijo Maik—, para estar en la ciudad capital, mamando de las mieles de la cultura, de los beneficios del progreso. Tú lo lograste, pinche Demian, y estoy bien pinche orgulloso de ti.

—¿Y tú por qué no lo hiciste? —le pregunté—. ¿Por qué decidiste quedarte estancado?

—Cada quien sigue su camino —me respondió—. Cada quien busca lo que más le conviene. No todos tenemos miras tan altas como las tuyas.

—Pero, entonces, ¿cuáles son tus objetivos? —le pregunté, pensando que lo había acorralado.

—No son muchos —respondió—: emborracharme hasta perder el juicio y olvidarme de lo mierda que es esta vida.

—Pero, ¿por qué emborracharse? ¿Por qué querer evadir la realidad a toda costa?

Maik no respondió. Solamente dio un largo trago a su cerveza. Después tiró la lata vacía al suelo, y tomó otra, que destapó de inmediato.

—Mira —dijo sin más preámbulos, señalando un espacio de la jardinera—. Aquí poníamos nuestra portería. El Gucho era nuestro portero estrella, ¿recuerdas? Era imbatible. El Gucho siempre te mandaba la bola para que tú la movieras. Decía que tú resolvías en la cancha, que tú siempre terminabas las jugadas con goles. Todos estábamos de acuerdo: sabíamos que, si te pasábamos el balón, terminaría en gol. Tú tenías la magia. Nosotros sólo obedecíamos a ella.

Yo no recordaba nada de lo que Maik decía. Me pensaba como un jugador mediocre.

—¿Y sigue la liga? —le pregunté. Maik se rio.

—¡Qué va a seguir! Aquí ya hay puro pinche malviviente. Las buenas personas se fueron de la unidad —se quedó en silencio un rato, luego dijo, con la vista perdida—: como tú.

—De verdad lo siento mucho —dije, sinceramente apenado. Maik me buscó con la mirada. Parecía que estuviera a punto de llorar.

—Te extraño, güey —me dijo al tiempo que me abrazaba. Yo correspondí a medias su gesto, sorprendido por tan repentino cambio. No cabía duda de que Maik ya traía varias cervezas encima. Alcé la mirada hacia la ventana de la casa. Mi padre observaba la escena.

—Me tengo que ir, Maik —me quité sus brazos de encima—. Mis padres me esperan.

—Pero si ni siquiera te has acabado la cerveza —reclamó.

—¡Cómo no! Mira: ya está vacía.

Me despedí de los muchachos. En la mano tenía la servilleta para las tortillas. Me sentía mareado y con un sabor acre en la garganta, por lo que decidí volver a la casa, en lugar de ir al tianguis.

—Me saludas a tus papás —me dijo Maik cuando yo iba subiendo las escaleras.

—Igualmente —le respondí sin pensar. Luego me percaté de lo absurda que fue mi respuesta.

Al entrar a la casa, vi a mis padres ya en la mesa. Sólo estaban esperándome para comenzar la comida. Me senté en el lugar acostumbrado. Mis padres no preguntaron nada, no dijeron nada. Ni siquiera mencionaron la falta de tortillas. Comimos en silencio.

—Vi a Maik. Les manda saludos —dije cuando terminé la sopa.

Mi madre murmuró algo mientras servía el guisado. Mi padre hizo mutis. En el estéreo sonaba un blues, me parece que de Louis Armstrong.

El silencio maquillado por la música me hizo recordar nuevamente las ocasiones en las que mi madre aún me daba permiso de dormir en casa de mi amigo. Jugábamos videojuegos y comíamos panes de plátano hasta muy entrada la noche. Lo mejor venía cuando su madre nos pedía ir a la cama y apagaba la luz de la habitación. Todo quedaba oscuro entre nosotros.

 

***

 

Demian Marín (Toluca, 1979). Escritor y burócrata, pero por el crecimiento de su vientre y la constante falta de alcohol en sus venas, es ya más burócrata que escritor.

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